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ARMAS DEL PACIFICADOR


por Oliveira Fidelis Filho - [email protected]

Traducción de Teresa - [email protected]

"Bienaventurados los pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios." Jesús

Hay pocas cosas más importantes que la Paz, si es que hay alguna. El mismo placer, la satisfacción y la felicidad solo se expresan en plenitud y perduran cuando están respaldados y se experimentan bajo las alas de la Paz. Incluso la aclamada libertad o la salud pierden mucho de su brillo cuando no van acompañadas por la paz, y en falta de la paz, ninguna de ellas sobrevive.

Por más que nos estresemos con roces, estallidos de ira, agresiones verbales y físicas o con interminables riñas escenificadas mentalmente, lo que en última instancia anhelamos es Paz. ¡Quién me diera tener Paz! Es el suspiro doliente que brota de las entrañas de incontables corazones. Por estas y por otras muchas razones, hacen falta pacificadores que actúen en todas las áreas de las relaciones humanas. El salario es la propia paz y ésta no tiene precio.

Para Jesús, los pacificadores forman parte de una "tropa de elite" en cuyo regimiento se encuentran el "humilde de espíritu", "los que lloran", "los mansos", los que tienen hambre y sed de justicia", "los misericordiosos" y "los limpios de corazón". Tal corporación se somete a ejercicios y técnicas de vaciamiento, de individuación; se ejercitan en reconocer la voz divina en sus propios corazones, desarrollando así la irresistible fuerza de la humildad. Están siempre en alerta en relación a las pérdidas que pueden sobrevenirles por el orgullo, la arrogancia y la soberbia. Para ello monitorean las posibles rebeliones del ego, cuidando de mantenerlo en armonía con el Self, sumisos a la dominación del Alma.

Aparte del coraje y de la fuerza, poseen una seguridad interna que les permite dejar correr libres las lágrimas, al percibir que sus mayores enemigos son sus propias sombras y que sus mayores batallas han de trabarse contra ellas. Estas mismas lágrimas, sin embargo, les sirven como fuente de consuelo, como bálsamo con que amorosamente lavan y tratan las heridas causadas por estas angustiosas luchas interiores.

Perseveran animosamente en la trinchera de la mansedumbre, resistiendo con noble bravura a los más variados ataques. Así conquistan admiración, respeto y amor, que los llevan a ocupar cada vez mayor espacio en el corazón de las personas con quienes conviven. Perciben que la truculencia es el arma del débil, con la cual intenta camuflar el sentimiento de inferioridad y la propia inseguridad.

Desarrollan un paladar exquisito, un olfato afinado que, como una brújula los mantiene en la dirección de todo lo que huele a justicia, tiene el sabor de la Verdad y está sazonado con la universal y divina Ley del Amor.

Se mueven con el cauteloso cuidado de la misericordia por saber que en el terreno minado de la existencia humana hay muchos baches causados por la ignorancia, por la maldad, por las múltiples expresiones de la miseria, que deben rellenar los corazones repletos de compasión.

Y por saber que necesitan servirse sobre todo del corazón, procuran cuidar bien de él, manteniéndolo limpio, en paz, iluminado con la Luz de Cristo. Así son capaces de vislumbrar las manifestaciones divinas, incluso en la noche más densa.

Estos soldados del Reino desarrollan y ponen en práctica tácticas ingeniadas con los recursos de la inteligencia emocional y espiritual. Con ellas diluyen en la solución de la comprensión amorosa, injurias y difamaciones y, como recompensa, no les faltan motivos de celebración, de regocijo, de exultante alegría. A los integrantes de esa tropa de elite se refiere el Maestro Jesús llamándoles bienaventurados. De este grupo de operaciones especiales forma parte el pacificador.

Como los demás, el pacificador desarrolla prácticas de no enfrentamiento, proactividad, resistencia pacífica, del arte de la paz, que le permiten resistir bondadosamente y salir triunfante en sus incursiones por los traicioneros dominios de los enemigos del alma. Para ello hace uso de tres poderosas armas de combate. Son: Disposición para oír, falta de prisa para hablar, ninguna prisa para enfadarse. Diligentemente se someten a la orden Superior que así determina: "Todo hombre sea dispuesto para oír, tardo en hablar, tardo en enojarse".

Un pacificador es un constructor de puentes, reparador de brechas, apagador de incendios, acortador de distancias, restaurador de relaciones. Se le reconoce fácilmente como Hijo de la Luz. No es, en cambio, partidario de la paz a cualquier precio, aunque sea capaz de pagar un precio alto para que haya paz. La paz que busca no es la paz del cementerio, donde la muerte impera bajo la superficie, sino la paz en cuyo suelo la vida florece.

¡No se nos ha enseñado a oír! Nacemos con dos desafíos básicos y urgentes: aprender a andar y aprender a hablar. Quizá sea por eso la dificultad de pararnos a escuchar. Raramente los adultos escuchan a los niños. Basta ver el empeño con que buscan atención pese a que por lo regular acaben sometidos a los gritos de los adultos. ¡Y ahí quien grita por último grita peor!
Cuando alguien es perito en el arte de oír se libera de la compulsión por hablar y deja de mirar el oído ajeno como territorio a conquistar. Un pacificador posee en el arte de oír su más eficiente y fiel escudero. Con tal respaldo, queda libre para dar atención, valorar, comprender, reconocer, entender y respetar a los que necesitan ser oídos. Recordando a Rubén Alves, "De todos los sentidos, el más importante para el aprendizaje del amor, del vivir juntos y de la ciudadanía, es el oído. Al principio era el Verbo; antes del Verbo era el silencio. Del silencio nace el oír. Solo puedo oír la palabra si mis oídos interiores guardan silencio. Solo puedo oír la verdad del otro si yo dejo de parlotear."

El pacificador, por ser un buen oyente, habla empleando menos palabras y más sabiduría. Sus palabras, según entendía el sabio rey Salomón, son "como manzanas de oro en bandejas de plata, así es la palabra dicha a su tiempo"; es decir, posee arte, belleza, valor y momento oportuno. "Son agradables como panal de miel: dulces para el alma y medicina para el cuerpo".

Escuchando y hablando con amor y sabiduría, el pacificador, este reconocido hijo de Dios, difícilmente alimentará la ira, ya sea en un semejante o en sí mismo. Él integra la "tropa de elite" empeñada en ensanchar las fronteras de la Paz.


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