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EL NIÑO QUE ABRIÓ LA PUERTA - CAPÍTULO 1 – EL INICIO


Autor Rudá Feliciano Araujo
ruda_a@hotmail.com

Traducción de Teresa
teresa_0001@hotmail.com

CAPÍTULO 1 – MOMENTOS DE LA INFANCIA Y ADOLESCENCIA

24/06/2018 – 22:53 – Brasil – São Paulo/SP

Apreciados lectores, no voy a extenderme mucho en este capítulo, pues se haría muy pesado y poco interesante para el objetivo que me he propuesto alcanzar al escribir estos textos.
Me dispuse a escribir, pues desde el comienzo de mi vida he recorrido un camino religioso muy fuerte, desde la edad de 5 años.

Por las casas de mi barrio, situado en Vila Formosa, Zona Este de São Paulo, tenía lugar la famosa Romería del rosario con la Santa, cuando algunas personas entraban a las viviendas para rezar el rosario y entregar la Santa, que permanecía durante una semana con cada familia, hasta que fuese entregada a otro vecino; desde mis 5 años era yo quien dirigía el rosario en mi casa y en esos encuentros de Romería.

También había una vecina que hacía trabajos de Candomblé, al igual que mi primo que vivía cerca. Eran casas con ático y vivíamos de alquiler, una parte de mi familia en la planta alta y la otra parte de la familia en el bajo.
Ese primo mío ya había pasado por muchas tribulaciones (acordaos de él, pues también era pieza clave en esta historia), y atendía en su “centro” improvisado, con sus entidades en la línea de Umbanda. Recuerdo que desde pequeño tomaba pases con el Preto Velho Pai João da Caridade y como siempre fui un niño muy revoltoso, me ponía a curiosear en sus pertrechos del Centro.

A veces, al jugar con mi hermano mayor en la casa, veíamos espíritus y charlábamos con ellos; recuerdo que mi hermano vio a un señor de traje blanco y sombrero (el señor Zé Pilintra que trabajaba con mi primo); me acuerdo también de un episodio ocurrido con una amiga de mi familia (la primera en hacerse un trasplante de hígado en el Brasil); ella se hospedó en nuestra casa y me hice muy apegado a ella y ella a mí. Esta amiga, por desgracia, vino a fallecer, lo cual no me fue contado de inmediato; pues bien, me fui a dormir la noche de su fallecimiento y soñé que ella venía a darme un beso y tenía los mofletes cubiertos de un rubor morado; al despertar, pregunté a mi madre el por qué de aquel color morado en sus mejillas, si alguien la había golpeado. Ella me contó más tarde, cuando fui un poco mayor, que la querida amiga había fallecido y explicó que el maquillaje que le habían puesto después de la muerte era realmente morado.

En fin, viví y conviví con una mezcolanza de religiones tal, que podía incluso afirmar que en la sotana del cura había Dendé. Después de estos acontecimientos, ya no recuerdo haber visto espíritus ni hablado con ellos con tanta frecuencia como antes.
Fui creciendo, dejando la infancia y entrando en la adolescencia y, pese a haber sido formado en una escuela católica, ya no tenía ningún vínculo con ningún tipo de religión; creía en algunos dogmas de diferentes religiones, las respetaba pero no seguía ninguna de ellas.

Fue cuando, a los 19 años, empecé a sentirme mal: entrenaba con mi hermano en un parque aquí en S. Paulo, que todos conocemos como CERET, y en medio del entrenamiento yo paraba para vomitar; estaba en casa con amigos y, sin explicación, me ocurría lo mismo. Ese malestar estomacal duró cerca de un mes.
En esa época, una amiga a quien gustaban mucho los centros espíritas, me insistió para que fuésemos al centro de mi primo; no quería ir ella sola, ya que le daba vergüenza. Bien, ¿os acordáis de aquel primo que tenía un proyecto de centro en el patio de casa? Ahora ya estaba casado, con dos hijas, y había montado un centro muy bien estructurado ¡y con MUCHO Axé!

Me acuerdo como si fuese hoy: el año era 2002; mi primo era una persona extremadamente ocupada, apenas paraba en casa con tantas obligaciones. Copa del Mundo, octavos de final, Brasil x Turquía, 0 x 0 en el descanso del partido. Yo tenía que devolver una cinta de vídeo en el videoclub (o pagaría multa), y, pasmaos, ¡el videoclub abría en día de partido de Brasil!!! El local quedaba cerca de casa, por tanto iría a pie. La casa de mi primo era por “casualidad” (pues no creo en ellas), a unos diez pasos de mi casa, jaja. En el camino para entregar la cinta, vi a mi primo cuidando el jardín, y me dije a mí mismo: - “¡A la vuelta paso para darle un abrazo!”

Al regresar, mi primo aún estaba retocando y arreglando su jardín, sus hierbas, y fue cuando fui a darle el abrazo; él estaba de espaldas y cuando se volvió sus ojos se abrieron como platos, como si hubiese visto un espectro o algo extraño detrás de mí. Hablando con él, me explicó sobre el malestar que yo venía notando y me invitó para volver aquella noche, pues habría gira de bahianos y yo sería muy bienvenido.

Como yo me había desligado totalmente de la religiosidad, sentí cierto recelo, aun siendo invitación de alguien de mi familia; consideraba que aquel tipo de trabajos eran para el mal, para engañar a las personas y acabé comentando con la amiga que quería conocer el centro. A esas alturas del campeonato la “chalada” ya estaba loquita por ir, ¡y acabó convenciéndome, tan insistente fue!

Al adentrarme en el centro, recuerdo a todos los médiums de blanco, algunas velas encendidas; el local, que después supe se llamaba Congá, estaba iluminado por las velas y repleto de imágenes, lindo y reluciente; las personas se tumbaban de bruces, batiendo cabezas y se levantaban colocando sus guías, esperando el inicio de los trabajos. Aquel día yo no entendía absolutamente nada, sólo quería estar en la cancha de mi edificio jugando a la pelota con los amigos, pero algo me retenía allí dentro.

Llegué incluso a comentarle a mi amiga que todo aquello era una gran patochada, que iban a decirme que yo tenía esto y lo de más allá, para que volviese a “enrollarme” con ellos. En fin, los trabajos ya habían empezado, los médiums recibiendo a sus mentores, y los timbales “echaban fuego”. Fue cuando algo me dejó muy intrigado: el “Bahiano” que estaba incorporado en mi primo, jefe de los trabajos, simplemente atravesó el salón con los ojos cerrados, no tropezó con nadie (y mira que el local estaba lleno a rebosar) y vino directamente hacia mí, diciendo que tenía que hablar conmigo y sacar las “miñosas” que había en mi cabeza.

En aquel momento me quedé helado, perdí la noción del tiempo y del espacio, pero me hacía el duro, el machote, sólo por no dar el brazo a torcer, como buen géminis tozudo. Cuando me llegó el turno de ser atendido, el “Bahiano” dijo que yo “tenía algunas cosas y que una 'pierna de falda' había hecho un trabajo para amarrarme”, pero “como no agarró totalmente, yo estaba notando las energías de ese trabajo en mi cuerpo físico, y esa era la causa de mi malestar; alegó que lo iba a deshacer, pero yo tendría que volver para el siguiente trabajo”.

Asentí con la cabeza como positivo, pero en ese momento mi lado más mental ya se había conectado con lo que pensaba antes. Al término de los trabajos, hablé con mi amiga sobre lo que había sucedido, y aún me burlé alegando cómo yo tenía razón y que todo era para que yo volviese a enrollarme durante un tiempo; y que como había dado mi palabra, volvería, pero sólo una vez; afirmé que aunque la entidad pidiese volver más veces, yo mismo le diría que no, ya que no tenía el menor interés en frecuentar el centro.

No obstante, algo dentro de mí empezó a modificarse: ya no me encontraba tan mal como antes y me sentía una persona más leve y menos cascarrabias, pues aunque sólo tenía 19 años yo era muy tozudo, y me había dado cuenta de que, en cierta forma, esa sensación se había suavizado dentro de mí.
Una semana pasó, los trabajos eran los sábados por la noche, mi amiga no pudo ir conmigo aquel día, y acabé yendo yo solo al centro, pero esa conversación queda para el próximo capítulo.


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