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Conversaciones nocivas: ¡evítalas!


por Bruno J. Gimenes - [email protected]

Traducción de Teresa - [email protected]

Observando más sobre la vida, percibimos que a la gente le encanta charlar sobre desgracias, enfermedades, dolores, medicamentos, etc. Impresiona advertir que esos temas están muy presentes en su vocabulario , y salen a relucir con facilidad. Pero ¿cuál será el motivo de esa cultura?

Entiendo que incluso inconscientemente las personas se sienten muy carentes y son egocéntricas. También, que adquirimos malas costumbres y no nos darnos cuenta. Los que acostumbran a charlar sobre esos temas no advierten siquiera cuán negativa es la influencia que éstos ejercen sobre todos, tanto sobre los que hablan como sobre los que escuchan. Otra cosa que asombra es el hecho de que, al leer este texto, muchos estarán de acuerdo con lo expuesto, en cambio no se darán cuenta de que también forman parte de ese grupo que en su rutina incluye largas discusiones sobre enfermedades, dolores, desgracias, y otras nocividades.

Definitivamente hago una advertencia sobre la necesidad de que empecemos a vigilar cada tema que tocamos en nuestras conversaciones, (“orad y vigilad”), porque probablemente estarás de acuerdo con lo que estás leyendo, pero eso de nada servirá si no cuidas atentamente de no desarrollar ni mantener esa costumbre negativa.

Yo, personalmente, ya había leído mucho sobre eso, había estudiado bastante e incluso participado en algunos cursos sobre ese tema. Me parecía que realmente controlaba la calidad de todo lo que decía. Consideraba que los temas de mis conversaciones eran siempre positivos, entendiendo que ya había diezmado de mi vida esas conversaciones sobre medicamentos, dolencias, etc. Cuando leía algo sobre el tema, consentía adrede, me parecía hecho consumado. Fue cuando, para estudiarme, decidí grabar todas mis conversaciones con otras personas durante un día entero. Cuál no sería mi sorpresa al darme cuenta de que yo me consideraba el sabelotodo de las palabras positivas, y me decepcioné constatando el contenido de la grabación. ¡Qué jarro de agua fría! Con ello me he dado cuenta de que racionalmente estamos de acuerdo con la teoría de evitar al máximo los temas negativos en las conversaciones, comprendiendo sus perjuicios. Solo que, ponerlo efectivamente en práctica, creando un hábito consistente, ya no es tan fácil.

A las personas les encanta y hasta parecen sentir placer en hablar sobre dolores y enfermedades, se sienten realizadas por conocer nombres y más nombres de medicamentos. Permanecemos horas y horas escuchando historias tristes sobre enfermedades y desgracias, hundiéndonos profundamente, varias y varias veces, en aquella emoción negativa que ya fue vivida, y que ha quedado en el pasado. Quiero que se comprenda que no estoy despreciando los sufrimientos de la vida o ignorando el dolor; solo estoy siendo sensato al decir que permanecer todo el tiempo recordando algo malo que ya ha pasado, reviviéndolo en el pensamiento y en las emociones, eso ya es algo insano.

Una vez fui a una fiesta, el ambiente estaba animado, mucha gente sonriente, alegría en el aire y buena armonía. Me senté con un grupo de cinco amigos y empezamos a charlar sobre temas varios. No tardó nada y uno de ellos dijo: ¡Vaya, habéis visto a Fulano, ha sido operado y está mal! Los componentes del grupo quedaron sorprendidos y fue cuando prontamente otro amigo dijo: Peor le pasó a Mengano, sufrió un accidente y está en coma desde hace diez días. Lo que ocurre la mayoría de las veces es que los otros del grupo, que aún no han dicho nada, acaban por sentirse estimulados y no resisten la “tentación”, también necesitan contar sus historias tristes. En ese momento pensé: ¡Qué conversación tan pesada! ¿Qué estoy haciendo aquí? Disimulé diciendo que iba al servicio, para poder salir de aquella sintonía. Minutos más tarde ya estaba adaptado en otro nuevo círculo de personas, esa vez solo de mujeres, con la esperanza de que allí el tema de conversación fuese más grato.

Para sorpresa mía estaban hablando sobre enfermedades de todo tipo, pero la que estaba en pauta era la Tendinitis. Una de aquellas personas lo sabía todo sobre el tema, los mejores medicamentos, los tratamientos y, principalmente, los mejores médicos. Claro, sin olvidarse de criticar duramente a algunos profesionales, que según ella, no eran buenos. Otro de los asistentes a la fiesta, que no estaba en aquel círculo y pasaba por allí en ese momento, no se contuvo. De manera espontánea, casi entrometida, recomendó un excelente medicamento que estaba tomando y que, según dijo, le estaba resolviendo plenamente el problema.

¡Listo! Era todo cuanto deseaban aquellas personas, un remedio milagroso. Apuntaron el nombre del medicamento, así como el teléfono del médico. Y todo ello dio para otros veinte minutos de conversación sobre la enfermedad.

Me fijé en que había muchas cosas erróneas en las conversaciones y que, a decir verdad, todas aquellas personas sentían mucho dolor porque estaban todo el tiempo en resonancia con ese tema, no solo en lo físico sino en la mente, en las costumbres, que han de ser radicalmente cambiadas si el ser humano desea curarse de verdad.

Las personas no desean sufrir ni ser afligidas, pero les encanta ponerse a contar a los demás sus historias tristes. No quieren sentir dolor ni estar enfermas, pero se rinden a la costumbre de hablar insistentemente sobre ese tema.

En mayo de 2006 sufrí un grave accidente de tráfico, cuando choqué frontalmente con un camión. La gravedad del accidente y que yo hubiese sobrevivido causó asombro a los amigos y familiares, y no era para menos, ya que fue un milagro mi protección. Aun así tuve que pasar por un período de recuperación física. Durante ese tiempo recibía muchas visitas, de personas cariñosas que deseaban darme apoyo. En los primeros días siguientes al accidente, todavía estaba muy debilitado y muy frágil psicológicamente, debido al trauma reciente. Mi sorpresa fue grande, ya que, aun viendo mi fragilidad momentánea, algunas personas al visitarme desarrollaban largas e inconvenientes historias sobre accidentes, muertes en el tráfico, etc. Empezamos a notar que siempre tras sus visitas yo manifestaba una fiebre curiosa, sin causa aparente, y fue cuando establecimos la relación. De ahí, a partir de esa constatación, mis amigos y los familiares que me cuidaban empezaron a solicitar a los visitantes que jamás hablasen sobre accidentes o situaciones parecidas. ¡Para asombro nuestro, al otro día ya no volví a tener fiebre! ¿Coincidencia?Otra constatación es que no raramente quienes van a un velatorio lloran la muerte de alguien, así como la de otras personas que han perdido, porque la escena del féretro, del sepelio, etc., estimula el recuerdo de todas las demás situaciones parecidas que hayan presenciado. Ese recuerdo hace sintonizar con todo lo parecido que se haya vivido.

En un velatorio al que fui, estaba en silencio al lado de amigos respetando aquel momento, cuando uno de ellos empezó a decir en tono bajo: En el entierro de mi tío estaba lloviendo y fue bastante difícil, ¡ojalá que en el momento del sepelio no llueva! El otro amigo ya se disparó: ¡En el entierro de mi vecino hacía un sol de justicia! Y así sucesivamente un tema fue tirando del otro, sin tregua.
Estas historias son reales y forman parte de la vida del 99% de las personas; lo peor es que ni siquiera nos damos cuenta de cómo todo esto puede nutrir sentimientos y emociones negativas que son la causa de la mayor parte de las enfermedades y males que nos afligen diariamente.
Una advertencia sobre el hecho de que al decir esas cosas con tanta naturalidad, simplemente no nos damos cuenta de que a menudo son extremadamente nocivas para el equilibrio y la paz, tanto de la persona como del ambiente. Deseo que pases a vigilar cada vez más todo lo que dices, esto te ayudará a ti y a tu prójimo. ¡Piensa en ello!


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