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Día de los muertos sin tristezas


Traducción de Teresa - [email protected]

¿Qué tal celebrar la muerte con flores y mucha fiesta? Si eso nos parece extraño, en México es al revés, nadie se pone triste el Día de Difuntos. Los mejicanos juegan con la muerte y convierten todos los símbolos tradicionalmente asociados a ella en motivo de risa y diversión.

Noticias de una fiesta asombrosa
Y la fiesta empieza, claro está, con la comida. De todas las viandas que se preparan especialmente para la ocasión, la más apreciada son las pequeñas calaveras sonrientes hechas de azúcar o de chocolate, decoradas con lentejuelas y marcadas con el nombre de los parientes fallecidos de cada familia. Por cierto, las calaveras están por todas partes, exhibiendo sus enormes sonrisas y sombreros adornados con flores y plumas.

En las aldeas el pueblo baila y canta por la calle, y en las ciudades la fiesta se desplaza al propio cementerio. Allí es donde se encuentran los amigos, para pasar el día comiendo, bebiendo y bailando en honor a sus muertitos. La alegría y la irreverencia, pese a todo, no quitan el carácter religioso al Día de Muertos.

En pocos lugares del mundo se puede vivir un espectáculo parecido al que tiene lugar durante las grandes fiestas religiosas de México, afirma el escritor Octavio Paz, en su libro Laberinto de la Soledad.

Y el Día de Muertos es, sin duda, la mayor celebración religiosa de ese pueblo festero.

Algún día he de ir allá.
Sí. todos los años me prometo pasar el próximo Día de los Muertos en México, envuelta en la fiesta que imagino multicolor y ruidosa. conocer ese lado posible, el reverso de la muerte, es uno de mis (muchos, ciertamente) sueños.

Mientras no llega ese día, voy construyendo mi viaje y descubriendo nuevas facetas de ese modo abierto y jaranero de lidiar con la más difícil de las realidades humanas: la muerte.

Las manifestaciones populares que se verifican los días 1 y 2 de noviembre son el resultado de una forma de sincretismo que mezcla elementos del catolicismo popular con los ritos antiquísimos típicos de los pueblos que habitaban México milenios antes de la llegada de los españoles: los olmecas, los teotihuacanos, los mayas, los zapotecas, los mixtecos, los toltecas y los mexicas.

Visiones del paraíso
Los mejicanos de la época prehispánica se consideraban inmortales. Para ellos, la muerte solo era un modo diferente de vivir.
Los antiguos decían que los hombres, al morir, no desaparecían, sino que empezaban a vivir de nuevo, como si despertasen de un sueño, transformados en espíritus o dioses, cuenta el historiador Bernardino de Sahagún, en el clásico Historia General de las cosas de la Nueva España.

Esos espíritus inmortales habitaban un mundo paralelo al de los vivos y, en muchos aspectos, semejante a él.

Entrando en el mundo de los muertos
La noción de un mundo al otro lado, reservado para los muertos, es compartida por casi todas las tradiciones religiosas. De modo general, pillar mejor o peor lugar es una cuestión de méritos y de las buenas obras que hayamos practicado en vida.

Lo que hace tan original el pensamiento de los antiguos pueblos mejicanos es que esa elección está relacionada con la causa física de la muerte de cada uno. De ahí la existencia en ese mundo espiritual de varios paraísos. Uno de ellos, por ejemplo, correspondía al dios Tlaloc y se llamaba Tlalocan. Allí eran recibidos los que morían ahogados o por cualquier otra causa que tuviese que ver con el agua. Se contaba que había muchos árboles y alimento abundante para la alegría de sus habitantes.

Claro que siempre están los casos en que la causa de la muerte reflejaba la vida. Los guerreros, por ejemplo, iban a un lugar especial, así como los prisioneros de guerra, que solían ser ofrecidos en sacrificio para alimentar con su sangre al dios-sol Tonatiuh. Esa distinción también estaba reservada a las mujeres que morían de parto, llamadas cihuateteos.

Quienes muriesen por causas naturales tenían lugar reservado en Mictlán, el reino de Mictlanteculi y Mictlancihualt, señor y señora de los muertos. Se contaba que, cuando el sol se ponía en la Tierra, nacía en Mictlán. Aunque estaba lejos de ser un lugar de castigo, el camino hasta allí era lleno de peligros. Ríos profundos, altísimas montañas y animales salvajes aguardaban a los viajeros. Para que pudiesen vencer tantos obstáculos, los muertos eran enterrados con cuchillos de obsidiana, ofrendas y comida y bebida para el viaje.

En la cuidadosa construcción del mundo después de la vida, los antiguos pueblos mejicanos no olvidaron siquiera reservar un sitiecito especial para los críos. Los muertos-niños iban para Chichihualcuahtli, donde la leche para alimentar a los pequeños manaba de los árboles. Ese cuidado típico de una madre parecía natural para esos pueblos, que creían que generar la vida y quitarla eran dos atributos de lo femenino y, de hecho, muchas diosas-madres poblaban su universo espiritual.

La Madre-Muerte
La representación de la muerte en México es sonriente, enseña el escritor Fernando Salazar Bañol, se llama Coatlicue, o Madre-Muerte y también se la conoce como la diosa de la tierra. Ella es quien genera todas las cosas y también las devora. Esa idea nace de la observación de los ciclos de la Naturaleza, donde todo está siempre naciendo, muriendo y renaciendo.

Cecilio A. Robelo, en su Diccionario Náhuatl cuenta que la Luna envió un recado a los hombres por medio de una liebre: Así como yo muero y renazco todos los días, vosotros también vais a morir para renacer después. Por eso, hasta hoy, los mejicanos se sienten a gusto bromeando con ella.

La muerte no tiene nada de terrible. En México está hecha de azúcar y se distribuye entre los niños, concluye Fernando Salazar.

La hora de la fiesta
Esa familiaridad está tan arraigada en el alma mejicana que, aún hoy, cunde una idea muy fuerte de que los muertos tienen permiso para visitar a sus familiares del mundo de los vivos en la época de Difuntos. El día primero, Día de Todos los Santos, también llamado Día de los Santos Inocentes, los visitantes son los muertos-niños. Los muertos adultos solo aparecen al día siguiente.

Para recibirlos, las casas se adornan con cempasúchil, una flor amarilla, típica del Día de los Muertos. En el rincón más importante de la casa se prepara un altar de tres pisos, simbolizando la Santísima Trinidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En él, aparte de la figura del santo de la devoción de la familia y de las imágenes de Jesucristo, se ponen fotos, agua, frutas y los platos de comida favoritos del antepasado que se quiere honrar.

El banquete se prepara con respetuoso cuidado. No pueden faltar recetas mejicanas tradicionales, como la calabaza en tacha, un dulce de calabaza hecho con azúcar y canela, el famoso pan de muertos, una torta con decoraciones que imitan los huesos, y las calaveras de azúcar, que a los niños les encantan.El altar se adorna enteramente con papel picado, en los colores negro, símbolo del luto cristiano, y anaranjado, el color del luto azteca. Y, por todas partes, velas, muchas velas para ayudar a los espíritus a que encuentren su lugar.


Todo tiene que estar preparado antes del día 31 de octubre a medianoche. La familia reza unida y, a continuación, invita a los antepasados a participar en la fiesta. Las velas se encienden y el ambiente es purificado quemando una resina aromática, el copal. Nadie toca la comida. Los muertos han de ser los primeros en servirse. Solo al día siguiente los vivos vuelven, para reunirse con los parientes fallecidos y, juntos, saborear el banquete. Es hora de comer y beber al son de la música favorita de los que ya partieron.

El ritual se repite el día 2, para los muertos adultos. Hoy, en las ciudades, en vez de hacer una fiesta en casa, las gentes prefieren llevar las viandas a los cementerios, donde pasan el día, lavando los túmulos y decorándolos con muchas flores. Allí rezan, lloran, cantan y, eventualmente, se embriagan, porque a fin de cuentas, la muerte es un fenómeno inseparable de la vida. Y, para los mejicanos, la mejor forma de enfrentarla es reír y bromear con ella.

Sí. ¿quién sabe el año que viene yo también esté allá, bromeando con la muerte, al modo mejicano?


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adilia
Adília Belotti é jornalista e mãe de quatro filhos e também é colunista do Somos Todos UM.
Sou apaixonada por livros, pelas idéias, pelas pessoas, não necessariamente nesta ordem...
Em 2006 lançou seu primeiro livro Toques da Alma.
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