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Acerca de la sobreprotección


Autor Maria Helena Leite de Moraes - TRAVESSIA - [email protected]

Traducción de Teresa - [email protected]

Muchas veces amamos tanto a las personas con las cuales convivimos que queremos evitarles a toda costa cualquier sufrimiento. Queremos protegerlos contra todas o la mayoría de las situaciones en que se necesita esfuerzo para poder salir adelante. Estamos listos para ayudar en cualquier necesidad.
En cierto modo, está muy bien que las personas perciban nuestro apoyo y sepan que pueden contar con nosotros.

Por otra parte, es muy importante que esa “ayuda” no exceda ciertos límites. Los padres de niños pequeños saben muy bien que deben ayudar a su hijo en cosas triviales como vestirse, alimentarse, hacer los deberes escolares, hasta que aprendan mínimamente a hacer todo eso por sí mismos. Cuando aprenden, los niños necesitan empezar a hacerlo solos, aun con dificultades y sin hacerlo todavía a la perfección. Pues si continúan recibiendo ayuda nunca tendrán la oportunidad de desarrollar la habilidad para ejecutar aquella tarea. Es la declaración de la independencia. Eso debe ser estimulado e incentivado tanto para los padres como para los niños.

Los pequeños que sufren exceso de protección en la infancia tienden a una autoestima más baja cuando llegan a adolescentes o adultos, no se sienten tan capaces para superar solos las dificultades.
Por otra parte, cuando ya somos adultos, en nuestras relaciones queremos a menudo agradar a las otras personas y sin darnos cuenta acabamos ayudando demasiado o haciendo en lugar del otro más de lo debido. Como he dicho antes, está muy bien que el otro perciba nuestro apoyo, pero hay que entender que no podemos impedir que el otro desarrolle habilidades para hacerlo por sí mismo.

Analizando un poco más profundamente, cuando acostumbramos al otro a hacerle lo que tiene que hacer él, en el fondo no estamos reconociéndole el potencial para desarrollar la habilidad necesaria para ejecutar aquella tarea. O sea, asumimos que él no tiene capacidad, y la persona acaba creyendo que es así.
Cuando decidimos hacer por el otro alguna actividad, el mensaje que transmitimos es: “deja que yo te lo hago, pues tú no eres capaz de hacerlo a la perfección y yo sí”.

De otra forma, cuando animo al otro a hacer algo por sí mismo y le doy estímulos para ello, el mensaje que transmito es: “yo sé que tú tienes la capacidad para hacerlo, aunque pienses que no la tienes”. En este caso, yo estoy dando soporte energético e incentivando a la persona, para que ella pueda desarrollar la habilidad; la estoy “empoderando”, dándole el poder de liberarse de mi ayuda y ser libre.

Para quien está en el papel de ayudar siempre, hay también un aprendizaje que concierne a dejar que otros hagan las cosas, aunque no sea a nuestra manera. Esto es lidiar con el perfeccionismo y la necesidad de tenerlo todo bajo nuestro control. Lo cierto es que no tenemos control sobre nada y saber entregar ese control es creer en la posibilidad de que existe una energía que da soporte a todo en la vida, sin necesidad de estar nosotros teniendo cuenta de ella.

Empoderar al otro es un acto de amor y de creer en que todos somos UNO.


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