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Ahora que he vuelto a casa – Capítulo 23


Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

Notaba que el tratamiento biocibernético también había llegado a un punto muerto, tal vez debido a todos los cambios experimentados por mí. Estaba muy inquieta porque tenía plena conciencia de estar viviendo una fase de transición, antes de que la verdadera tarea, que yo no sabía aún cuál era, se manifestase.
Una cosa era cierta: no quería ninguna aproximación con el mundo académico, es más, me sentía como si nunca en la vida hubiese pertenecido a aquel mundo. Evitaba decir a la gente cuál había sido mi profesión, como si de ella tuviese vergüenza. Mi autoestima nunca había estado tan baja. Más que nunca sentía la necesidad de respuestas sobrenaturales.

Ya estaba bastante claro para mí que no era asistiendo religiosamente a Misa y comulgando sin parar como mis problemas terrenos habrían de resolverse. Mi conexión con el Cristo iba mucho más allá de los límites colocados por la Iglesia Católica. Mis súplicas se dirigían a quien realmente pudiese escucharme e iluminar mi camino. Sabía que, de una manera o de otra, la respuesta no tardaría en llegar.
Fue así como un día, en que iba a una clase de gimnasia fuera de mi horario, encontré a una amiga que me enseñó el folleto de un curso en el que ella se acababa de inscribir. Ha sido solamente poner los ojos en aquel papel para sentir el impulso irresistible de ir corriendo a inscribirme también. En realidad no había entendido casi nada de lo que ocurriría, pero algo me decía que era lo que yo estaba esperando.

La propuesta era ir a pasar cuatro días en un lugar alejado de Sao Paulo, en un grupo sólo de mujeres, que sería coordinado por una mujer que había venido de la India especialmente para iniciarnos en los misterios de la “pulsación tibetana”.
Habría una charla, en Sao Paulo, proferida por esa mujer la víspera del curso, para una toma de contacto e instrucciones de orden práctico.
Desde el primer momento en que mis ojos se posaron en su rostro y desde sus primeras palabras, he sentido una paz indescriptible adueñarse de mí. Todo cuanto ella decía sonaba como música en mis oídos y salí de allí feliz y radiante como desde hacía mucho tiempo no me sentía.

Cuando llegamos al lugar donde se daría el curso, todo me pareció perfecto y familiar. Los chalets en medio de la vegetación, la piscina con flores naturales flotando en su agua azul, una calma emanando de todo y de todos. El salón había sido forrado con colchones e impecables sábanas blancas que lo cubrían todo. En el lugar de honor, rodeado de flores, cristales de todos los formatos y colores, inciensos deliciosos y esencias delicadas, el retrato impresionante, vivo, ampliado, de la figura carismática de aquel que es el maestro iluminado de los sannyasines (esta palabra la oía yo por primera vez en mi vida), a quienes él transmitía sus enseñanzas…

La mujer que venía de la India había tenido el privilegio de tenerlo como su maestro aún en vida. Yo había ido a ese encuentro sin saber nada de todo esto, y ha sido mi suerte. Si hubiese sabido anticipadamente que habría un altar dedicado a ese maestro y, peor todavía, si hubiese sabido de quién se trataba, ciertamente no hubiese ido. Mis ideas preconcebidas me hubiesen impedido tener una experiencia única sólo porque yo estaba condicionada a juzgar a las personas, a descartar a aquellas que de alguna forma estaban estigmatizadas por la moral vigente. Tirando de la memoria, recordé vagamente haber visto en la televisión y los periódicos, algunos años atrás, aquella figura de hindú, de largos cabellos y barbas proféticas, excéntricamente vestido, que andaba en limusina, rodeado de lindas mujeres, y que estaba siendo perseguido en los Estados Unidos a causa de su conducta considerada inmoral. Ciertamente hubiera sentido rechazo, si hubiese sabido de antemano de quién se trataba. Además de que, desde hacía mucho tiempo ya había decidido conmigo misma que no daría culto a ningún ser humano, por más iluminado que fuese.
Pero allí estaba yo, formando parte de un grupo que ciertamente no se había juntado por acaso, bebiendo las palabras de aquella mujer fantástica. Lo primero que me había impresionado era la extremada elasticidad de ella, a sus cincuenta años, pudiendo hacer prácticamente cualquier movimiento de danzarina, siendo que, según ella misma contaba, había estado considerablemente gorda y enferma cuando joven.

Su manera de hablar, clara, precisa, directa, sencilla, suave, con la chispa de humor de quien sabe cautivar a su auditorio durante horas, me hipnotizaba. Parecía tener un conocimiento ilimitado de cualquier problema que afectase a los cuerpos físico, psíquico y espiritual. Su capacidad de percibir absolutamente todo cuanto sucedía a su alrededor, por imperceptible que fuese, debía provenirle de una sabiduría almacenada a través de los siglos.
La propuesta era que nos sometiésemos a un programa bastante intenso que incluía meditaciones, catarsis y, principalmente, sesiones de pulsación tibetana que eran realizadas en duplas. El objetivo era alcanzar capas profundas y olvidadas de aquello que había sido grabado en cada uno de nosotros desde el nacimiento, con la intención de liberar lo que había de negativo y transformar las energías en positivas. (Esto no lo había dicho nadie con estas palabras, soy yo quien está sintetizando así mi manera de vivir la experiencia).
Antes de cualquier abordaje, sin embargo, ella había tenido el cuidado de familiarizarnos unas con otras, enseñándonos técnicas muy suaves de compartir con una compañera elegida las informaciones y sensaciones, que nos transformaban como en un pase de magia en antiguas conocidas.

Las posturas de la pulsación tibetana, para alguien que como yo presenta serias limitaciones físicas, al comienzo equivalían a una sesión de tortura. Se trataba de permanecer, durante cuarenta y cinco minutos, en una determinada posición, actuando sobre un punto específico del cuerpo de la compañera. Todo se desarrollaba en el más absoluto silencio, arrullado por una música especial. Tras ese período de tiempo, la posición se invertía y la compañera “pasiva” se transformaba en “activa”, y viceversa. Esto significaba permanecer, por ejemplo, con una pierna extendida soportando el peso de la cabeza de la compañera sobre la rodilla, sin moverse. Hubo momentos en que he tenido deseos incluso de llorar, tan penosa estaba siendo la experiencia. Una vez más me veía a vueltas con una tarea superior a mí, que yo misma había ido a buscar. Lloraba de impotencia, a causa de mis limitaciones físicas que me obligaban a un sufrimiento mucho mayor que el que las demás personas tenían que soportar. Aún así, obedecía a las incitaciones de la maestra en el sentido de sobrepasar nuestros límites, para que la transformación fuese más efectiva.


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