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Ahora que he vuelto a casa – Capítulo 12


Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

¡Qué emoción indescriptible ver su figura familiar frente a mí, constatar su sorpresa entremezclada de alegría, es como si el tiempo hubiese vuelto atrás, es como si toda la angustia de los últimos tres años se hubiese disuelto. Es como si mi barco estuviese atracando en un puerto familiar y amigo. Desde las primeras palabras percibo que nada ha cambiado entre nosotros, él me acoge como la cosa más natural de este mundo. Su único comentario sobre mi situación: “Desgraciadamente.”
Me cuesta creer que estoy nuevamente sentada a su lado, dentro de su coche, sintiendo las mismas emociones que me habían acompañado durante dieciséis años. La noticia que más esperaba es música para mis oídos: él no se ha casado, continúa libre.

Siento que existen muchos interrogantes suspendidos en su mirada, pero él procura ser lo más discreto posible, hablamos de cosas corrientes. Mi mayor orgullo es poder comunicarle mi nueva dirección, donde él podrá visitarme cuando quiera.
Ahora, todas las veces que escucho un claxon más insistente, corro a la ventana para ver si es él.
El sonido del timbre me hace saltar en dirección a la puerta. Él viene, elogia mi apartamento y se comporta con el mismo ímpetu de siempre, sólo que ahora los antiguos preliminares son rápidamente sustituidos por juegos más adultos.
Todo es muy rápido, él tiene que irse pronto y me deja con la promesa de volver cuanto antes. Yo quedo aturdida, no he conseguido saborear en profundidad el placer de nuestro reencuentro, pero estoy tan absurdamente feliz por este regalo inesperado que ni siquiera pienso en lamentar cualquier cosa.
Ahora toda mi vida gira en torno a sus eventuales visitas, todo cuanto hago adquiere un sabor peculiar, cuando está sazonado con sus apariciones. Naturalmente, como todo lo que siempre se ha referido a mi vida afectiva y de modo especial a la relación con él, nuestros encuentros están rodeados del más absoluto secreto.

Me gustaría poder compartir con él todos los sentimientos que mis últimas experiencias me han traído, pero todo tropieza en el tiempo limitado que tenemos a nuestra disposición, mal da tiempo para desahogar nuestro deseo y ya él tiene que marcharse. La única cosa que sé de él es que su trabajo lo absorbe por completo, y también desconfío que, aunque no esté casado, vive con una mujer. Cuando le pregunto directamente por qué no se ha casado con ella, la respuesta que recibo me hace creer que no la considera la mujer de su vida.
Pero no estoy en condiciones de reivindicar nada, el simple hecho de que venga a verme ya es milagro suficiente.

Mientras tanto, mi trabajo en la USP exige que me dedique a la investigación, que prepare una tesis de doctorado, no hay tiempo para profundizar demasiado en las cuestiones personales.
Ahora también tengo un coche, que me facilita la vida, al mismo tiempo que me provoca un frío en la barriga cada vez que tengo que salir en él.
Una cosa que me preocupa es la evolución de mi dolencia. Uno de mis alumnos me avisó contra los peligros de los medicamentos tan fuertes que estoy tomando; me ha sugerido cambiar ese tratamiento por la medicina homeopática. Él mismo me indica el nombre de la mayor autoridad en el tema.
Las consultas con ese médico son muy demoradas y minuciosas, nunca había pensado que un médico entraría en los pliegues más recónditos de mi personalidad. Es como si estuviese siendo psicoanalizada, es una agradable novedad poder confiar a un profesional experimentado los detalles más íntimos de mi ser. Mi médico también es un apasionado de la literatura; es muy erudito. Mis consultas son siempre interminables, y me siento un poco aflicta pensando en la larga cola de pacientes en la sala de espera, pero a él no parece importarle.

Estoy volviendo a sentir el sabor de la confianza en mí misma. Me siento asistida desde el punto de vista médico, tengo un trabajo al que amo y me hace sentir plenamente realizada, vivo sola, como siempre había deseado, no dependo de nadie para mi sustento. Todavía no me creo que he conseguido desvencijarme de mi pesadilla conyugal. Y, además de todo, puedo alimentar la esperanza de rehacer mi vida afectiva al lado de mi gran amor. ¿Qué más puedo desear?
Parece que algo dentro de mí me impele a buscar cada vez más la presencia de M.; nuestros encuentros se tornan más frecuentes y más ardientes, hay una especie de urgencia interna que nos atrae como un imán. Me siento mucho más femenina y amorosa, algo ha cambiado dentro de mí. Tengo la sospecha de que algo maravilloso pueda haber ocurrido, y esté alterando mi ritmo biológico.
Es algo que en el fondo siempre he deseado, aunque no hubiese planeado que ocurriese. Estoy tan feliz con tal perspectiva, que durante nuestro encuentro le menciono esta posibilidad, aunque no tenga la seguridad de nada. Su reacción a mis palabras hace helar la sangre en mis venas. Es como si un rayo hubiese caído sobre su cabeza. Se viste rápidamente y sale, prometiendo telefonearme.


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