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Ahora que he vuelto a casa – Capítulo 25


Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

Mientras tanto, había llegado el momento de participar nuevamente en el grupo de mujeres, ya que aquella fantástica maestra había sido fiel a la promesa de volver. Es curioso, ya no sentía aquella ansiedad insoportable, las experiencias de aquel año había servido al menos para devolver a las cosas sus reales proporciones. Sentía mucha curiosidad por ver qué sucedería esa vez, exactamente para aquilatar el alcance de las modificaciones dentro de mí.
La admiración por ella, por cuánto decía y hacía, continuaba intacta. Al mismo tiempo, era como si ella hubiese bajado de un pedestal, la veía como a una excelente profesional, pero como un ser humano con todas sus contradicciones. Como yo estaba mucho más “normal”, sin aquel conmovedor aire de adoración que tanto la había encantado, noté que esta vez había otras “favoritas”. En mi fuero interno, en vez de sentirme disminuida, me congratulé conmigo misma, pues eso era un innegable signo de crecimiento.
También pude mirar con mayor exención a las otras compañeras de grupo, y simplemente ver a todas nosotras como tripulantes de un mismo barco, cada una con su carga más o menos pesada.

La despedida fue más o menos tranquila, y el deseo de ir a la India cada vez más tibio. Lo que restaba inmutable era el hecho de que yo sólo me sentía bien, libre y confiada, entre personas como aquellas, interesadas en ir cada vez más profundo en el camino del auto-conocimiento. Las obligaciones de la vida cotidiana, las presiones inhumanas que la vida en una gran metrópolis acarrea, se hacían cada vez más intolerables.
Empecé a frecuentar el local que un grupo de sannyasines mantenía, y que promocionaba la venida de especialistas de todo el mundo en las numerosas modalidades de trabajos holísticos que Osho había transmitido a sus discípulos.

Así fue como me interesé mucho por un curso que se venía anunciando desde hacía mucho tiempo, y que prometía grandes transformaciones interiores. Lo que me preocupaba un poco era el título del curso: “El arte de morir”. Quien iba a coordinarlo era una señora extremadamente simpática, sannyasin, que yo había conocido durante el primer grupo de las mujeres. Se trataba de una alemana que desde hacía más de diez años había enveredado por el camino de la terapia espiritual, se había trasladado a la India y especializado en gran número de técnicas orientales y occidentales de psicoterapia.
Lo que me encantaba era el aire enormemente dulce y solidario que emanaba de ella, además de una gran sencillez. Algo aprensiva, solicité tener un coloquio con ella antes de inscribirme en el grupo. Francamente, no estaba dispuesta a meterme una vez más en una experiencia sin tener la menor idea de lo que ella iba a proporcionarme.
Salí de allí muy aliviada, porque lo que había oído me convenció de que el título también hubiera podido ser “El arte de vivir”. Y era realmente esto lo que yo estaba necesitando.

En el día fijado, estamos todos reunidos en un mismo punto de partida, para que los coches marchen en caravana. Conozco algunas de las personas que van a participar en el grupo. Las otras, ya sé que a partir de mañana será como si fuesen viejas conocidas. Noto a una señora muy bonita, muy fina, recuerda vagamente a la actriz Deborah Kerr, que cojea de una pierna de una manera mucho más acentuada que la mía. Su rostro bonito está nublado por una expresión muy seria, casi hostil, que me da una pena muy grande. ¿Cuál será su historia?
Llegamos a ese lugar paradisíaco, lejos de la barahúnda de la ciudad, perfecto escenario para las ceremonias que nos esperan. Todo aquí ha sido planeado para garantizar la máxima comunión con la naturaleza y el respeto a la privacidad. Inmediatamente se establece entro nosotros aquella complicidad de quién, habiendo llegado a este punto, ya no necesita de muchos ringorrangos. En el fondo, todos estamos muertos de miedo de lo que va a ocurrir.
Yo continúo a la defensiva, y me prometo a mí misma que esta será la última vez que me meto, con mis propias manos, en situaciones idiotas. No obstante, poco a poco, mi desconfianza se va disolviendo.
Nuestra “facilitadora”, auxiliada por un muchacho que ya ha pasado por la experiencia, nos sorprende a cada momento. Las situaciones que nos propone, absolutamente inesperadas, al mismo tiempo que visan familiarizarnos con la idea de que vamos a morir al final de nuestros últimos siete días, consiguen atenuar el horror de esta perspectiva, proporcionándonos un ambiente protector y amistoso. Hay un algo de mórbido en el aire, pues a las tímidas preguntas de los más jóvenes, que buscan la confirmación de que todo no pasa de una broma, se contrapone la vehemencia con que nuestra instructora repite: “Entonces no hemos hecho un buen trabajo. Vosotros vais a morir de veras dentro de siete días”.

Etapa tras etapa, se nos pone frente a todos los detalles que deben ocupar la cabeza de un ‘morituro’. Las situaciones articuladas nos llevan a completar todos los pasos de una ceremonia de adiós a la vida. Lo que me impresiona es la fuerza del círculo mágico que se crea en cada instalación. La situación es imaginaria, pero las reacciones, las lágrimas, la desesperación, el dolor, la añoranza, el arrepentimiento, la rabia, son auténticos. Veo en torno a mí personas llorando sin parar durante horas y horas, otras que se sublevan y gritan como si estuviesen siendo descuartizadas.
Como contrapunto, readquirimos la capacidad de saborear el milagro de la vida, de la belleza, de la solidaridad humana, del espectáculo suntuoso con que la naturaleza nos agasaja en cada una de sus fases.

Por primera vez me siento realmente frente a frente con mi condición, con mi verdad. No hay modo de escamotear cuestiones como esta: “Si yo muriese mañana ¿de qué me arrepentiría?” Ahí, inapelablemente, estás obligado, con toda rapidez, a hacer salir a flote tus verdaderos valores, tus verdaderos deseos. No hay tiempo para vacilaciones, para errores. Otra tarea embarazosa: escribe una carta de despedida a tu padre, a tu madre, a la persona que más amas. Y ahí surge la gran cuestión: ¿a quién amo yo? ¿De quién me gustaría despedirme?


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