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Ahora que he vuelto a casa – Capítulo 5


Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

De vuelta a Sao Paulo, no todo se reveló tal como había idealizado. M. me acogió con el entusiasmo de siempre, pero mi padre se encargó de echar agua fría al hervor.
Ya no tenía mi empleo, porque en ese ínterin el director italiano había retornado a la sede de su Banco en Milán, y otra secretaria, que yo misma había ayudado a colocar en la Financiera, ocupaba mi lugar.
Afortunadamente no fue necesario perder el curso en la facultad: conseguí examinarme en la repesca recuperando el tiempo perdido.
No fue difícil encontrar un nuevo empleo de secretaria en una firma italiana. Allí yo podía mantener el contacto con la lengua patria, y disfrutar al mismo tiempo de la libertad que la vida paulistana me ofrecía.

Ahora que ya no tenía la obsesión del regreso a Italia atormentándome, podía darme al lujo de profundizar en una búsqueda interior cuya llamada siempre había estado latente. Aunque continuase siguiendo a rajatabla todos los preceptos de la Iglesia Católica, siempre me había sentido atraída por otras explicaciones acerca de los misterios de la existencia. El mundo esotérico ejercía sobre mí una enorme fascinación. Ya me había encantado con las obras de Lobsang Rampa, Paul Brunton, Mabel Collins, Krishnamurti y todos los que estaban disponibles en aquella época. Un día, como si estuviese siendo guiada por una fuerza desconocida, me paré ante un portal que me atraía como un imán. Era un Instituto de Yoga, donde se enseñaban los ejercicios físicos y se ofrecían también clases teóricas particulares. ¿Podría haber combinación más perfecta para alcanzar lo que más anhelaba en aquel momento? El Hatha Yoga me enseñaría el dominio del cuerpo, que desde siempre yo valoraba, y el Raja me aportaría el alimento que mi alma siempre había pedido, aun sin saberlo yo.

Ahora tenía a mi disposición, sólo para mí, un profesor que podría responder a todas mis preguntas. Yo bebía todas sus palabras como si se tratase de un oráculo, hacía largas listas de preguntas que todas las semanas traía a clase. ¡Que diferencia de las enseñanzas religiosas que había recibido hasta entonces! Aquí no se hablaba de pecado ni culpa, todo tenía una explicación que tenía en cuenta la evolución del espíritu, a través de sucesivas reencarnaciones.

Yo atribuía a mi profesor de Raja el poder de esclarecer todas mis dudas, y naturalmente lo veía como al súper-hombre capaz de solventar todas mis necesidades.
Era tan evidente que me preparaba para ir a las clases como quien va a un encuentro amoroso, que sólo mi ceguera no me dejaba ver que estaba completamente enamorada de él.
Si yo tuviese la madurez emocional compatible con mi edad, nada me habría impedido por lo menos manifestar directamente mis sentimientos. Pero, desde cría, todo cuanto se refería a contactos con el sexo opuesto siempre venía precedido de una señal de peligro. Yo había aprendido que todos mis deseos deberían ser cuidadosamente solapados. Además de que, en el código de buena conducta que me había sido transmitido, nunca una mujer podría insinuarse a un hombre.

Mi profesor era joven y soltero, pero obviamente yo no era la mujer de sus sueños. Eso no impidió un episodio de mutua atracción, que nos unió en un beso inolvidable, y que me hizo durante unos pocos minutos experimentar sensaciones nunca antes conocidas.
Esa fue la última vez que nos encontramos, porque a la semana siguiente recibí la noticia de que A. se había marchado del Instituto y que iba a casarse. Yo podría, si quisiese, frecuentar las clases que el gurú del Instituto estaba impartiendo a un grupo de personas.
Fue lo que hice, pero mi interés por las clases obviamente ya no era el mismo.
El gurú era una persona muy carismática que me inspiraba un respeto casi sagrado y ningún coraje para aproximarme. Lo que él enseñaba era muy interesante, pero yo asistía a las clases por la noche, después del trabajo, y a veces estaba tan cansada que me costaba mantenerme despierta. Mis compañeros de grupo eran personas de una clase social más elevada, lo cual también me hacía sentir cierto distanciamiento.
A veces, después de clase, íbamos todos a cenar juntos. Los asuntos discutidos giraban en torno a altas cuestiones filosóficas y esotéricas que yo no estaba en condiciones de acompañar, lo cual aumentaba mi sensación de estar ocupando un lugar que no era el mío.
En verdad, todas las enseñanzas que estaba recibiendo me traían ecos de algo familiar, pero todavía no estaba preparada para vivenciarlos. Me faltaba resolver muchas de las cuestiones básicas de esta existencia para poder experimentar vuelos más altos.
Fuerte con mis nuevos conocimientos sobre Yoga, quise escribir a L., aquel italiano del buque, para demostrarle que yo sólo no había ido en su busca, aunque tuviese su dirección, porque tenía el suficiente autodominio. Recibí en respuesta una carta suya diciendo que escribía desde la prisión. Me contó que en aquel viaje estaba transportando droga, aunque afirmaba que no era adicto. El choque me hizo olvidar toda la rabia que sentía por él, y le respondí preguntando qué podía hacer para ayudarle. Aún tuve que recibir una respuesta reprochándome ser tan impulsiva, casi poniéndome en guardia contra tipos como él. Mucho tiempo después me acordé de aquel envoltorio que él me había dado para que lo sostuviese: ciertamente allí estaba la droga.

A estas alturas, yo estaba trabajando durante todo el día, iba a la facultad por la noche y de vez en cuando me encontraba con M., siempre a escondidas. Mi viaje a Italia, en vez de aproximarnos, había surtido el efecto opuesto. Yo no podía compartir con él ninguno de mis nuevos descubrimientos, pues sabía de su aversión por mis estudios. Él también había cambiado mucho, ahora trabajaba por su cuenta, estaba siempre ocupado (pero cada vez que yo le telefoneaba, inmediatamente aparecía). Cuando nos encontrábamos, siempre tenía algún cuento fantasioso que contarme, rico en peripecias y lances peligrosos. Tampoco ocultaba las innumerables aventuras amorosas que mencionaba tal vez para provocar celos en mí. No me importaba mucho, porque en el fondo tenía una secreta convicción de que, si yo quisiese, él sería sólo mío. Él también tenía la secreta convicción de que yo me estaba reservando para él. Sólo que ninguno hablaba abiertamente al otro acerca de lo que realmente sentía.

El tiempo fue pasando, y yo ya estaba en el último curso de la facultad. El profesor francés, lector de la cátedra de lengua y literatura, que nos acompañaba desde el primer curso, me ofreció una beca para un corto ciclo de invierno en la Alianza Francesa de París. Acepté llena de entusiasmo, pues conocer París era el sueño de todos nosotros, y naturalmente, me agradaba la idea de acercarme hasta Italia.


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