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Disfunciones que llevan a la SEPARACIÓN: 3 - Rigidez y resistencia

Disfunciones que llevan a la SEPARACIÓN: 3  - Rigidez y resistencia
Publicado dia 03/09/2009 14:11:46 em STUM WORLD

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Traducción de Teresa - [email protected]


Tú ya te has visto diciendo algo así: ¡Siempre he sido de esta manera y no será ahora que vaya a cambiar!
Pues bien, cualquier rigidez, donde quiera que se encuentre, cualquier zona prohibida dentro de nosotros (por sensación de incapacidad, inadecuación, represión, miedo) hace recaer sobre el compañero de relación la carga de la complicidad. Enviamos día tras día, año tras año una clara señal: “No me pidas que cambie esto, soy incapaz, ¡protégeme! Si tú me amas, hay cosas que no me puedes pedir ni hacer, ¡tienes que sobrellevar esta limitación, para siempre!”
¡Cualquier rigidez nuestra es una imposición al otro!
El mayor desafío es nuestra percepción, o los límites que tiene y que todavía no hemos advertido. Todo lo que percibimos parece comprobar que nuestros paradigmas y creencias están adecuados y correctos, cuando de hecho hoy ya sabemos que los modelos de interpretación y los paradigmas los convalidamos nosotros mismos, o sea, inconscientemente percibimos e interpretamos lo vivido conforme a nuestros paradigmas y creencias. Es como si al hombre fuese dada la enorme responsabilidad de literalmente crear el mundo en que vive, haciendo válida su experiencia a partir de la constante repetición y aplicación de sus propios paradigmas y sus creencias más dilectas. Esto se da en el plano individual tanto o mucho más que en el colectivo. Cualquiera que acepte, en sí mismo, un límite absoluto, acaba por imponerlo al otro, inexorablemente. Cualquiera que se vea ante una zona prohibida en sí mismo espera que el otro lo proteja, pues manda una señal muy clara y repleta de emoción: “¡Esto nunca! ¡Aquello jamás!” o bien “¡no esperes eso de mí, eso no!” La expectativa de cada uno de nosotros – en la relación – es que el otro se someta y acepte los límites auto impuestos por nosotros, y a este fin no ahorramos “buenas” explicaciones, disculpas y justificativas… especialmente en cuanto al pasado, traumas y secuelas educacionales, hoy en día muy bien aceptadas.
Cada vez que nos vemos frente a un área prohibida en nosotros mismos, esperamos que alguien (el otro) nos supla y nos salve de situaciones embarazosas que hemos vivido en el pasado (lo cual justifica y explica el hecho de que esa sea una zona prohibida). Si ella no es ágil, no toma iniciativas propias, entonces aguarda a que él se impaciente y muestre qué y cómo algo debía hacerse, para entonces, después de crear un conflicto reafirmando su impotencia frente a aquello, actuar en la dirección que sabía que era la debida. Si él es metódico y ansioso, sujeto a horarios y rígido, le pide a ella que lo conozca así como es, no haciendo tanto caso de sus evidentes e incómodos defectos, aceptándolo tal cual es (y… que siga siéndolo). No le ayuda a él la complicidad de ella. No le ayuda a ella que se acepte su inercia.
Lo que resta para cualquier pareja es la noción de que es preciso filtrar las intervenciones del otro. Vivimos bajo el mito de que el otro ciertamente es consciente de sus proyecciones y que lo que él piensa que ve, realmente cree haberlo visto, y por tanto es incuestionable. Si él nos toma por agresivos es porque seguramente lo somos, porque si no lo fuésemos él no nos tomaría por tales.
Con todo, la verdad es que si, por ejemplo, el otro de la pareja es empujado hacia un lugar de culpabilidad y auto recriminación, cuando abrimos la boca para decir algo, ciertamente lo estamos recriminando, tanto o más que él mismo ya se recrimina. No sirve de nada que digamos que tal cosa no existe, pues él está seguro y punto final: surge una riña.
La instrucción es que si el Otro está en un lugar de memoria de fracasos y vergüenza, no tiene conciencia de ello; y si allí “el nervio está expuesto”, cualquier cosa que digamos que siquiera se aproxime de lo que él imagina haber oído, inmediatamente instala una discusión con acusaciones mutuas. ¿Cuál es la salida? Desconfiar de lo que percibe, tanto uno mismo como, también y generosamente, el otro. Cuanto más pronto sean rescatados el estado de conciencia y el poder de decisión personales, más clara es la evolución y la liberación del individuo que, así, deja de ser víctima inconsciente de sus propias “tramoyas emocionales” y pasa a rescatar alguna libertad y poder de albedrío sobre sus complejos psicológicos. Es en este sentido como actúa el desapego de ideas y de estados emocionales, resultando en superación o en la creación de un patrón de respuesta enteramente nuevo, esta vez, de propia elección y preferencia.
A pesar de la modernidad de robots y androides, a nadie en sana conciencia le gusta darse cuenta de ser uno de ellos.

por Luís Vasconcellos

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Sobre o autor
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Luís Vasconcellos é Psicólogo e atende
em seu consultório em São Paulo.


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