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Ahora que he vuelto a casa – Capítulo 16


Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

Lo difícil fue conseguir salir del estado de debilidad física en que me encontraba. Sabía que no podría volver a comer cualquier cosa normalmente. Por suerte, me acordé de una médica antroposófica maravillosa, con la que había tenido una experiencia inolvidable en un curso biográfico que frecuenté (ese curso de siete días merecería un capítulo aparte), y que es especialista en nutrición. Con su ayuda volví lentamente a la alimentación normal, y caí de la macrobiótica hacia un tratamiento médico alopático (la antroposofía no había surtido efecto en mi caso).
Me parecía haber vuelto exactamente al punto de partida, es más, ese era el lado más desesperador de mi patología. Todos los días tenía que reinventar la fuerza para mantenerme de pie, como si acabase de nacer. Todo mi esfuerzo físico (nadar, hacer gimnasia, andar dentro de mis posibilidades) era suficiente sólo para mantener un mínimo de condiciones para el trabajo. En verdad eso no mitigaba mis dolores, al contrario, y mucho menos hacía retroceder mis limitaciones.

Más que nunca, en aquella época, me agarraba a la vida espiritual, que es donde conseguía un poco de oxígeno para mi alma. Frecuentaba reuniones de señoras católicas empeñadas en perfeccionar sus conocimientos teóricos de teología, bajo la orientación de un cura que las guiaba espiritualmente desde hacía décadas. Eran señoras de la alta sociedad, y yo francamente no me sentía muy a gusto en aquel medio. Cuando llegaba la hora de la merienda, ellas se superaban a sí mismas con manjares, cada cual más sofisticado que el otro. Mi gula se veía halagada, pero honradamente no veía mucha coherencia entre la teoría y la práctica. Volvía a casa con un sabor de frustración. Hasta que un día, en una rueda de conversación informal, me enteré de que una de aquellas señoras había sido curada de un problema parecido al mío mediante un tratamiento absolutamente original: un aparato corrector de las arcadas dentarias. Ya había oído hablar de ese nuevo método, mejor dicho, ya había entrado en contacto con uno de esos “biocibernéticos”, que me había causado una pésima impresión y se había negado a responder objetivamente a mis preguntas.

Me acordé también de otra extraña experiencia que había tenido con una mujer paranormal, que parecía tener algo que ver con ese nuevo camino que surgía.
Esa señora tenía el don de ver claramente, cerca de la persona con la que estuviese hablando, la presencia de personas muertas o vivas que tenían algún mensaje para transmitir. Ella sólo frecuentaba casas de personas amigas y sólo atendía a pequeños grupos de personas previamente elegidas. Sin que yo hubiese pedido nada, una de mis amigas había conseguido incluirme en uno de esos grupos.
Conseguí ser admitida en varias de esas sesiones, hasta un día en que la vidente me transmitió que una de las almas que me ayudaban le mostraba un número, que ella no podía saber qué cosa estaría indicando, tal vez fuese una fecha. Fue en aquella época cuando tuve la indicación del especialista en biocibernética bucal, y el número coincidía con la fecha en que supe de él. Aunque fuese por esa única razón, jamás dejaría de explorar ese camino. Eso me costó todavía algunos meses de ansiedad, porque había una larga fila de espera antes que yo.

Finalmente el día y hora marcados llegaron. El terapeuta (pasaré a denominarlo así) me conquistó desde el primer instante. Lo que vi fue una atlética figura de hombre de mediana edad, vestido informalmente con una ropa confortable y deportiva, que me miraba sonriente detrás de una barba con mucho encanto.
A la primera pregunta que me hizo: “¿Qué la ha traído hasta aquí?” respondí que estaba allí porque los médicos me habían colocado un rótulo que me clasificaba como portadora de cierta dolencia en la que yo me negaba a creer. Al escuchar estas palabras, se levantó, dio la vuelta a la mesa de despacho y vino a abrazarme, dándome parabienes por lo que acababa de decir.

Ese fue nuestro primer contacto. Aquel día estuvimos durante tres horas exactas mientras yo intentaba resumir todo el histórico de mi “dolencia” y ha sido cuando escuché, por primera vez en mi vida, a alguien decirme aquello que mis oídos estaban sedientos de oír desde que nací. Me habló desde el primer momento de todas las represiones que me habían llevado a aquel estado lamentable, adelantándome desde ya muchas de las cosas que solamente vendría a comprender mucho tiempo después.
Me dijo que no estaba proponiéndome otro tratamiento alternativo más, sino algo muy profundo y abarcador, que causaría en mí grandes transformaciones. Todo ello a condición de que yo estuviese dispuesta a llevar un aparato móvil en las arcadas dentarias superior e inferior. El uso de ese aparato sería acompañado paralelamente por sesiones de trabajo corporal.

Ni por un segundo se me pasó por la cabeza la posibilidad de rehusar. ¿Cómo lo podría, si ya estaba completamente cautivada y nunca nadie había tenido hasta entonces la capacidad de leer tan claramente en mi alma? Mi deseo era que el tratamiento fuese lo más intensivo posible, pero desgraciadamente el intervalo más corto sólo podría ser de quince en quince días.
Ahí comenzó mi nuevo estilo de vida: esperar el encuentro de la próxima quincena.
Cuando, al fin, quince días después, llegó el momento anhelado de colocar el aparato, me sentía como un hebreo que llega a la tierra prometida. Con toda la delicadeza que la operación exigía, mi terapeuta hizo que me acostumbrase poco a poco a la inédita sensación y, por mi reacción, parece que era todo cuanto mi boca estaba necesitando.

El problema mayor que se me presentaba era cómo enfrentar mis numerosas clases de alumnos, a los cuales debería enseñar un idioma extranjero, hablando como si tuviese una patata caliente en la boca. Llegué a la conclusión de que lo mejor sería enfrentarme al problema inmediatamente, pues había quedado claro que sólo debía retirar el aparato a las horas de comidas. Fue lo que hice, y preferí yo misma ridiculizarme ante los alumnos, que esperar a que ellos lo hiciesen. Aparentemente, el aparato no interfería en nuestra comunicación, y fue así como desde aquel día siempre me presenté ante mis alumnos con un gran diente de conejo de más en mi boca. Claro que alguna que otra vez he sorprendido a algunos de los alumnos más irreverentes imitando mi manera de hablar, pero eso no llegó a herirme. Estaba tan encantada con todas las novedades que el aparato me aportaba, que nunca se me pasó por la cabeza, en aquella época, sentirme menospreciada a causa de eso.


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