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Ahora que he vuelto a casa – Capítulo 10


Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

La pasantía a que he sido enviada está en Aix-en-Provence. A pesar de ser pleno invierno, el clima y el paisaje que me rodean me recuerdan sobremanera a mi tierra de origen, al fin y al cabo la latitud es la misma y la distancia muy pequeña. En este escenario dulce y familiar podría rápidamente rehacerme de mis últimas desventuras, pero mi corazón está por demás oprimido.

Con los últimos acontecimientos, también se han recrudecido los síntomas de una dolencia que comenzó a manifestarse en seguida a mi matrimonio. Todo comenzó con dolores en las manos, por la mañana, al despertar. El médico que fui a consultar diagnosticó artritis reumatoide (nunca había oído hablar de eso) y me recetó medicamentos que hacen desaparecer los dolores durante el día. Para no tener problemas durante el viaje, había traído conmigo una serie de inyecciones que necesito poner semanalmente.

La pasantía es muy interesante, los colegas son estupendos, la ciudad es una verdadera joya. Estamos hospedados en un hotel muy confortable, y además se nos lleva a conocer los puntos turísticos de la región los fines de semana. A pesar de todo, me siento como una muerta-viva, no consigo desconectarme de todo el horror que el balance de mi vida me causa. No puedo dejar de pensar en lo que me espera cuando llegue de vuelta a Brasil.
Mi plan es que este viaje signifique una ruptura completa con mi vida de casada. Recibo telegramas, cartas, pero hago empeño en no enviar ninguna noticia mía. Sé que mi marido ha entrado en contacto con una colega mía de Sao Paulo que está al corriente de los movimientos de nuestro grupo. Cuando se acaba la pasantía, voy para Italia, como no podría dejar de ser.

Mi regreso a Sao Paulo ocurre el mismo día que el resto de mi grupo, sólo que ellos llegan a un aeropuerto (donde mi marido me está esperando), y yo llego a otro. Quien desembarca en aquel avión es como si fuese la sombra de aquella que era yo solamente algunos años atrás. Estoy despavorida y siento dolores horribles por todo el cuerpo. No puedo ir para casa de mis padres, pues sería inmediatamente localizada. Voy para casa de mi hermano, que acaba de trasladarse a un lugar que yo ni siquiera sé donde queda.
Al día siguiente, como una aparición, mi marido irrumpe en la casa de mi hermano. Sólo Dios sabe cómo ha conseguido la dirección, pero sé que para él nada es imposible. Con sus modos violentos, quiere exigir satisfacciones sobre el hecho de que yo no hubiese ido para nuestra casa. Mi aspecto debe asustarlo, porque poco a poco consigue convencerse de que yo no estoy en condiciones de cuidar de la casa, ni de nadie. Se conforma con el hecho de que necesito de alguien que cuide de mí, y ese alguien sólo puede ser mi madre.

Todo aquello por lo que acabo de pasar me hace revisar completamente todas mis actitudes con relación a ella, y principalmente, mi enjuiciamiento en lo que a ella concierne.
Ahora me doy cuenta de que ella siempre ha sido profética con relación a todo lo que se refería a mí, yo era quien no había querido oírla. Admiro ante todo su capacidad de perdonar, su sabiduría y principalmente su buen sentido con relación a las cosas prácticas de la vida.
Estoy tan agradecida a su cariñosa comprensión, me siento tan protegida bajo sus alas, que no me importaría pasar el resto de mi vida compartiendo los quehaceres domésticos a su lado.

Me siento muy débil y asustada, veo a mi marido como a un monstruo amenazador.
Aunque sea muy reconfortante, no puedo permanecer viviendo con mis padres durante mucho tiempo. No quiero y no puedo implicarlos en mis cuestiones conyugales, considerando los temperamentos explosivos de mi marido y de mi padre. Además de que eso significaría un retroceso. Alquilo una habitación en la casa de una señora, cerca de la casa de mis padres, a donde voy a almorzar todos los días.

Poco a poco la vida retoma su ritmo, las vacaciones se acaban, las clases recomienzan. Ahora estoy trabajando también en algunas facultades particulares que acaban de ser creadas. El Gimnasio Vocacional ha sido cerrado porque el actual gobierno está persiguiendo a ciertas personalidades, entre ellas a la coordinadora del Servicio de Enseñanza Vocacional y muchos profesores han sido considerados subversivos.
El trabajo intenso me ayuda a aportar a mi vida una apariencia de normalidad, pero mientras no se defina mi situación con I., es con el corazón sobresaltado como vivo cada minuto.

Sin amigo alguno al que recurrir, acudo nuevamente a mi ex – gurú, para que me ayude a conseguir la separación de mi marido. El gurú prepara algunos objetos, que deben permanecer conmigo para protegerme, y yo confío plenamente en sus poderes.
Necesito mucha paciencia, necesito sopesar las palabras que voy a usar con I., porque él simplemente no puede aceptar que yo ya no quiera vivir con él.

Finalmente, I. se muestra conforme con firmar la separación, no sin antes haber protagonizado escenas de terrorismo explícito, como por ejemplo, esperarme a la puerta de casa, por la noche, con un arma en la mano.


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