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Crecimiento, Justicia y Dignidad


por João Carvalho Neto - [email protected]

Traducción de Teresa - [email protected]

Las turbulencias económicas que se están produciendo en los países europeos como continuación a la crisis norteamericana, no deberían constituir sorpresa para quienes acompañan el escenario político internacional. Parece que la situación ya viene siendo advertida desde hace mucho, y aún no ha alcanzado su punto máximo, que podría ser más grave de lo que se suponía, visto que ya se desdobla en graves consecuencias sociales.

Un sistema que prima el lucro en detrimento de la dignidad de la vida humana, controlado por mentes inmaduras y egocéntricas que solo piensan en su provecho personal, no podría dejar de manifestarse en forma de profunda patología psicosocial con síntomas desdichados para todos.

Esa patología se extiende por la humanidad como ideología de placeres inmediatistas, despreocupada de los desdoblamientos a que conduce. No solo se corrompen los gobernantes, sino la propia población menos comprometida que, en las pequeñas situaciones del día a día, hace concesiones en nombre de sus intereses.

Durante mucho tiempo hemos oído decir que la mejora de la calidad de vida de la población depende del sostenimiento del crecimiento económico, sin que – incluso por falta de información – se pusiese en cuestión la verdad de ese concepto. Pero ¿será el crecimiento económico realmente indispensable? Aunque aporte algunas ventajas, ¿compensarían éstas el alto coste que de ellas resulta, como son el mayor desgaste de las riquezas naturales por el aumento de la demanda de energía, y el incremento de los vertidos de residuos de producción al medio ambiente? ¿Cuán conveniente no será ese crecimiento para aquellos que vampirizan los presupuestos públicos en obras sobre-facturadas?

Al lado de esa ideología de crecimiento económico para el desarrollo social se han venido construyendo otras propuestas que pasan desapercibidas, no por falta de intereses escusados.

Hay estudiosos en el área económica que defienden que es posible invertir en la calidad de vida con estabilidad económica, sin crecimiento, y algunos incluso teorizan la viabilidad de incentivar el decrecimiento de la economía, sin perjuicios sino todo lo contrario, con ventajas.

El problema parece no estar en la falta de oportunidades para que las personas se hagan autosuficientes financieramente, sino en la concentración de los recursos financieros en pocas y egoístas manos, que no se inmutan ante las necesidades de sus semejantes, aunque sobrevaloran las propias. Comportamiento típico de mentes infantiles, que aún no han pasado a una condición madura de pensamiento, y que, como niños, no quieren compartir sus juguetitos de lujo.

Toda esa actual política económica mundial está originando una basura imposible de digerir para el planeta; está degradando nuestras más preciosas riquezas naturales, y, como consecuencia inevitable, degradando la calidad de vida del ser humano que se deja hipnotizar ante las pantallas de sus TVs de alta tecnología. Sutil estrategia de dominación de las masas, que haciéndolas enfermar, comprometen sus presupuestos para el enriquecimiento de la industria farmacéutica, que se complace en una humanidad cada vez más enferma.

¡Qué tiempos tan difíciles y aterradores son estos! En especial, en lo que respecta a nuestro Brasil, ¿cómo pensar en profecías maravillosas de un país del futuro, cuando la mayoría de los que llegan al ejercicio del poder, en cualquiera de las instancias en que éste se organiza, pasa a entremezclar los intereses públicos con mezquinos provechos personales?

Pienso que la vana esperanza en perspectivas de mejoras futuras ha de transitar hacia un proceder más responsable por parte de cada uno de nosotros, en lo que respecta a los intereses comunitarios. Criticar aquello que se desvía de la justicia en la macro-estructura, cuando se repiten los mismos errores en lo particular de nuestra vida, es tirar piedras apoyados en tejados de cristal.

Si queremos un mundo mejor para vivir, o incluso quizá, si queremos que nuestro mundo siga existiendo para que podamos vivir en él, es preciso actuar con urgencia en el sentido de una profunda transformación ideológica y vivencial, sin lo cual podríamos estar caminando hacia la autodestrucción.


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