auravide auravide

Bhava - El Divino estado de Amor Universal - Cap. 17


por Satyananda - [email protected]

Traducción de Teresa - [email protected]

En nuestro período de sadana se nos estimulaba a obedecer y esa obediencia debía nacer de experiencia espiritual y no de la mente. No porque lo hubiésemos leído en un libro, no porque hubiésemos tomado prestada esa experiencia de otra persona, sino que ese estado de servidumbre debía ser natural. Para que pudiésemos fijar esa sensación permanecíamos mucho tiempo meditando. La meditación aquieta la mente, vacía nuestra relación con el mundo externo y desocupa el mundo interno.

Pasábamos de meses a años con esas prácticas. Son dos alas en este proceso, como solía decir nuestro maestro. Para alzar el vuelo de la iluminación se necesitaba meditación y bhakti (ejercicio devocional). Ese ejercicio devocional nos llevaba a que cada acción fuese un acto de servicio. Contemplas a todos los seres como si cada uno de ellos fuese Dios en forma humana. Uno se entrega a ese estado de servidumbre.

Servir al otro era una experiencia de prestar atención a cada palabra, a cada gesto, ponerse en el lugar del prójimo, comprenderlo de verdad, desde dentro. Cada acto se justifica como una forma natural. En ese estado, un acto negativo del otro ya no se tiene como negativo, y un acto positivo ya no es importante.

Cierta vez, en medio de todos esos ejercicios, yo estaba sentado bajo un árbol en un parque cercano al Ashram alimentando a las palomas. Recogí las migas de lo que me había sobrado de la merienda y se las arrojaba absolutamente absorto en sus movimientos, posándose y compartiendo el alimento entre ellas. Sin mirar al lado, percibí la presencia de un hombre sentado a mi derecha, bajo otro de los árboles. Era un día muy caluroso y la sombra era la única solución para mantenerse sentado allí de alguna forma.

Miré instintivamente hacia aquel lado. Percibí que era un mendigo de aquellos que llevan un saco y probablemente no se había bañado en mucho tiempo. Estaba allí, observando aquella situación y los pájaros. Nos miramos brevemente. Hubo un bienestar de aceptación del uno para con la presencia del otro. En aquella época de mi vida no había ninguna discriminación entre aquellas palomas, aquel hombre o cualquier condición social.
Simplemente miraba a aquella persona. Todo era un momento único, intransferible, sucediendo bajo mi atención plena.

De pronto ocurrió algo insólito. Varias palomas se dirigieron hacia el mismo trozo de pan y cuando una lo tocó y otras dos más lo tocaron, antes de disputar el pan, al mismo tiempo lo soltaron. Lo soltaron con tanta intensidad - creyendo unas que lo iban a tomar las otras, supongo - que se volvieron de espaldas y dejaron aquel enorme trozo de pan.

Me volví hacia el lado y nuestro amigo mendigo abrió una sonrisa que después se convirtió en una carcajada. Aquel pedazo de pan estaba allí tirado. Ninguna de las palomas se volvió a acercar a él. Con gran sorpresa por mi parte, el mendigo se levantó, tomó aquel trozo de pan - el más grande - sonrió, me miró y dijo:

- Creo que ellas me lo han dejado para mí. ¿Gustas?
- No, muchas gracias - respondí.

Me quedé mirando la escena, la inmensa felicidad de aquel hombre comiendo aquel pan seco del suelo que era, en verdad, las sobras de las palomas. Él era muy feliz, con la mano sucia, mugrienta, los dientes estropeados que se podían ver desde lejos, y un fuerte olor a falta de limpieza. Se sentó con la satisfacción de una persona que se sienta en un restaurante para comer su plato predilecto. Me miraba, sonreía y decía:

- ¡Gracias! ¡Gracias! Gracias.

Considero que aquel agradecimiento iba dirigido a Dios. Era tanta la alegría que aquel hombre me proporcionó una de las más grandes enseñanzas de mi vida. Aquel hombre se sentó a la sombra, como se sentó el monje. Contemplaba el mundo allá fuera, como lo estaba contemplando el monje. Sonrió con una compasión y un cariño enorme por aquellos pajarillos, pero él tenía una cualidad más. Él tenía realmente en su vida la Voluntad de Dios. Él vivía realmente al sabor del acaso.

Quizá no había comido aquel día, pero su humildad era tan grande - porque si obrase movido por el hambre simplemente hubiese espantado a las palomas y recogido los panes - que esperó a ver si les iba a sobrar. Él fue a alimentarse de las sobras de aquellas aves. Su gratitud era inmensa, como si le hubiese tocado la lotería o cerrado el negocio de su vida. Y solo era un trozo de pan viejo, olvidado. Olvidado incluso por los animales.

Recuerdo haber salido con lágrimas en los ojos y haberle sonreído con un amor inmenso. Contemplé su ropa y sus pies sucios; iba descalzo. Abrí mi mochila y vi que tenía un chaquetón de sobra, unas sandalias que me ponía en el ashram y unos calcetines limpios.
- Te doy esto.
- Pero no tengo como llevarlo. Solo tengo este saco.
- Las chinelas las llevas en tus pies, los calcetines los llevas en el saco para cuando tengas frío. Y el chaquetón te lo doy porque estoy seguro de que duermes a la intemperie.
- ¡No, yo duermo bajo el cielo! O debajo de una sombra, o debajo de una cubierta. Yo duermo en todo lugar, hijo mío.

Sentí un nudo en la garganta muy profundo. Aquel hombre sintetizaba todo cuanto yo leía sobre los sadhus, sobre los renunciantes de la verdad, los tota-puris que andaban por la India. Y él era un simple mendigo en una ciudad gigante, en la cual tenemos 13 mil sin techo hoy, por aquel entonces había muchos menos. Y esos seres son prácticamente invisibles, son nuestros intocables.

Aquel día recuerdo haber caminado hasta el ashram, haberme sentado para practicar mis devociones y cantar con una gratitud enorme por el simple hecho de respirar. Empecé a comprender que bhava, o la dicha divina, es una inmensa gratitud por percibir que todo a nuestro alrededor es Dios, que estamos inmersos en esa amorosa compañía, en esa cálida condición de amor incondicional. Y aquel mendigo, durante muchos años y aún hoy, lo he considerado un gran maestro. Por haber aprendido con él el simple sentimiento de contemplar y amar.


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