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Angustia y Afecto


Autor Wiliam Wagner Silva Sarandy
wsarandy@yahoo.com.br

Traducción de Teresa
teresa_0001@hotmail.com

Innumerables veces decimos o escuchamos decir a otras personas que están muy angustiadas por alguien o algo específico. Cuánto están afectadas por esto o por lo otro. Cuán apegadas están a determinadas situaciones o rechazan a determinada persona o experiencia, propia o de terceros… pero, ¿qué vienen a ser esos sentimientos?
¿Qué viene a ser la angustia? Y ¿cuál su relación con aquello o aquellos que nos afectan?
Pese a ser confundida en algunas ocasiones con el miedo o con la ansiedad, por la cercanía con dichos sentimientos, la angustia se caracteriza como un sufrimiento. Este sufrimiento puede estar relacionado con causas reales, cuando resulta de acontecimientos de la vida material, como la expectativa de un peligro inminente, que se puede reconocer. Con todo, puede también relacionarse con causas interiores del individuo, la denominada angustia de causa neurótica. Esta última es la que nos interesa en este estudio.
Como afecto podemos comprender todo aquello hacia lo cual mostramos disposición, como la inclinación hacia alguien o algo en particular, positiva o negativamente. El afecto, así, es un agente del psiquismo humano, que influye sobre el pensamiento, los sentimientos y la forma en cómo interaccionamos con las personas, seres, objetos y situaciones de la vida.
Veamos sus correspondencias.

La angustia neurótica es desencadenada a partir de represiones inconscientes. Tiene su origen en impulsos considerados peligrosos. Impulsos interiores que son temidos por el sujeto, si bien el verdadero peligro no sea conocido conscientemente, por ello reprimido.
Visto lo expuesto, verificamos que la angustia neurótica sólo puede existir con relación a un afecto hacia alguien o algo. Y puede resultar de los siguientes sentimientos:
1. un profundo desamparo, a menudo relacionado con sentimientos de abandono o de culpa de uno o de más agentes;
2. un pesar por la pérdida o sufrimiento por no tener mejores medios de control, en razón de la imposición de una fuerza vista como superior y amenazadora, para mantener el objeto de deseo (que puede ser una persona, una situación o cualquier cosa por la que se sienta afecto); y
3. un sentimiento de castración, en el caso de la mujer, resultante de la desilusión con la figura materna, añadida de una sobrecarga psíquica de temor por la pérdida de la admiración paterna o por no corresponder a lo que ambos (madre y padre), esperan de uno.

NOTA: Cabe observar que los términos mujer, figura materna, hombre y figura paterna, son representaciones simbólicas del psiquismo humano, o sea, de aquellos que les correspondan, pudiendo estar relacionados con personas de todos los géneros.
En verdad, solamente nos angustiamos por aquello hacia lo que sentimos afecto, o sea, tiene que haber alguna forma de afección, de deseo, a través de relaciones de amor y odio, de acogimiento y desamparo, de realizaciones y frustraciones, que burbujean desde el inconsciente, para que nos deparemos con personas o situaciones que identifiquemos como peligrosas, de las cuales tememos no ser capaces de dar cuenta o de lidiar con ellas, o que no podemos aceptar.
Siendo la angustia, así, resultante del afecto, sea éste positivo o negativo, por apego o rechazo, lo que más interesa al individuo, por tanto, es cuestionarse sobre sus formas de afección: ¿cómo actúa y reacciona ante sus experiencias y se relaciona e interacciona con el otro a partir de sí mismo?

Oigo a menudo a personas diciendo que han logrado sus objetivos o se han curado de sus dolores, pero no veo a nadie decir quién las ayudó, en esa ardua búsqueda y travesía. No veo a nadie decir que está satisfecho con la forma en que fue atendido por aquella o aquel terapeuta. Ya vi a personalidades artísticas agradecer, en la TV, por el servicio que le ha prestado la psiquiatra A o B, como si llenar de medicamentos banda negra fuese lo máximo. O incluso de la exitosa plástica u operación. ¡Citan a sus médicos como dioses en la Tierra y alardean de lo muy competentes que son!

Ya he atendido a mucha gente famosa o no, importante o no, pero siempre percibo lo mismo. Parece que hay un temor a que si alguien se entera de que la vida les ha mejorado por manos de un terapeuta holístico, caerá por tierra el mérito de su conquista. De hecho, ya lo oí de una chica que me pidió que jamás revelase que había pasado por mí ni que su vida había despegado de manera singular después.

Pero eso no es siquiera lo que más me incomoda. Lo que más me causa extrañeza es que muchos de nosotros, buscadores de la verdad, nos enfrentamos a una avalancha de obstrucciones, sabotajes, provocaciones, tan sólo por ayudar. Yo, particularmente, nunca he visto a nadie, en todos estos años, registrar públicamente la osadía, el valor, la petulancia de aquellos que tienen como misión revelar la verdad sobre lo que sucede en el mundo. Yo veo discursos públicos de agradecimiento para todo, menos para los que tienen esa responsabilidad de ayudar a los que desean parecerse, lo más aproximadamente posible, a su mejor versión.

No hablo de gratitud, hablo de reconocimiento y valoración. Hace algunos años, obtuve una respuesta un tanto interesante cuando pregunté a una psicóloga que había sido entrevistada en una TV cerrada, si ella abriría esa puerta para que yo divulgase mi trabajo. Pese a ser yo la terapeuta a quien ella acudía con regularidad, me contestó que mi trabajo no sería comprendido por el público corriente.

Ha llegado la hora de acabar con eso. Ha de hacerse justicia sobre el esfuerzo constante de los desafíos porque somos profesionales que nos enfrentamos a todo para preservar la verdad, aun pagando tan alto precio. Precio de estar fuera de la “cajita” y de no acobardarnos ante esas verdades fabricadas sobre quiénes somos y cómo tenemos que comportarnos. Precio de mostrar que somos libres y que no tenemos que someternos a ningún patrón, quienquiera que sea. Precio de abrir mano del sosiego y de la vida personal para atender un caso difícil. Sí, es un precio muy alto y sin casi ninguna recompensa.

Muchos profesionales, posiblemente, se identificarán con este texto, pero todavía es posible un cambio en esa mentalidad.
Bueno, en cuanto a mí, a estas alturas del campeonato, ¡ya no tengo el menor interés en ello!


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