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El sufrimiento humano

por Thais Accioly
Publicado dia 15/10/2008 17:01:24 em STUM WORLD

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Traducción de Teresa - [email protected]

¿Por qué sufrimos?
Esta es cuestión que viene ocupando mi mente y mi corazón en una constante búsqueda por comprenderla desde hace más de dos décadas, y recientemente, estudiando una esencia floral experimental del Sistema de Esencias Florales Essence Society – California, llamada Glassy Hyacinth, una luz iluminó un poco más mi comprensión acerca del sufrimiento humano.
El Glassy Hyacinth es un pequeño lirio primo de la Star of Bethlehem (del sistema de esencias florales del Dr. Bach) y de la Pretty Face (del sistema de esencias florales de California); es muy raro, y su flor de extremada belleza, con pistilos de bello color lila y seis pétalos blancos, puntiagudos, con centenas de minúsculos puntos brillantes, como gotas de diamantes rutilantes, nace en las hendiduras de terrenos de rocas volcánicas, donde las fuerzas del fuego, de la oscuridad y de la tierra han estado en lucha durante mucho tiempo, hasta que surge allí una energía etérica de vida, tan fuerte y cristalina, que es como si un ángel liberase del caos, del holocausto, su nueva forma, traída desde las tinieblas y la devastación con renovada fuerza para vivir. La esencia floral de la Glassy Hyacinth fue preparada el domingo de Pascua, y como esencia floral aporta consuelo a aquel que ha vivido o vive situaciones personales de extremo dolor, trauma, devastación, y de profunda desesperación y sufrimiento, incluso aunque no haya sido una experiencia personal, sino oriunda de atestiguar el dolor colectivo de pueblos asolados por la violencia, la miseria o la guerra. La Glassy Hyacinth nos ayuda a reconectarnos con nuestro Yo Superior (con nuestro espíritu divino), así como a renunciar al dolor, al sufrimiento que llevamos dentro de nosotros y que nos impide seguir adelante, a fin de renacer para la vida con una nueva e inigualable fuerza.

Estudiar las esencias florales y esta flor en especial, me ha llevado a meditar más profundamente acerca de la naturaleza de la vida en la Tierra, donde están en acción grandes fuerzas de creación o construcción de la vida, siendo que parte de esa fuerza es instintiva, y hace que, por ejemplo, los animales cacen y de esta manera el más fuerte se alimente del más débil y sobreviva.

Las fuerzas de creación también ponen en lucha otras energías poderosas y principales para construir la vida o estabilizarla, y éstas por veces salen de las entrañas de la Tierra envueltas en fuego, creando la lava, que al mismo tiempo que destruye es una de las fuentes de creación de las islas y continentes; hacen agitarse las aguas en los mares con resacas que invaden la tierra o con lluvias torrenciales que inundan las ciudades; en los aires, vientos y tempestades, y tenemos tifones y ciclones que barren el planeta; la propia tierra se acomoda dando origen a los terremotos. Y tras el caos viene la pacificación y la aparición de algo nuevo, muchas veces completamente metamorfoseado: nuevas planicies; ríos que surgen en nuevas montañas; vegetación acomodándose a nuevos ecosistemas, entre tantas otras posibilidades.
Estas fuerzas constructoras se sirven de parásitos, virus, bacterias, de los elementos físicos y etéricos de la naturaleza, de la perfección y de la imperfección humana, para crear y recrear vida y, cuando actúan en oposición a la vida humana temporal y perecedera, ocasionan desastres, alteraciones, muertes, que vivenciamos como sufrimiento.

Y nosotros, acostumbrados como estamos a asociar el orden a lo perfecto, y lo perfecto a Dios, contemplamos estas fuerzas de construcción de la vida, en toda su furia y violencia, y observamos solamente el caos, el sufrimiento, lo opuesto al orden, lo opuesto a Dios. Ha sido fácil para nosotros, sintiéndonos frágiles e impotentes frente a tanta destrucción para la generación de lo nuevo, asociar ese caos al demonio, a las tinieblas y al mal, cuando el caos en la naturaleza forma parte de la creación divina aquí en la Tierra.
Es bien cierto que muchas veces no es tan sólo la fuerza de la vida de la Tierra lo que genera el caos, pues el hombre viene siendo fuente de éste cuando usa exclusivamente las fuerzas instintivas de supervivencia (ya sea para mantener su cuerpo físico, sus ideas y creencias, posesiones, familia, tradiciones o filosofía), en sintonía perfecta con su lado egoísta e infantil que ignora el bien que dormita en su interior y da lugar a violencia, crueldad, odios, guerras, destrucción, enfermedades, obsesiones y vicios.

En esta fase el hombre impone sufrimiento a los otros hombres y al planeta Tierra como un todo, sufriendo también sus consecuencias, porque al vivir perdido de sí mismo, en total ignorancia de su destinación, sin darse cuenta franquea para sí mismo un período en que permanecerá sujeto a las fuerzas de la transformación hasta que él sea suficientemente educado o forjado por el fuego reconstructor de la vida, puesto que en todos nosotros las fuerzas de construcción de la vida están en acción, aunque silenciosamente.
Sin embargo no siempre esto es posible en una única vida, y para que ocurra la evolución es necesario un ciclo de reencarnaciones.

Aquel que da los primeros pasos rumbo al camino del auto-conocimiento y del perfeccionamiento propio, teniendo por delante aún una larga jornada, también sufre el fuerte impacto de estas fuerzas, que ya le aporta alguna comprensión, aunque parcial, acerca de ellas. Para este hombre, la lucha entre el bien y el mal genera conflictos íntimos y externos, llevándole a reflexionar sobre sus actos.
Ambos están sujetos a las leyes del karma o de acción y reacción, y al ciclo reencarnatorio de purga y expiación; el sufrimiento en esta fase es una constante, como tentativa incesante de trasmutar el hombre y crearle una nueva consciencia para una vida más plena. Son las fuerzas de construcción de la vida en lucha, en acción, en su dinamismo, para que el hombre se transforme.

Mientras vivimos inconscientes de quienes somos, tenemos mucha facilidad para identificarnos con nuestro cuerpo físico, casi exclusivamente, y también con el sufrimiento y placeres relacionados con la vida material; creamos así el sentido de quiénes somos, aunque de forma ilusoria. Por eso cuando sufrimos nos parece que somos el sufrimiento y nos vinculamos a él por temor a perder nuestra identidad si de él abrimos mano. Aquí surge casi una obsesión por el sufrimiento; en esta fase sólo pensamos en nosotros, en lo mucho que estamos sufriendo, y no conseguimos vislumbrar nada más que eso, distanciándonos, momentáneamente, más y más de quienes somos verdaderamente; tan sólo la búsqueda del auto-conocimiento nos llevará a la salida y nos traerá de vuelta la salud.
Con algo más de madurez el hombre se percibe responsable por su propio sufrir, y puede elegir dejar de ser un rehén del sufrimiento – decidiendo conscientemente sobre algunos caminos de su vida – y así el aprendizaje del libre albedrío se instala, y surge la consciencia del amor como fuente de construcción de la vida; sin embargo, las leyes del karma o de acción y reacción aún están presentes, aunque de forma menos violenta.
Los conflictos internos, entre el bien y el mal, toman cuerpo y son vivenciados con bastante intensidad como fuente de mucho dolor mental, emocional y espiritual, llegando a veces a minar las fuerzas físicas. El desafío aquí es no atenerse al mal, sino desarrollar el bien.
Con bastante más madurez, desarrollando el amor con amplitud, conjuntamente con la expansión de su consciencia, el hombre se hace libre mediante el uso del libre albedrío y llega al punto en que el sufrimiento en la Tierra, cuando sucede, tiene siempre el cuño de opción personal, de misión en favor de la humanidad, para enseñar a los demás lecciones preciosas. Este hombre ha superado la ignorancia de sí mismo y es consciente de quién es, permitiendo que el espíritu predomine sobre la materia.
En esta fase él sabe que es un espíritu divino, libre, aprendiendo a desarrollar los potenciales ilimitados que porta en sí, encarnado en un cuerpo físico con una personalidad humana acostumbrada a las luchas y decisiones de esta vida en la Tierra.

Y los espíritus ¿qué son? Los espíritus son chispas Divinas en ascenso espiral hacia Dios; las dolencias físicas, mentales o emocionales no les asustan, ni la muerte del cuerpo físico les perturba porque ellos son la propia vida pulsando. Son atemporales, inmortales, no hay para ellos pasado, presente o futuro, la cronología no les importa. Su verbo es el ser.
Al recobrar la memoria de sí mismos mediante el auto-conocimiento, la meditación, el uso de las esencias florales, las oraciones sinceras y profundas, el desarrollo de la fe, la práctica del bien, permiten que el amor gane cuerpo, y pasan a usar y desarrollar dones, talentos, potenciales, cualidades que propician una metamorfosis interior y diluyen los conflictos preexistentes en el alma y en la personalidad humana, antes tan necesarios para el alumbramiento de este nuevo hombre, pero generadores de mucho sufrimiento. Las fuerzas instintivas pierden lugar ante las fuerzas del amor, otra energía generadora intensa, incesante y poderosa de la vida.
La personalidad humana con esto madura, sus temores ceden, las rabias se trasmutan en energías de construcción, la depresión desaparece, los resquemores son liberados mediante el perdón, los traumas y sufrimientos quedan aliviados.

Como los conflictos internos abren espacio a la paz y la serenidad, el hombre no se dispone ya a “matar o morir”, sino a vivir plenamente y a convivir pacíficamente con los demás, sintiéndose como parte de un todo mayor, y se sirve de la compasión, de la gentileza, de la cordialidad, de la ética, del vivir, convivir y servir a la vida a través del bien, respirando felicidad. Las fuerzas instintivas de la vida, y su sufrimiento intrínseco, aún continuarán en acción, mientras que él siga reencarnándose en este planeta, pero la consciencia humana ampliada por la energía espiritual encamina la vida del hombre, que contempla el sufrimiento como una acción purificadora, educadora y generadora de lo nuevo, de lo bello, del bien, de la salud y de la perfección. Este nuevo hombre no anhela el dolor, no obstante, camina por él con mayor comprensión y serenidad, sin desesperación, logrando incluso percibir el sentido transpersonal de su sufrimiento, ayudando a los que también sufren a encontrar alivio y confortación, paz y esperanza.

Tal como la Glassy Hyacinth, que para surgir en su esplendor necesita antes encontrar un suelo que haya pasado por una gran devastación, en el cual las fuerzas creadoras de la vida hayan trabado una lucha intensa, también el hombre encuentra un suelo propicio en esta Tierra, donde las fuerzas divinas crean posibilidades para que nosotros alquímicamente transformemos nuestra naturaleza humana de bestias o fieras en ángeles y podamos dejar que nuestra alma humana florezca en todo su esplendor.


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Sobre o autor
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Thais Accioly é especialista em Terapia Floral pela Escola de Enfermagem da USP.
Professora da Pós Graduação em Terapia Floral na Escola de Enfermagem da USP.
Professora da Flower Essence Society/CA EUA no Brasil.
Professora da Bush Flower Essences/AU no Brasil.
Consultora em Cultura de Paz.
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