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Cómo tener compasión de aquellos que nos hacen sufrir


Traducción de Teresa - [email protected]

Tal como hemos visto la semana pasada, no es tan difícil reconocer a un psicópata: son narcisistas, piensan mucho y sienten poco. Toman decisiones basándose en cómo pueden salir beneficiados en placer, autosatisfacción, poder, status y diversión. El libro Mentes Peligrosas, de la Psiquiatra Ana Beatriz Barbosa Silva, nos revela una realidad difícil de asimilar: una persona puede tener una limitación biológica que la hace seductora, inteligente y nada empática.

En general, el término psicopatía nos lleva a pensar en una persona de mal carácter, como los criminales, estupradores y golpistas. Por eso tenemos que ser cuidadosos al reconocer las características de una persona que sufre psicopatía leve: puede no ser una persona con intenciones negativas, pero sí será un narcisista en busca de satisfacer tan solo sus placeres inmediatos. Va a mentir y a manipular. Con las disculpas más nobles, justificará sus actos, poniéndose como víctima declarada ante cualquier circunstancia.

Es muy duro convivir con personas que no son capaces de responsabilizarse por sus actos, conscientes pero inconsecuentes. Al fin y al cabo ellos saben lo que hacen, pero como no sienten culpa, remordimiento, ni temen punición, siguen adelante actuando por interés propio, justificando sus actos, racionalmente. Por cierto, algunos suelen pedir disculpas cuando se ven sorprendidos en flagrante. Gentilmente dicen: Tienes razón, disculpa. ¡Pero no cambian! Continúan descaradamente siendo como son: abusivos.

Si admitimos que ciertas personas son así y no van a cambiar, a nosotros mismos cabe reconocer los límites de una relación basada en la falta de intercambios afectivos, y tener actitudes coherentes con esas constataciones. Por ejemplo, una vez que ya sabemos que ellas no van a cumplir sus repetidas promesas, tenemos que dejar de proporcionarles nuevas ocasiones.

En otras palabras, tenemos que proceder según se muestre posible la realidad. Por tanto, sé realista en cuanto a qué esperar de una persona que no sabe ponerse en su lugar y pide constante atención.

La vida no es un mercado libre. Es preciso tener claro cuánto somos capaces de ofrecer sin intercambiar. De hecho, muchas veces damos sin pensar en recibir algo a cambio. Es natural ser generoso y compartir lo que tenemos para ofrecer. Pero esto solo es posible y saludable mientras no estemos siendo perjudicados, ni perjudicando a otras personas de nuestro entorno en favor de una persona que no mide sus actos inconsecuentes.

El hecho es que tenemos que lidiar con la frustración de que esta no es, ni lo será, una relación equilibrada. Según el grado de implicación y proximidad, muchas veces tenemos que aceptar esta limitación, pues no hay modo de alejarnos totalmente de las situaciones generadoras de frustración.

La frustración es un sentimiento resultante de no recibir una gratificación esperada.
Ella apaga nuestro impulso de vida, toda vez que genera sentimientos de incompetencia, desvalorización, vulnerabilidad y una percepción de fracaso inminente.

Por eso tenemos que conocer muy bien la naturaleza de la situación en que nos encontramos, para no identificar sus limitaciones como siendo de nuestra propia persona.

¡No podemos resolver todo! No podemos ser aquel que siempre cede y niega sus necesidades porque piensa que haciendo así todo estará resuelto.

Si queremos continuar evolucionando internamente, no podemos permanecer paralizados por el dolor de la frustración. Entonces ¿qué hacer?
El budismo nos inspira a guiarnos por la sabiduría de la compasión. Yongey Rinpoche, en su libro Alegría de Vivir (Ed. Campus), escribe: Cuánto más claramente vemos las cosas tal como son, más dispuestos y capaces nos volvemos para abrir nuestros corazones a otros seres. Al aprender a ver de dónde viene la otra persona, cuál es su real condición, tendremos menos posibilidades de envolvernos en un conflicto, pues la clareza de saber distinguir nuestras limitaciones de las limitaciones creadas por la otra persona va a protegernos de no continuar actuando unilateralmente.

El budismo nos enseña que, para cultivar la compasión tenemos que seguir un camino gradual. Ir recorriendo gradualmente tres niveles de evolución. El nivel Uno implica aprender a desarrollar un tipo de actitud compasiva en relación con uno mismo y con los demás a nuestro alrededor. El nivel Dos significa desarrollar una bondad amorosa basada en el altruismo. El nivel Tres trata de cultivar una compasión suprema, basada en el reconocimiento de que este es el potencial más puro de un ser humano.

Por el momento vamos a practicar el nivel Uno. Para tener compasión es preciso sentir algo de positivo que desees compartir. O sea, solo podemos dar felicidad con felicidad. Por eso el primer paso es reconocer nuestra propia fuerza.

Yongey Rinpoche explica que la palabra sánscrita para ser humano es purusha, que básicamente significa algo que tiene fuerza. Esta es la base del nivel Uno: despertar nuestra fuerza para realizar algo que deseamos mucho: continuar evolucionando interiormente. Para tanto, Rinpoche sugiere una meditación:

Después de reposar tu mente durante unos momentos en la meditación sin objeto, haz un rápido ‘ejercicio de escaneo’, observando gradualmente tu cuerpo físico. A medida que escaneas tu cuerpo, permítete reconocer qué maravilloso es tener un cuerpo, así como una mente capaz de escanearlo. Permítete reconocer que esas cosas son básicas para tu existencia, son magníficas, ¡qué suerte has tenido de poseer los dones deslumbrantes de un cuerpo y de una mente! Reposa en ese conocimiento durante un momento y entonces, gentilmente, incluye el siguiente pensamiento: ‘Qué bueno sería si yo pudiese siempre disfrutar este sentido de bienestar. Qué bueno sería si yo pudiese siempre disfrutar este sentido de bienestar y todas las causas que me llevan a sentirme feliz, tranquilo y bien’. Entonces, solo permite que tu mente repose, abierta y relajada. No intentes mantener esa práctica durante más de tres minutos, si estás practicando formalmente, o más de algunos segundos durante sesiones de meditación informal.

Parece obvio, pero no lo es: la base de la compasión está en nuestra capacidad de reconocer nuestro bienestar. En general, enfocamos nuestra mente en los problemas. Pero al entrenar la compasión, ¡aprenderemos a enfocarla en las soluciones!

Después de haber desarrollado la compasión por nosotros mismos, somos capaces de sentir lo que sienten los demás, al mismo tiempo que nos mantenemos fieles a nuestra base de equilibrio. Así, podemos acoger al otro sin desconectarnos de la sensación básica de bienestar. Ayudar sin auto-anularnos es bueno para ambas partes.


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Bel Cesar é psicóloga, pratica a psicoterapia sob a perspectiva do Budismo Tibetano desde 1990. Dedica-se ao tratamento do estresse traumático com os métodos de S.E.® - Somatic Experiencing (Experiência Somática) e de EMDR (Dessensibilização e Reprocessamento através de Movimentos Oculares). Desde 1991, dedica-se ao acompanhamento daqueles que enfrentam a morte. É também autora dos livros `Viagem Interior ao Tibete´ e `Morrer não se improvisa´, `O livro das Emoções´, `Mania de Sofrer´, `O sutil desequilíbrio do estresse´ em parceria com o psiquiatra Dr. Sergio Klepacz e `O Grande Amor - um objetivo de vida´ em parceria com Lama Michel Rinpoche. Todos editados pela Editora Gaia.
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