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El Ansia de Amar

por WebMaster
Publicado dia 22/06/2008 11:02:54 em STUM WORLD

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por Wilson Francisco - [email protected]

Traducción de Teresa - [email protected]

“¡Lejos de ti son yermos los caminos,
Lejos de ti no hay luz de luna, no hay rosas,
Lejos de ti hay noches silenciosas,
Hay días sin calor, hay aleros sin nidos!”

Este es un poema de Florbela Espanca, escritora portuguesa, que tuvo un paso rápido por la Tierra, dejando su marca de musicalidad en la escrita.

Señalaba en sus versos la agonía del ave afligida en busca de un nido en que posar su cuerpo. Esa es casi siempre el ansia humana, la querencia de los amantes, que frente a la adversidad o las separaciones, se hunden pesadamente en el llanto y la angustia.

Y en este mes de junio, cuando los enamorados se encantan con sus amores, será importante hacer una reflexión acerca de las relaciones. Ese es el camino de todos los seres, desde los más rudimentarios hasta, quién sabe, los ángeles. Porque también debe haber entre los ángeles búsquedas de alianzas y encuentros, pues son almas creadas por Dios.

Es de la propia esencia del Espíritu buscar con quien compartir proyectos y sueños. Y esa búsqueda, con la evolución de la humanidad, comienza cada vez más pronto.
En mi tiempo de crío, recuerdo, con catorce años yo jugaba a las canicas y a hacer volar las cometas. Hoy, mis nietos con mucha menos edad ya se dedican a los ensayos de buscar parejas, en las miradas furtivas en la escuela, en los jueguecitos de la calle, y ahora entonces, la Internet ha dado un gran empuje, se puede decir en algunos casos desastroso, a ese interés por encontrar compañías.

Pero, al fin y al cabo, ¿por qué la criatura se relaciona con otra? Es de su esencia, el hombre es gregario por naturaleza y hay una especie de atracción que nos lleva a encontrar a la persona con quien compartimos nuestra existencia. A veces accidental, un encuentro fortuito, un envoltorio que cae al suelo, un tropezón al salir de la panadería, en fin, el Universo tiene innumerables modos de hacer que uno y otro se encuentren.

Pero la decisión de vivir nuestros días con otra persona es una opción personal, exclusiva. Ni siquiera Dios es responsable. Cada cual hace lo que le manda su corazón o a veces su cerebro. Sea como fuere, la decisión de establecer una alianza con otra persona es un acontecimiento importante, que exige a cada uno poner atención y cuidado.

Pero ¿cómo, Wilson, poner cuidado en algo que surge de pronto, que emerge de nuestra alma, como un fuego devorador, que nos va consumiendo día a día?

El amor, se dice, es ciego. Puede ser, porque aún vivimos bajo el dominio del instinto y transitando por los peligrosos caminos de la pasión desenfrenada.

Pero qué bueno es enamorarse, dejar marcas en el corazón de aquella criatura a quien hemos elegido para ser la anfitriona de nuestra alma, cuando recorremos las alamedas del jardín del amor. Qué sensación buena, estar recostado en el pecho de alguien que acaricia nuestro cabello y dice con los ojos que ama intensamente el aroma de nuestra alma.

Sin el amor y la compañía de los que amamos, los caminos son yermos, las noches silenciosas y, mirando nuestro nido sin su presencia... ¡Ah! Qué dolor recorre nuestro pecho y ahoga nuestras palabras, haciendo brotar lágrimas de nuestros ojos.

Un día más tarde, un mes, quién sabe... Todo pasa, nos reintegramos a nuestros quehaceres, nos encantamos con otras tantas cosas de la vida y allá va la criatura por los caminos en busca de un nuevo lenitivo para su corazón.

Y nadie, o pocos, frente a desentendimientos, abandonos y soledad, tiene el coraje de decir: ¡no volveré a amar! El hombre y la mujer viven de amor. Es de nuestra esencia, para que haya procreación y sobre todo para que de esa relación el ser humano pueda lograr la gestación de algo más sublime que es la solidaridad, el respeto, la gratitud y la complicidad, en la búsqueda de proyectos y sueños comunes.

Por otra parte, hay pérdidas, para muchos irreparables, cuando el ser amado decide salir del escenario terrestre, dejando el cuerpo y mudándose al Más Allá.

“Hoy siento una añoranza inmensa, lloré mucho el sábado por la noche, sin intención de perturbarlo, pero no logré contener las lágrimas, no quiero perjudicarlo, pero a veces es muy difícil soportar la ausencia. Ayer, escuchando la música que Juan había grabado en mi teléfono móvil no he podido contenerme”, me dice una amiga por Internet.
Su compañero dejó el cuerpo recientemente. Ella tiene conocimiento espiritual, sabe de cuánto desajuste, cuántas lágrimas de nostalgia, aquellos que se han ido al otro lado de la vida pueden causar; pero ¿cómo no llorar esa pérdida? Aún somos humanos, muy humanos. Y duele en el corazón, hiere nuestra piel, la ausencia del toque de cariño.

Por ello será importante hacer una seria reflexión acerca de la relación que sostenemos y de cuánto estamos haciendo para demostrar nuestro amor o para conquistar el amor de aquel o aquella que vive a nuestro lado.
Deja de pensar sobre quién está en lo cierto, quién equivocado. Sobre si has hecho la elección adecuada o no.

Vive intensamente ese momento, abre mano de ciertos “derechos” o “razones”, que parecen ser tuyos, para permitir a tu corazón vencer la frialdad del cerebro.
Piensa con el corazón y haz algo urgente para salvar o abrillantar tu relación.

Me encontraba en el velatorio de un muchacho de 18 años muerto en un accidente de bicicleta. Su hermano desalentado decía: “Él deseaba tanto viajar conmigo... Yo no fui. Aquel día él quería ir conmigo al partido de fútbol, pero yo tenía otras cosas que hacer y dejé de lado su compañía.” Y lloraba copiosamente.

Tal vez sea eso mismo, vive intensamente cada minuto, al lado de aquel a quien amas. La vida es pasajera, una aventura que tú, Espíritu inmortal, emprendes para aprender a amar. Tú no estás aquí para demostrar que eres el mejor; que puedes conquistarlo todo y a todos; que has aparecido en esta Tierra para amontonar bienes. Estás aquí de paso, para practicar el amor, para recibir amor.

Es por esto que Jesús, el Maestro de los Maestros, resolvió la cuestión más importante de la humanidad diciendo que todos los mandamientos se resumen en AMAR A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS Y AL PRÓJIMO COMO A SÍ MISMO.

Y mira, amiga mía, amigo mío, si tú no te amas intensamente, cada minuto, no lograrás amar a nadie.


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