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Ahora que he vuelto a casa – Capítulo 34


Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

La impresión que tengo es que, para llegar a ‘re-conocerme’, necesito desmontar todo un armazón que he tardado toda la vida en levantar, con la finalidad inconsciente de esconderme de mí misma y de los demás. ¿No parece esto absurdo?
Más absurdo todavía es haberme pasado toda la vida buscando respuestas que no sólo estaban reflejadas en todas las teorías que ávidamente he perseguido, sino que realmente no hacían sino resonar el eco de las respuestas que desde siempre he transportado dentro de mí misma.

Toda la diferencia entre lo que he escuchado hasta ahora y había entendido solamente con la cabeza, admirando la originalidad de las ideas, y el trabajo en los grupos de S., es que en estos grupos el brillo intelectual, las palabras bonitas, tienen una cotización muy baja. Lo que se valora, lo que se estimula todo el tiempo es la capacidad de sentir y de expresar lo que sentimos.
Lo que he venido descubriendo parece un huevo de Colón, pero es un giro de 180 grados sobre las antiguas creencias cartesianas: sólo podemos decir que “somos” cuando sentimos. El trabajo, en último análisis, se resume en esto: ejercer el ser.
Ahora se trata de remangarse y empeñarnos en poner en práctica el efecto de cada descubrimiento acerca de nosotros mismos. En el trabajo con los grupos, somos constantemente incitados a practicar los “ejercicios”, que nada más son que pasar de la teoría a la práctica del auto-reconocimiento.

Hay una pregunta que siempre me he hecho cuya respuesta me ha intrigado siempre. La pregunta es: “¿Por qué sólo puedo ser feliz si los demás me aprueban?”
Sólo recientemente, a mi provecta edad, he llegado a la brillante conclusión de que siempre he confundido “amar” con “admirar”. Siempre he considerado que era imposible amar a alguien sin admirarlo(a).
Esto me ha valido una primera, preocupante indagación acerca de a quién he realmente amado o a quién he admirado en toda mi vida, indagación esta que todavía no ha sido totalmente resuelta.
Esta confusión arroja una nueva luz sobre mi relación conmigo misma. Si sólo puedo amarme si me admiro, esto explica la constante exigencia y búsqueda de la perfección, obviamente nunca satisfechas.
Pero, volviendo a mi pregunta, sólo ahora he llegado a comprender que encierra un error de base. Nunca voy a ser feliz si dependo de la aprobación de los demás. Sólo podré ser feliz si me apruebo en primer lugar, pero esto sólo tampoco será suficiente, será preciso aprender a amarme, y esto implica en primer lugar aprender a perdonarme y a aceptarme tal como soy.
Cuántas veces he oído decir a S., tanto a mí como a otros: “Si no te gustas a ti misma ¿cómo puedes esperar que alguien extraño, que no te conoce, se enamore de ti? Trata antes de demostrar tu amor por ti misma, haciendo lo posible para tornar feliz tu vida”.

Otras frases que he oído repetir innumerables veces solamente ahora comienzan a tener sentido: “Sé tu primer oyente”; “Sé tu mejor amigo”; “La persona más difícil que la vida ha colocado en tu camino eres tú mismo”.
¿Por qué sólo ahora esas frases que me he cansado de escuchar, de leer, de ver repetidas en las enseñanzas de tantos maestros que he conocido, forman sentido y me parecen maravillosamente nuevas? Porque solamente ahora estoy experimentando la deliciosa sensación de libertad que me da creer en ellas, pero no con la mente, sino procurando vivenciarlas de verdad.
Sé que es muy fácil hablar, pero de ahí a obtener resultados concretos va una gran diferencia. El trabajo es arduo, saber que yo soy la única responsable por mi propio bien o mal, me produce una especie de vértigo. Al mismo tiempo, me parece una conquista incalculable tener la certidumbre de que, así como he conseguido aprisionarme, también me puedo libertar.
Desde este nuevo ángulo de visión, recordando todos los grupos en que he participado, me llaman la atención algunas constantes que se repiten, y están en la base de la infelicidad general.
La primera, la más fuerte, es la dificultad que casi todos tenemos para lidiar con los afectos familiares. Por una u otra razón, casi todos tenemos cuestiones no resueltas con, por lo menos, un miembro de la familia. ¿No será este un excelente laboratorio que la vida nos ha ofrecido para ayudarnos a localizar la tal cuestión individual que hemos venido a trabajar en esta vida?

Sé por experiencia que lo que hace más estragos en la auto-realización de todos nosotros es la distorsión con que observamos nuestro propio valor. En general, cuanto más exigentes y autocríticos somos, más tendencia mostramos a desvalorizarnos y a exagerar las deficiencias, invalidando cualidades a veces notables.
La supuesta timidez nada más es que una forma de orgullo, que nos impide colocarnos, temerosos de un eventual fracaso, la mayoría de las veces injustificado.
Así he venido asistiendo a la caída sucesiva de mis antiguas creencias.
De todas, la verdad más dura de aceptar ha sido la constatación de mi arrogancia en no perdonarme por haberme equivocado en las opciones más importantes de mi vida, que no por casualidad eran aquellas que envolvían mis sentimientos más básicos.
Es como si yo me considerase tan infalible que el hecho de haberme equivocado mereciese una punición ejemplar.
No voy a desgranar aquí todo el rosario de mis “mea culpa”.
Si comparto todos estos descubrimientos, que a muchos ciertamente parecerán pueriles, no es por creer que estoy haciendo alguna revelación extraordinaria.
Tampoco me gustaría transmitir, sin querer, la imagen de alguien que ha encontrado ya la solución de todos sus problemas.

Continúo considerándome una eterna aprendiz de mí misma. Lo que marca toda la diferencia es que ahora siento la suficiente confianza para entregarme al placer del descubrimiento, sin falsas expectativas y sin inútiles exigencias.
Por encima de todo, quiero declarar cuánto estoy agradecida a todas las situaciones y a todas las personas que me han permitido acercarme un poco más a mi verdadera esencia.

Una de las pocas certezas que tengo es la de que sólo me he desviado de mí misma cuando no he confiado suficientemente en la vida. Esa ‘des-confianza’, que ha arrojado muchas veces su sombra sobre mis decisiones, ha sido mi verdadero “pecado”. Todas las veces que he traicionado la voz de mi corazón, y me he adelantado a tomar providencias comandadas por la razón, he provocado un desequilibrio que la vida en su amorosidad, ciertamente me habría ahorrado.


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