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Ahora que he vuelto a casa – Capítulo 18


Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

Durante los dos primeros años del tratamiento, no estaba siquiera en condiciones de darme cuenta de mis sentimientos. Estaba demasiado lastimada, me sentía demasiado inferior. Había colocado a mi terapeuta en un pedestal que hacía de él un hombre inalcanzable. Además de esto, el hecho de que él estuviese casado, tuviese hijos, lo convertía en un hombre tabú. Me contentaba con admirarle cada vez más, imaginando qué fantástica debía ser su vida fuera del consultorio.

Durante ciertas sesiones de relajación tenía lugar una aproximación mayor entre su cuerpo y el mío. Fatalmente me venía a la memoria el recuerdo de las sensaciones vividas durante mis encuentros con M. Descubría incluso ciertas semejanzas entre inflexiones de voz, olores, el mismo hábito de fumar que impregnaba sus dedos de nicotina. Sentía la misma perturbación que cuando el otro me tocaba, y esto naturalmente hacía aumentar la nostalgia de aquellos tiempos en que mi cuerpo era deseado por alguien. Pero permanecía estoicamente reprimiendo mis impulsos, pues sería impensable para mí cualquier otra actitud.

A lo largo de los años que duró el tratamiento, del mismo modo que mis miembros retorcidos comenzaron a soltarse un poco, empecé a adquirir también una cierta flexibilidad de comportamiento (o ¿sería lo contrario?). A ciertas alturas, sentí una enorme necesidad de ir en busca de aquel amor infeliz, que en ese ínterin se había casado y tenido una hija, para conseguir verbalizar aquello que estaba desde hacía más de diez años atragantado en mi garganta.
Cuando le telefoneé, su reacción fue de un inmediato deseo de encontrarme. Cuando entró en mi salón, vi en su mirada la decepción de encontrarme tan delgada, tan diferente, y con un horrible aparato en los dientes. Intentó disimular y ensayar una de aquellas bromas de los viejos tiempos. Cuando yo me esquivé, y comencé a querer hablar en serio, buscó una forma de cambiar de conversación, y una vez más, no me dejó decir lo que me quemaba por dentro.

La experiencia me sirvió para percibir el abismo que siempre había existido entre nosotros, y que el desenlace de nuestra historia sólo podría haber sido el que fue. Después de aquello, algunas veces más hablé con él por teléfono, pero sentí que definitivamente nuestros caminos se habían separado.
Poco a poco, sin darme cuenta, comencé a trasladar hacia mi terapeuta los sentimientos que antiguamente sentía por él.

Lo que tornaba única mi ligazón con mi terapeuta era la sensación de libertad que sentía por no tener que disimular mis limitaciones físicas, pues a fin de cuentas él las conocía y las entendía mejor que yo misma.
Cuando estaba ante él, sabía que él era el único que no sólo veía mis defectos físicos, sino que tenía la visión más panorámica de todo mi ser, en sus mínimos detalles.

Nuestras sesiones continuaban siendo el momento más inteligente y estimulante de mi vida. Sería imposible no sentirme atraída por el único hombre que me conocía por dentro y por fuera y que, a mayores, devolvía a mi cuerpo el derecho de sentir placer.

Así fue como la antigua sensación de plenitud, todas las veces que salía de su consultorio, comenzó a transformarse en una gama de sensaciones, las más variadas, dependiendo de mi estado de espíritu. El sentimiento más recurrente era el de frustración, porque tras el preámbulo amoroso en que, para mí, se habían transformado nuestras sesiones, era lógico que yo tuviese necesidad de extravasar aquello que mis sentidos despiertos exigían.
Considero que había sido intención de mi terapeuta provocar exactamente ese despertar, para motivarme a buscar un compañero. Ciertamente él no imaginaba que yo ya lo había elegido a él como compañero ideal.

El hechizo se había vuelto contra el hechicero: justamente porque él me había enseñado a rescatar mi libertad y mi individualidad, yo ya no podía sufrir el tener que acallar el deseo que se había convertido en una idea fija. Yo tenía la plena consciencia de estar alimentando una fantasía imposible, y comenzó así una prueba de resistencia conmigo misma: ¿hasta cuándo conseguiría llevar adelante esa situación embarazosa? También sabía que lo mío era el clásico secreto de Polichinela, pues si él conseguía leer en mí como en un libro abierto ¿cómo podría no haber observado aquello que yo no ponía empeño alguno en ocultar?
Sé que el peso excesivo que yo estaba dando a nuestros encuentros era el fruto de mi exagerada soledad, pero por otra parte yo no tenía deseo alguno de ir en busca de distracciones.
En realidad, no tenía energía ni tiempo disponible para mucha cosa.

Mientras duró mi experiencia biocibernética, continué dando mis clases en la facultad, muy orgullosa de no estar tomando medicación alguna y sí conteniendo los avances de mi “dolencia”.
No me daba cuenta de las transformaciones físicas, pues mi prioridad era prestar atención a las alteraciones internas que el proceso me aportaba.

Tuve también que someterme al ritual académico de preparar una tesis de doctorado, aunque no estaba ya tan implicada como antiguamente. Era como si me hubiese dividido en dos: una que estaba cada vez más interesada en el auto-conocimiento y otra que no podía dejar de cumplir las exhaustivas tareas que la vida académica exigía.


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