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Ahora que he vuelto a casa – Capítulo 9


Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

Mi eventual lector, mi probable lectora, te estarás preguntando hasta cuándo pretendo abusar de tu paciencia, desgranando mi monótono rosario de previsibles equivocaciones, que nada tiene de extraordinario.

¿Te acuerdas de aquella niñita de seis años del primer capítulo? Me estaba tomando tan en serio la tarea de relatar para ti todo el trayecto que me condujo hasta aquí, que he acabado por incorporar sus patrones.
Me sentía como el atleta esforzado (y sin experiencia) tan concentrado en su esfuerzo que acaba olvidándose de respirar. ¡Bien reclama mi cuerpo sin parar y yo ya debería haber aprendido a interpretar su lenguaje!
Esta sensación de sofoco que estaba sintiendo hizo caer una enorme ficha respecto de uno de mis patrones de comportamiento, el más arraigado. La niñita piensa así: “Si alguien me ha confiado una tarea es porque yo debo ser capaz de cumplirla hasta el final, cueste lo que costare”. Y allá va ella, apretando los dientes, aguantando firme, en su camino solitario. No pasa por su cabeza que puede parar en medio del camino, cambiar impresiones con alguien, compartir dudas y angustias, eventualmente corregir el derrotero y recomenzar la jornada con energías renovadas.

Afortunadamente, la Ángela que está hablando contigo ya ha aprendido la lección, después de tantos palos. Sucede que los antiguos patrones son los más difíciles de extirpar. Al fin y al cabo, todavía soy una aprendiz de mí misma.
Si me empeño en contarte los mínimos detalles de ciertos pasajes, no es para justificar mis actitudes, al contrario, es para enfatizar mi ceguera. Mi propuesta es la de ser lo más fiel posible en la reproducción de aquello que ocurrió realmente en cada momento, con mi visión de aquella época, para que tú mismo extraigas tus propias conclusiones. Si has llegado hasta aquí, te pido un poco más de paciencia para acompañarme en este viaje. Necesito de ti para descender conmigo hasta el fondo del pozo de mi ceguera.
Voy a retomar mi historia en el punto en que la habíamos dejado ¿recuerdas?
Ahora estoy casada con I.

Ya durante el “viaje de nupcias” que nos lleva a una distante ciudad del interior, donde él tiene familiares, comienzan las discrepancias. Ahora que estamos unidos por el sagrado lazo del matrimonio, el hechizo comienza a perder sus efectos. La intimidad que debería ser el cemento indestructible de nuestra unión se revela como un fracaso.
Las diferencias de costumbres, de gustos, de cultura, que antes eran un diferencial exótico, ahora se convierten en una incómoda traba para nuestra convivencia. Ya sabía que no sería fácil conciliar las mentalidades de personas con historias tan diferentes como las nuestras, es más, me casé fascinada por todo aquello que podría aprender con él. Al principio me parecían divertidos ciertos hallazgos que la convivencia iba revelando. Sólo que, poco a poco, empiezo a abrigar serias dudas respecto de la verdadera personalidad de este desconocido.

Lo que me preocupa es que estoy viendo derrumbarse, uno a uno, como un castillo de naipes, los pilares que, por lo menos para mí, representaban las bases indestructibles de nuestra unión.
Todo el desprecio que él demostraba por las costumbres burguesas, y que yo admiraba como signo de desprendimiento, ceden lugar a una súbita valoración de las cosas materiales.
El valor con que se enfrentaba a personas y situaciones, con el pasar del tiempo muestra su verdadera cara: no es más que pura grosería.
El supuesto deseo de tranquilidad para poder escribir (nunca más he leído nada escrito por él) se revela simplemente como una característica de la indolencia bahiana.

Por suerte, una de las cosas de que nadie me hubiera hecho abrir mano es mi trabajo. Con el matrimonio, conseguí ser trasladada del Vocacional de Americana para el Vocacional de Sao Paulo. Él, que cuando lo conocí estaba desempleado, consiguió ser admitido en la redacción de una importante revista.
Disfrutamos de los privilegios concedidos a los periodistas, como por ejemplo, el acceso a casas de espectáculos y a la residencia de artistas famosos a quienes él va a entrevistar. Nuestra vida parece un balancín descontrolado: momentos de exaltación se suceden a momentos de angustia, provocados por su temperamento desconfiado, celoso y violento.

Me sorprende con el talento y el coraje de presentarse en programas de televisión, como jurado o como entrevistador. Su facilidad de palabra y la capacidad de sortear las situaciones más insólitas son espantosas. Al mismo tiempo, me asusta su total ignorancia de las normas más elementales de convivencia social.
Con la fuerza de un tractor que pasa por encima de cualquier dificultad, consigue resolver problemas dificilísimos de personas que acuden a él en busca de ayuda. Al mismo tiempo, continúa apartándome de mi familia y de mis amigos, pretende ser mi único dueño.
Soy obligada a dejar de frecuentar mi grupo de estudios esotéricos, debido a sus celos enfermizos y por miedo a que él provoque incidentes desagradables. Aún así, su desconfianza y curiosidad le llevan a entrar en contacto con mi gurú, y a conseguir que se le invite a compartir con él un debate en la televisión.
Cuando nos conocimos, y durante los seis meses de noviazgo, lo que más me atraía en él era una actitud de ruptura con toda y cualquier convención. La seguridad con que defendía sus ideas había alimentado mi ilusión de haber encontrado al fin el guía que siempre había estado esperando.
Todas sus actitudes y la exigencia de total sinceridad por mi parte me habían hecho creer que podría esperar lo mismo de él. Ahora, la constatación de que casi nada de lo que él me había dicho a su respecto era verdad, retira el suelo de debajo de mis pies. Como si eso nunca hubiese pasado por mi cabeza, aprendo horrorizada que existen personas que mantienen y creen en sus propias mentiras.

El empleo en la revista famosa era verdad, sólo que ahora ya no existe. Ciertamente su temperamento no consiguió resistir a una rutina seria de trabajo.
Ahora trabaja en un periódico de segunda categoría, las regalías ya no son las mismas.
Un día en que regreso inesperadamente a casa, lo encuentro todavía en la cama. Se justifica con disculpas de mal pagador.
Mi antigua confianza ciega se transforma en la peor de las incertidumbres. Nuevamente no puedo compartir mis angustias con nadie, porque he renegado de todo y de todos por culpa de él.A escondidas, voy a hablar con mi ex – gurú, y lo que éste me dice confirma todos mis recelos. Promete ayudarme, pero deja claro que tengo que tener mucho cuidado.
Lo que me impide enfrentar abiertamente la situación es la seguridad de que no puedo revelar claramente mis sentimientos, no puedo manifestar todas las dudas acerca de nuestra relación. Él no tiene estructura psicológica para aceptar las evidencias. Cuando intenté tímidamente abordar el tema, quedé asustada con las reacciones violentas e irracionales que esto provocó.
Me siento acorralada, toda mi alegría de vivir es un pálido recuerdo.
No puedo abrirme con mis padres, pues sólo ahora consigo evaluar todo cuanto les he obligado a aceptar, y tampoco no quiero implicarlos en episodios de violencia. Ya he tenido algunas muestras y no pretendo repetir la dosis.
La única cosa que sé hacer es encerrarme en un mutismo que rápidamente se revela como insostenible. Me gustaría que él se diese cuenta de que ya no hay clima para mantener la farsa en que se ha transformado nuestro matrimonio.
Esto dura exactamente tres años.

Como él no da muestras de tomar iniciativa alguna, echo mano de un recurso extremo: le comunico que he aceptado una beca de perfeccionamiento en Francia, estaré fuera dos meses. No es fácil convencerlo para que me permita ir, pero consigo hacerle ver que esa es la única oportunidad de reaproximación, necesitamos de un tiempo y un espacio entre nosotros, para reconducir nuestra situación.
Bien o mal, conseguí reservar mi pasaje. Una semana antes del viaje, un domingo, él quiere llevarme, en el coche que yo acababa de comprar y que él mal sabe conducir, para un paseo fuera de Sao Paulo.
En la carretera, todavía consigo avisarlo de que otro coche viene a toda velocidad en nuestra dirección. Demasiado tarde. En el choque soy lanzada fuera del coche, que da dos vueltas de campana. No pierdo la conciencia, y tampoco siento ningún dolor.
En el hospital donde me socorren se constata, sin embargo, la fractura de dos vértebras cervicales. También me había golpeado los dientes delanteros, que quedaron afectados.
Cuando me recupero del susto y verifico que no había otras lesiones más graves, me doy por muy feliz con el saldo del accidente: sólo necesito usar una protección cervical. El médico me dice que no se puede hacer nada más que esperar a que las vértebras vuelvan a soldarse.

Con mi collarín y todo, embarco rumbo al viejo mundo y a la liberación de mi pesadilla.


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clube Angela Li Volsi é colaboradora nesta seção porque sua história foi selecionada como um grande depoimento de um ser humano que descobriu os caminhos da medicina alternativa como forma de curar as feridas emocionais e físicas. Através de capítulos semanais você vai acompanhar a trajetória desta mulher que, como todos nós, está buscando...
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