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El amor y el matrimonio - Parte 4 – Final

por Flávio Gikovate
Publicado dia 15/09/2008 13:28:29 em STUM WORLD

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Traducción de Teresa - [email protected]

Conclusiones

Hay, además, otros muchos problemas en la relación conyugal, pero en la imposibilidad de abordarlos todos aquí, me atendré solamente a otros dos. Uno de ellos es el miedo al amor – tema curioso que empecé a desarrollar en 1978 en mi libro “El Instinto del Amor” y que nunca había sido abordado anteriormente. Todas las grandes historias de amor, especialmente las pasiones, no han tenido continuidad ni fueron afortunadas, aparentemente, en virtud de obstáculos externos. En Romeo y Julieta el impedimento residía en las familias. En la práctica, los obstáculos externos son muy frecuentes: las personas están casadas, tienen hijos pequeños, hay dificultades para la separación, problemas materiales ligados a ésta, etc.

Mi experiencia ha demostrado de modo claro que estos obstáculos externos para la plena realización amorosa no son el verdadero problema. El divorcio es posible. Ya nadie se atiene a los impedimentos familiares, ni a la opinión de los padres; los hijos ya no son problema insalvable y la mitad de los críos ya son hijos de padres separados; pese a ello, las personas siguen huyendo del amor desesperadamente. El obstáculo es interno; caso fuese externo sería estupendo, porque se atribuirían a él las dificultades, como si el problema fuese el impedimento de orden social. ¡Y no es verdad! ¡Es absolutamente interno! Ese miedo al amor probablemente tiene que ver con la pérdida de la individualidad. Si volvemos a aquella idea inicial de que existen en el hombre dos tendencias – una hacia la integración y otra hacia la individuación – cuanto más fuerte y compenetrado sea el amor y cuanto más afines sean las personas, más tendencia habrá a que salga bien, mayor será la posibilidad de que ese elemento de integración sea satisfecho y, tal vez, de que el elemento de individuación se sienta amenazado, zarandeado. Ante esto, empezamos a “trabarnos” por miedo a diluirnos, a fundirnos en la otra persona.

Existe en nosotros ese deseo de dilución y, al mismo tiempo, pavor a ello. Además, en las historias de amor – y yo acompaño centenares de ellas por año – vemos esa doble tendencia: fascinación y miedo presentes todo el tiempo. Los individuos se sienten fascinados por las historias amorosas y entran en pánico frente a ellas.
Es evidente que el amor, cuando sucede entre personas muy afines, es una emoción muy fuerte. Produce una sensación de simbiosis, de dilución, en que uno va a perderse en el otro y eso puede amenazar mucho la individualidad. Muchas veces se buscan soluciones intermedias. Una de ellas es la búsqueda de personas opuestas, con cantidad suficiente de defectos para que la simbiosis no sea tan profunda. Así como las cualidades fascinan y determinan la integración, los defectos repelen. Entonces, una cuota ajustada de calidad y defectos define una cosa intermedia, un término medio por el cual el individuo se siente ligado, pero no hasta el punto de amenazar su individualidad.

Otra solución es amar desesperadamente a alguien que no nos ame mucho. En ese caso, tendemos a fundirnos en el otro, pero éste no nos da mucha atención, nos humilla, nos deja algo solos… Y aguantamos, porque esto nos proporciona cierto equilibrio. Estamos siempre corriendo en pos de la persona y ella no nos da mucha atención. Esto también soluciona el compromiso entre simbiosis, integración e individuación.

Otra hipótesis es encantarnos con una persona bastante diferente a nosotros; además de los “defectos”, ella posee otra frecuencia de ondas, piensa y siente de otro modo, se manifiesta diferentemente. Luego, no tenemos el problema de la fusión, nos libramos de algo que nos aterra, que amenaza la individualidad y determina la aparición fortísima de aquello a que vengo denominando, desde 1980, “miedo a la felicidad”.

Nada produce en las personas mayor sensación de felicidad que el encajamiento amoroso. Por otra parte, nada produce en el ser humano mayor pavor que la felicidad. Y al acercarse el encajamiento amoroso, las personas se sujetan a cualquier cosa para alejarse, porque la sensación de felicidad, plenitud, completitud y armonía es tamaña que el individuo pasa a tener la certidumbre de que, como mínimo, un rayo caerá sobre su cabeza y él, seguramente, morirá. Y la sensación es ciertamente esa, es fortísima; quien aún no la sintió es porque no se acercó a la felicidad; al llegar, verán que esto es absolutamente verdadero, no es una hipótesis, es un hecho. Es un miedo difuso, una inminencia de catástrofe responsable por la existencia milenaria de los rituales supersticiosos; y el miedo a la felicidad es su causa: personas tocando madera y haciendo “higas” cuando están muy felices. Si no hubiese miedo no existiría ese ritual de protección contra la “ira de los dioses” – pues parece que éstos se enfurecen cuando estamos muy felices. Tememos nuestra destrucción por parte de los envidiosos. Y todo el concepto de “mal de ojo” también se fundamenta y sale a flote en ese miedo a la felicidad. Sentimos que no tenemos estructura para soportar todo lo que tenemos y que, ciertamente, algo malo nos sucederá. Con eso, nosotros mismos malogramos nuestra felicidad; ¡antes de que los dioses “nos maten”, destruimos por nosotros mismos aquello que nos está dando tanta alegría!

Esa es la gran causa de la mayor parte de las rencillas y dificultades entre las personas que se aman demasiado y se entienden muy bien; siempre inventan un problema para estar en duda si deben o no permanecer juntas. No habiendo obstáculos externos, cuando son jóvenes y deciden casarse, uno siempre acaba diciendo al otro: “No sé si estoy preparado, si lo deseo, si ya es hora”, etc.; se empieza a buscar “tres pies al gato”. ¡Cuanto más demoran la decisión de casarse, más aumenta la posibilidad de que sea un buen casamiento! Un mal casamiento puede ser decidido en tres días. En verdad, el problema es “tan sólo” el miedo a la felicidad, manifestándose y, por veces, bloqueando la sexualidad principalmente en los hombres, lo cual es muy fácil, pues el hombre es un animal débil y algo asustado.

El miedo a la felicidad implica retraso en el coraje de las personas para comprometerse y equivocarse en la elección (así, no correrán el riesgo de “morir destruidas por un rayo”). Si el hacerse rico redunda en mucha felicidad, es preferible permanecer pobres, porque así “garantizaremos nuestra supervivencia”. Es así como aparece psíquicamente la cuestión del miedo a la felicidad. Y tenemos que intentar entender su origen; creo que está ligada al trauma del nacimiento y, por tanto es algo dificilísimo y sin “cura”. No he conocido a nadie sin ese miedo.

Sin duda, existen personas con menos miedo; y éstas son nuestros ídolos – dotadas de un increíble coraje a todos los niveles, incluso el profesional. Pero entonces, al tener éxito en esa área, destruyen lo sentimental. Quiero ver personas felices y además que todo les salga bien, porque tener fortuna en lo sentimental y estar pobre es fácil. Quiero que el individuo consiga todo lo que sea bueno para él sin entrar en pánico, ni tener que “negociar” con los dioses, hecho este curiosísimo; sí, porque son negociaciones exactamente como las salariales: “Tengo esto, entonces doy aquello; abro mano de aquello otro; sostengo a mi hermanito haragán porque así apaciguo mi culpa por tener las cosas que tengo”. Y así todos van negociando siempre para aplacar la “ira de los dioses”.

De una u otra forma, nuestro cerebro ha registrado la fase de la simbiosis uterina como un período de armonía – tal vez sin contratiempos – si se compara con lo que sucede después del nacimiento. El primer registro cerebral es la armonía y el segundo es su dramática ruptura: el nacimiento, que es el gran trauma, tan bien descrito por Otto Rank – en mi opinión, uno de los psicoanalistas más importantes. Siempre que se llega a una sensación de armonía parece que se activa en algún lugar del cerebro el recuerdo que nos asusta. Ahora, ya no es el nacimiento, es la muerte. La destrucción parece inminente siempre que la situación se hace muy agradable.

Vuelvo a decir: nada produce una sensación de miedo más fuerte que la felicidad amorosa, incluso por ser lo que más se parece a la simbiosis uterina y, por tanto, al origen del propio fenómeno, del miedo a la felicidad. La sensación de paz representa el útero. Si todo está bien, evidentemente la próxima sensación es la de que algo horrible sucederá y destruirá la paz.

Todo el pensamiento místico y religioso acabó por reforzar terriblemente esto, con concepciones ligadas a la idea de que el placer y la felicidad son pecados, o por lo menos, no son grandes virtudes; pero el sufrimiento, el sacrificio y cosas de ese tipo sí lo son. Por tanto, cuando el individuo está feliz, además de tener el miedo a la felicidad – y, consiguientemente, esa sensación desagradable de inminencia de tragedia –, también empieza a sentirse en pecado. Y esta sensación parece aumentar las posibilidades de real punición, no sólo por la envidia de los humanos, como también por la “ira de los dioses”.

Para mí, ese es el gran obstáculo para alcanzar la felicidad y está siendo subestimado. No hay solución absoluta para ello: ser conscientes – saber que tales mecanismos existen y que cuando está todo bien tendemos a hacer tonterías – es fundamental. Cuántas veces no hemos oído: “Está todo bien, pero me temo que no ha de durar”. ¿Qué significa esto? Yo mismo ya no aguanto tanta felicidad y tomaré alguna providencia para liquidar este bienestar, para autodestruirme.

Hoy en día, cuando tengo un pensamiento de ese tipo, inmediatamente pienso: “¿Qué voy a hacer por no poder soportar tanta felicidad?” Yo mismo me interdicto, es decir, me impido hacer cualquier cosa que escape a mi rutina básica, y si la hago será destructiva. ¡Estoy listo para cometer un error, porque estoy muy bien! Y esto reactiva un reflejo condicionado profundo y difícil de deshacer totalmente.

En fin, termino reforzando un elemento, digámoslo así, más general y más teórico. La verdad es que en estos 100 años de desarrollo de la psicología, las cuestiones del amor y del matrimonio en nada han evolucionado. Las personas, además de desinformadas, siguen pensando muy mal sobre la cuestión. Han sido mucho mejor informadas acerca de la cuestión sexual que sobre la cuestión romántica. Cunde la desinformación y abunda un amontonado de ideas, en mi opinión, dudosas – por lo menos no demostradas –, las cuales, insisto, deberían ser desterradas de nuestro pensamiento. Las conjeturas que no pueden ser confirmadas o infirmadas son un peligro para el pensamiento; nos dejan en una situación algo así como sin salida. Pasan a ser una cuestión de fe y la ciencia no puede vivir de cuestiones de fe. Unos buenos conceptos tienen que llevar a buenos resultados, caso contrario, es que no son buenos. Cuando teoría y práctica no se combinan, tiene que valer la práctica. Y en nuestra especialidad, muchas veces ha valido la teoría, que es lo que no nos interesa; tan sólo si llega a algún resultado práctico, concreto, útil y válido.

La psicología es una ciencia práctica que debe servir para ayudar a las personas a mejorar su calidad de vida, su relación consigo mismas y con los demás. Las ideas han de ser puestas en práctica; pero si son falsas y fallidas – lo cual poco a poco es el destino de todas ellas – han de ser sustituidas por otras nuevas. Tenemos que retomar la noción de una ciencia en actividad, como ocurría en los primeros años del psicoanálisis, y la idea de una ciencia en proceso de desarrollo y modificación.

No estoy defendiendo aquí dramática y fanáticamente mis ideas. Solamente he abordado algunas de ellas y las expongo para enjuiciamiento. Si apareciesen opiniones más consistentes y que contradigan las que aquí han sido expuestas, abandonaré de inmediato mis ideas y procuraré adecuarme a las nuevas, que expliquen y justifiquen mejor los nuevos hechos.
Para mí, esta es la esencia de un modo abierto de pensar que podrá conducir a buenos resultados. Y estamos aquí para colegir nuevos datos – trabajando, todos, en temas de psicología, para que un día ésta se transforme en una ciencia lo más objetiva y útil posible.


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Sobre o autor
flavio
Flávio Gikovate é um eterno amigo e colaborador do STUM.
Foi médico psicoterapeuta, pioneiro da terapia sexual no Brasil.
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Faleceu em 13 de outubro de 2016, aos 73 anos em SP.
Email: [email protected]
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