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Ahora que he vuelto a casa – Capítulo 17


Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

La primera consulta tras la colocación del aparato fue inolvidable. Mi terapeuta me colocó en uno de aquellos sillones de dentista en que el cuerpo queda todo estirado, me pidió que cerrase los ojos y me dijo que nuestra primera experiencia sería como si él fuese a presentarme sus credenciales, como si nuestras energías necesitasen conocerse.

Nunca conté esto a nadie (y mucho menos a él), pero durante aquella sesión yo tuve unas sensaciones extremadamente eróticas. Al contrario de lo que sería de esperar, en vez de sentirme avergonzada o asustada sentí una enorme confianza en el proceso que se estaba iniciando, y obviamente salí del consultorio con una sensación fantástica de liberación. Eso sólo hizo aumentar el aura de misterio que todo el proceso había tenido para mí desde el primer momento.

Era exactamente ese misterio lo que más me atraía, mucho más que la ansiosa espera de lo que sucedería con mi cuerpo, tras cada sesión. Él me había advertido, desde el primer día, de que yo tendría una serie de reacciones de todos los tipos, absolutamente imprevisibles. Colocó a mi disposición sus teléfonos personales, en los que podría encontrarlo a cualquier hora. Nunca he necesitado molestarlo, pero a partir de ahí comenzó una nueva atención a mi cuerpo, para detectar toda y cualquier modificación.

Una cosa muy estimulante era cambiar impresiones con las personas que encontraba en la sala de espera. Era muy fácil abordar a las personas, porque teníamos en común algo muy especial, que ayudaba a crear una complicidad inmediata. He conocido a personas encantadoras mientras esperaba mi turno, lo que me devolvió un poco de mi perdida esperanza en el género humano.

La primera prueba por la que los “pacientes” debían pasar era justamente la paciencia. Quien entrase en aquel consultorio aprendía que, una vez establecido el contacto con el terapeuta, la noción de tiempo pasaba a tomar una connotación distinta de la habitual. Desde que él comenzaba la sesión, el rumbo de la conversación o del trabajo corporal podía tomar las más variadas direcciones, y lo importante era siempre el “aquí y ahora”, sin preocupaciones de cualquier especie. Esto daba a toda la sesión una dimensión trascendental. Yo siempre tenía la impresión de haberme subido a un cohete rumbo a lo desconocido, lo que para mí era altamente electrizante.
En los primeros meses, era tanto mi entusiasmo y mi implicación, que mi voluntad sería convencer a todos cuantos sufrían de alguna dolencia, para que se adhiriesen al tratamiento.

El primer año fue el más angustiante de todos, porque tenía la impresión de que, si no había empeorado, ciertamente tampoco había mejorado. Es verdad que, desde el comienzo, tuve que abandonar toda y cualquier medicación. Esto para mí no fue muy difícil, porque siempre había tomado los medicamentos convencionales bajo protesta. Ya había notado que los medicamentos no hacían mucha diferencia, porque incluso con ellos nunca había dejado de sentir dolores. Sólo que, psicológicamente, esto al principio equivalía a retirar las muletas, y una cierta inseguridad y falta de confort eran inevitables.
De alguna forma, permanecía al acecho de cada nueva reacción, y nunca dejaba de sorprenderme con la capacidad de recuperación que el cuerpo posee. Continuaba pasando mis noches rodando de un lado a otro a causa de los dolores, principalmente en las piernas. Ahora había también un dolor nuevo, el de los dientes, y me hice experta en aguantar, impávida, porque sabía que no se trataba de un dolor convencional, sino de un proceso que me traería importantes modificaciones.

Lo que me parecía el mayor mérito de ese tratamiento, era el hecho de que el terapeuta enfatizaba todo el tiempo la sabiduría de la naturaleza, explicaba de una manera nueva los diferentes ciclos de la biología humana y, por encima de todo, enseñaba a esperar y a confiar en el poder fantástico de recuperación que la naturaleza humana posee. Al contrario de lo que ocurría en los otros consultorios, yo oía hablar mucho más de salud que de enfermedad. La lección preciosa, que nunca más he olvidado, es la de no tomar muy en serio los síntomas, sino confiar en el poder de cura de que todos nosotros disponemos.

Toda mi vida giraba en torno a aquel encuentro quincenal.
Yo todavía no tenía conciencia de eso, pero precisamente la evolución del proceso me mostró un patrón mío de comportamiento muy sintomático. Para que mi vida tuviese sentido, para garantizar el oxígeno indispensable a mi alma, yo necesitaba contar con alguien de quién pudiese aprender cosas. Las personas que más admiraba eran aquellas que sabían algo más que yo.

Cuando comencé el tratamiento de biocibernética, estaba todavía impregnada de ese tipo de condicionamientos. El terapeuta me explicaba que todo lo que se iba a transformar, en mi cuerpo, sería precedido por una modificación en mi cabeza, en mi modo de ver las cosas.
A principio eso me parecía demasiado incomprensible para que yo pudiese aceptarlo racionalmente. Tomé el partido de no querer entender todo de la manera habitual. Me dejé mecer por los efectos que cada sesión provocaba en mí. Siempre salía de allí con una maravillosa sensación de que estaba siendo admitida a un plano superior de conocimiento, como si perteneciese a una “intelligentsia”, no académica, la cual me interesaba cada vez menos, sino a otra, sintonizada en un registro más fino. Mi terapeuta estaba siempre sorprendiéndome con juegos de palabras, que me hacían reflexionar sobre el lenguaje mucho más que cualquier curso de lingüística.

En cada vez él me transportaba para mundos inimaginables con sus razonamientos sorprendentes y con informaciones de todo tipo. Yo llegaba a la sesión con el firme propósito de hablar de ciertas cuestiones que me atormentaban, o de problemas míos concretos. Casi nunca conseguía colocarlos, porque prefería embarcar en la nave espacial que él me ofrecía y acompañar maravillada su mágica trayectoria.

Lo que él ha hecho conmigo, poco a poco, sin causar conmociones, ha sido hacerme observar de qué forma yo era condicionada por los patrones que los demás querían imponerme, sofocando mis verdaderos anhelos. Con cariño, con amistad, me llevó a tomar conciencia de todos los grilletes que me prendían. El más poderoso, el que tal vez no esté todavía totalmente erradicado, es el del moralismo estrecho que la iglesia católica me había inculcado. Ocurrió que, como sería de esperar considerando mis precedentes, he acabado enamorándome de él.


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