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Ahora que he vuelto a casa – Capítulo 26


Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

Más sorprendida me quedo cuando descubro que debemos quemar en una hoguera preparada solamente para eso las cartas que he escrito con tanta veracidad. Que pena, nunca más conseguiré reproducir aquel mismo sentimiento. Estamos tan apegados a lo nuestro, que no queremos abrir mano ni siquiera de aquello que nos provoca tristeza.
De repente, en uno de los intervalos en que se nos deja a solas para meditar, mirando hacia arriba veo una espléndida mariposa azul que insiste en exhibirse ante mí. Una mariposa es la cosa más común, todavía más en un país tropical y en medio a una vegetación tan lujuriante. Ella insiste en permanecer a mi alrededor, y entonces, por primera vez, me doy cuenta de que nunca me he detenido lo suficiente para meditar sobre la vida de una mariposa. ¿Existirá algo más perfecto y único? ¿Existirán dos mariposas idénticas? La delicadeza de sus alas, la fragilidad, el dibujo increíble, de una perfección china, los colores sólo comparables a los de las vidrieras de las catedrales góticas, o a los reflejos que puedo captar a través de cierto ángulo de mis cristales: por primera vez me doy cuenta de la intrigante condición de las mariposas.
Seguramente la mayoría de ellas nace y muere sin que una sola mirada humana pueda disfrutar de su esplendor. ¿Son por ello menos bonitas? Claro que no, y existe algo conmovedoramente trágico en esas vidas desperdiciadas, en tanta belleza ignorada. Ciertamente esto no les impide ser felices durante el cortísimo lapso de tiempo que dura su vida.
También es posible que yo lo ignore todo acerca de la importancia de las mariposas; posiblemente a un nivel más sutil, en un plano más elevado que soy incapaz de atisbar, ellas tengan un papel importantísimo que desempeñar, inaccesible a mi pobre percepción humana. De cualquier forma, esta mariposa ha cumplido una misión de valor inestimable para mí. Me ha hecho ver que yo, una persona que se juzga esclarecida, experimentada, sufrida, tengo todo que aprender de una simple mariposa.

Lo que de ella he aprendido es que soy exactamente como ella, sólo que no puedo conformarme con pasar desapercibida. Soy una mariposa azul vanidosa y despechada, porque considero que las personas a mi alrededor me juzgan por las apariencias, sin preocuparse de ver lo que existe en la esencia.
Como saliendo de una lámpara mágica, veo explotar ante mí uno a uno todos mis traumas. Veo lo ridículo de estar intentando disimular, desde hace al menos veinte años, que la vida me ha dejado marcas que no acepto y que me gustaría que nadie viese. Siento cuánto me pesa, cuánto me oprime, ese esfuerzo titánico de borrar los defectos, de sólo ensalzar las cualidades.

Siento cómo me ha hecho daño haber sido obligada a conformarme con la pérdida de la sonrisa de que tan orgullosa estaba, por haber aceptado sin pestañear la experiencia de la biocibernética. Considero injusto haber tenido la fisonomía alterada por los movimientos en los dientes que el aparato ha provocado. Me indigno al pensar que médicos irresponsables han variado para siempre mi manera de pisar, al operar mis pies sin siquiera advertirme acerca de las consecuencias (que probablemente, ellos ni siquiera sabían prever).
Así como he descubierto, hace algunos años, que siempre había sentido una angustia en el pecho, una dificultad para respirar, porque simplemente permanecía reteniendo la respiración ante el menor problema, y fue un enorme alivio permitirme respirar más hondamente, igualmente ahora descubro que necesito echar fuera toda esa rabia reprimida, ese rencor contra quien no consigue adivinar mis dificultades.

Son esas las marcas que más me asustan en mi rostro, que me hacen desconocida para mí misma. Son las mismas marcas que veo en el rostro de ciertas personas ancianas, en las bocas cerradas y en las miradas duras. Yo, que he vivido prematuramente mi vejez, sé lo que significa cada una de aquellas señales.
Pero ¿qué importancia tiene todo esto ante la lección que esta frágil mariposa me está dando? La vida es corta, no hay tiempo para tantos melindres, vanidades, orgullos estériles. No hay tiempo que perder. Es preciso transmitir a otros la lección de la mariposa, es ese el mensaje que esta nueva experiencia me está aportando.
Me siento al fin apaciguada, justificada, en todos los sentidos de la palabra. Miro para mis compañeros y siento una ternura nueva, una necesidad enorme de compartir.

Pasamos al salón. Esa es precisamente la hora en que somos invitados a compartir, de manera espontánea, las experiencias que estamos vivenciando con nuestros compañeros de aventura. Los más habladores son siempre los primeros en colocarse, y es necesario recordarles que el tiempo es limitado. Los más tímidos tienen que ser aguijoneados, para que aprendan qué bueno es soltarse. Yo tengo un avisador sólo mío, que permanece haciendo guiños todo el tiempo, hasta tanto me decida a hablar. Es una taquicardia que sólo se calma cuando finalmente me decido a abrir la boca.
Esta vez se trata de exponer un último pedazo de la propia intimidad. La tarea era: “Diga en una única frase qué te gustaría que fuese grabado en tu lápida, a guisa de epitafio”. El mío es el siguiente: “Aquí yace una mariposa azul estropeada”. Nunca pensé que esto fuese a causar tamaña hilaridad. Nuestra querida coordinadora pone cara de espanto, y me pide que lo explique. Aprovecho el clima de relajación para contar, a borbotones, todo cuanto acabo de descubrir sobre mí misma, a partir de la historia de la mariposa.

Cuando termino de hablar, ocurre una cosa inédita. El muchacho que ayuda a la coordinadora a montar las instalaciones, y que nunca participa de las discusiones porque no forma propiamente parte de nuestro grupo, me agradece por lo que acabo de decir, porque manifiesta haber sido tocado muy profundamente en un problema personal. Dice que él también se ha hecho experto en disimular un problema físico hasta el punto de que casi nadie lo perciba, pero que ahora, escuchando mi relato, se da cuenta de cuánto esa actitud desgasta sus energías.
Esto para mí es doblemente sorprendente porque, además de admirar mucho su habilidad, siempre había representado ante mis ojos el prototipo del muchacho físicamente perfecto.
En uno de los momentos en que se nos deja solos, deambulando por los alrededores, voy hasta la vecina cascada para meditar cerca del agua. De repente, veo una mariposa pequeña, lindísima, parada sobre una piedra. Me aproximo y permanezco mirándola largamente. Ella, como si me comprendiese, se deja mirar, inmóvil. Hago un gesto brusco y ella alza el vuelo, para posarse nuevamente un poco más lejos. Nuestro diálogo recomienza, hasta que de nuevo yo provoque su marcha. Ese ballet dura un cierto tiempo, y es como si una especie de pacto hubiese quedado sellado entre las dos.


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