(Viajando Espiritualmente en Brazos de la Madre Divina)
Fue fluctuando fuera del cuerpo, sobre la gran ciudad grisácea, donde lo encontré.
Sobre la noche de la megalópolis de acero y hormigón, nuevamente hemos conversado.
A decir verdad, él me mostró la letra de una canción.
Y me dijo, riendo: “¿Qué tal escribirla allí abajo?”
Mirándolo saltar y reír, empecé a reír también, acordándome del mono embriagado.
Él señaló hacia abajo y dijo: “El mundo necesita canciones.
Necesita respirar lo divino. Necesita fe y esperanza. Necesita luz.
A veces, las canciones son como gotas de alegría en los corazones.
Por eso, escribe. Deja que el Viento del Supremo Amor te guíe.
Él sopla y los universos se estremecen… Y tú vuelas, suelto en la noche.
Deja que Él te lleve adelante, como una hoja al viento…
Al centro de la canción, en nombre de la Madre Divina.
Tan sólo escribe, hijo mío. Y que esa canción sea bendecida.”
Entonces, él dio un toque en mi frente, y yo caí de vuelta dentro del cuerpo.
Y, ahora, por obra y gracia de él, Ramakrishna, intento seguir con el Viento…
Que la Madre Divina guíe mis manos y mi corazón en alas de la canción.
Que yo sea digno de escribir algo que lleve luz a otros corazones.
* * *
Ella vino en medio de una masa luminosa.
Era una linda mujer negra.
Pero parecía un ángel en la luz blanca.
En su mirada, la serenidad.
En su corazón, la compasión.
Tímido, bajé mis ojos.
Yo era la hoja; Ella, el Viento…
Yo, el hombre; Ella, el Amor.
Pequeño, temblé ante Ella.
Yo, más que hombre, me sentí niño.
Entonces, Ella me tomó en brazos, dentro de la luz.
Y yo sentí que el mundo entero estaba allí.
O, mejor dicho, dentro de Ella, en mí.
Maravillado, vi que Ella bendecía el mundo.
Su corazón absorbía secretamente los dolores del los hombres…
Y los transformaba en gotitas de luz, que eran lindas canciones.
Y Ella me permitía estar allí, como hoja al viento…
En la luz de Ella, también lloré los dolores del mundo.
Y mis propios dolores quedaron transformados en canciones.
Yo, simple y pequeña hoja, en el Viento del Supremo.
Un pequeño corazón, en la luz de un Gran Amor.
Como un crío dentro de la luz de Ella.
En brazos de la compasión en forma de mujer.
Yo, yoghi antiguo, chiquillo blanco, en brazos de la Madre Negra.
¡OM!
¡AXÉ!
¡Yo qué sé, todo de bueno!
P.D.: ¡Ah, Ramakrishna, ahora lo sé!
Tú siempre has oído la canción de Ella.
La canción universalista de un Gran Amor.
Por eso siempre decías: “smara, smara”.
Pero nadie te comprendía.
Hoy yo me acuerdo, y comprendo.
El Gran Amor de Ella entró en tu Gran Corazón.
Creo que por eso has sido siempre tan alegre.
Y yo sigo haciendo lo que tú me pediste:
Voy proyectando clarinadas espirituales en el mundo de los hombres.
O, mejor dicho, lo intento. Con buena voluntad, voy siguiendo…
Como hoja al viento, ondeando la bandera de la esperanza.
Y agradeciendo a ti y a la Madre Divina, por todo.
Paz y Luz.
Wagner Borges, sujeto con cualidades y defectos; pequeña hoja al Viento del Espíritu, que, a los 47 años de “encuadernación”, más que hombre hecho, se siente como crío del Eterno.