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Ahora que he vuelto a casa – Capítulo 22


Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

Cuando llego a Roma, durante varios días me siento como si todavía estuviese en Medjugorjie. Sólo deseo rezar el rosario y salgo solamente para visitar iglesias que aún no conozco. Extrañamente, en todas las iglesias a donde llego, al punto comienza la celebración de una misa, incluso en la basílica de San Pedro. Lloro mucho, porque todavía me siento bañada por entero en una fuerte conmoción, una enorme piedad por todo cuanto está ocurriendo en el mundo. Menos mal que ahora sólo me resta volver a Brasil, no tendría condiciones para continuar haciendo turismo.

Al regresar a Brasil siento la necesidad de entrar en contacto con otras personas que han pasado por la misma experiencia. Encuentro a algunas, y comentamos cómo es difícil, lejos y solos, continuar alimentando todos los hábitos que en Medjugorjie era tan fácil cultivar.

Hasta aquella época, mi principal refugio continuaban siendo las sesiones con mi terapeuta, aunque yo no consiguiese dejar aflorar mis emociones. A pesar de todo, indiscutiblemente la secuencia de las sesiones propiciaba que muchas de mis corazas se ablandasen. Ese trabajo, asociado a mis últimas experiencias místicas, hizo nacer en mí un deseo inmenso de perdonar, de dejar de juzgar y, principalmente, de acabar con ciertos prejuicios míos.

Tomé el teléfono para llamar a mi antiguo amor y decirle que nunca había dejado de amarlo, a pesar de todo lo que había sucedido. Al otro lado atendió la voz de un extraño. Cuando pregunté por él, la voz me respondió que había fallecido. Mis oídos no registraron la respuesta y volví a preguntar. Cuando las palabras sonaron las mismas, sólo conseguí balbucear alguna pregunta acerca del cuándo y cómo. Hacía algunos meses y había sido un derrame fulminante. Cuando colgué, no sabía aún si podía creer en tamaño absurdo. No conseguía llorar, ni gritar, ni adoptar actitud alguna. Las palabras del extraño no dejaban de resonar en mi cabeza, pero en la realidad todavía no había conseguido asimilarlas.

En la siguiente sesión, comencé a contar a mi terapeuta lo ocurrido. Cuando él percibió mi emoción, me tomó gentilmente de la mano, como se hace a una cría, y escuchó en silencio lo que yo tenía para contarle, sujetando todo el tiempo mi mano. Nunca más he olvidado aquel gesto silencioso, más elocuente que mil palabras.
Estaba asustada porque era la primera vez que la muerte, figura tan familiar en mis pensamientos, me arrebataba a una persona tan importante para mi vida. Tenía miedo de caer en una desesperación atroz, insoportable frente a un acontecimiento tan irreversible.

Para sorpresa mía, la sensación que se adueñó de mí fue de liberación. Fue como si un peso enorme se hubiese caído de mis hombros. Ahora ya no necesitaba arrastrar aquel peso muerto que nuestra incomunicabilidad representaba. Me di cuenta de que nuestra relación mal resuelta pairaba sobre mí como una nube negra, que me angustiaba por la sensación constante de fracaso. Era como si ahora yo pudiese sentirme nuevamente con derecho a considerarlo mío, a dirigirme a él sin intermediarios. La muerte nivelaba todo.

La reacción más inmediata fue la de dar valor a todo cuanto admiraba en él, y que no conseguía incorporar en mi vida. Me parecía que su muerte tenía la función de dejarme el siguiente mensaje: vive en esta tierra todo cuanto te es dado vivir mientras es tiempo, y no te ates a reglas castradoras. En el fondo, el hecho de que hubiese muerto en el auge de la potencia y de la acción hizo que su imagen se fijase para siempre como la de un hombre que siempre había seguido la voz de su corazón.

Este era el principal punto en común entre él y mi terapeuta. Apareció todavía más evidente la discrepancia entre su filosofía de vida y la de otros amigos que seguían estrictamente los preceptos de la iglesia católica, pero eran incapaces de un gesto de verdadera compasión y que yo había permitido que influenciasen mi vida más de lo que merecían. De repente, saltó a mis ojos toda la hipocresía, la limitación que las normas estrictas del catolicismo nos imponían y he sentido una repulsa incontrolable por todo aquello.

Todos los recuerdos de mi amor muerto se agolpaban en mi pensamiento, y su semejanza con mi terapeuta sólo hacía acentuarse cada vez más. Valoraba el sentido práctico, la habilidad que tenían los dos para tratar con las personas y las cosas de la vida, en contraposición a un creciente desprecio por el exceso de erudición y por el cerebralismo académico.
Fue en aquella época cuando me he visto casi impelida a jubilarme de mis clases. Ciertamente lo que yo estaba sintiendo tras la muerte de mi amor contribuyó a acelerar mi decisión.

Alguna cosa había definitivamente cambiado dentro de mí, ya no conseguía verle el sentido a una práctica profesional tan alejada de la realidad que me rodeaba. El mundo estaba cambiando de manera vertiginosa, ya no había espacio para sofisticadas discusiones académicas que sólo interesaban a un puñado de personas.
Mi primera reacción fue olvidar que un día yo había pertenecido al cuerpo docente de una universidad. Finalmente me había reintegrado a mi verdadero espacio, pues nunca como en aquel momento había tenido conciencia de cuánto mi vitalidad había quedado aprisionada y atrofiada.

Tenía una necesidad incontrolable de moverme, de andar, nadar, reaprender a danzar. Mi cuerpo pedía esto, pero era algo mucho más profundo lo que demandaba salir del calabozo. Dentro de mí, el hilo de mis experiencias, de mis aprendizajes, no había sufrido ruptura alguna. Yo continuaba sintiéndome entera, yo misma, con todos los anhelos y las expectativas aún no resueltas, y, por tanto con todos mis sueños adolescentes todavía intactos. Continuaba actuando como si mi apariencia externa también continuase siendo la misma. Es verdad que desde hacía mucho tiempo había notado ya las miradas de quienes me veían pasando por la calle, principalmente los niños, que en su inocencia consiguen ser mucho más crueles porque no saben disimular su curiosidad.

Estaba cada vez más claro para mí que el desesperado refugiarme en la religión, podría ser apenas un cómodo pretexto para dejar de asumir mis propias responsabilidades en la tierra como un ser de carne y hueso. No podía resignarme a la visión escuálida que mis amigos beatos me señalaban, con su fanatismo. Consideraba que no era esto lo que Cristo quería de nosotros. Si la palabra que Él más empleaba era “amor”, ¿dónde estaba el ejemplo que sus seguidores debían dar? ¿Escondiéndose en una celda solitaria, haciendo penitencia por pecados inexistentes? El mayor pecado ¿no sería, precisamente, ese rehusarse a vivir?

Comencé a sentir repulsa por todas aquellas prácticas que visaban principalmente a mortificar la carne, y empecé a sentir cierta desesperación ante la huida inexorable del tiempo.


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