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​¡Es tiempo de cambios y descubrimientos!


por Flávio Bastos

Traducción de Teresa - [email protected] ​​

​“Todo aquello que el hombre ignora no existe para él. Por eso el universo de cada uno queda resumido en la dimensión de su saber”.
(Albert Einstein)​


En las relaciones interpersonales, donamos o captamos energías a todo momento. Nos basta interactuar con otras personas para intercambiar energías, que pueden ser sutiles o densas, o sea, energéticamente saludables o enfermizas.

En este conjunto de relaciones personales, que empieza en la familia, pasa por los ámbitos social y profesional, y termina en la intimidad de las relaciones amorosas, ocasionales o duraderas, tienen lugar una infinidad de situaciones que pueden interferir negativamente en la salud física, psíquica y espiritual de una persona.

Tal desarmonía se produce principalmente cuando este individuo no posee defensas conscientes y permite donar energía por el hecho de envolverse emocionalmente con la otra persona. Es el caso popularmente conocido como “hombro amigo”, aquella persona accesible que escucha, aconseja, y a menudo llora juntamente con el familiar, amigo, conocido, o incluso desconocido, que pasa por dificultades en la vida.

En este contexto, ser persona dispuesta a ayudar al semejante puede representar un acto de caridad o solidaridad. Sin embargo, este perfil de persona es el que más atrae las energías deletéreas de muchos individuos, que inconscientemente, sorben energías de sus confidentes. Y esta dinámica de nivel inconsciente ocurre mucho más de lo que imaginamos en el día a día de nuestras vidas, inclusive en las relaciones entre profesionales de la salud mental y pacientes, que no se encuentran inmunes a este tipo de intercambio energético.

En muchos casos, las insatisfacciones individuales acumuladas generan un potencial energético, que busca desesperadamente una toma de tierra o un pararrayos humano para descargar sus dramas íntimos y aliviar, momentáneamente, la sensación de sufrimiento. Ciclo vicioso que suaviza el dolor pero no cura la herida psíquica de origen espiritual, que continúa generando la densa energía que envuelve a estos individuos.

Situación que se produce porque los confidentes o personas de confianza no están preparados para mantener una neutralidad y no dejarse envolver por el aspecto energético-emocional de la interacción, cuyo efecto puede llevarles al desequilibrio psíquico-espiritual.

Inevitablemente, somos lo que sintonizamos en función de nuestra vigilancia o descuido diario. Por tanto, estar abiertos a los demás no significa que tengamos que resolver sus problemas o transferirnos sus dolores o las responsabilidades que son inherentes a cada individuo. En esta lógica, el sentido de la propia responsabilidad frente a la vida compete a cada ser pensante en su jornada vital plena de enseñanzas y aprendizajes, que son la base para la construcción del equilibrio vital que se refleja en la salud física, psíquica y espiritual.

Por tanto, no todos los espíritus, al estar encarnados en el cuerpo físico, están preparados para ayudar a otro sin correr el riesgo de envolverse energéticamente en procesos obsesivos, pues la aptitud para el auxilio al prójimo se adquiere con el proceso de autoconocimiento que libera al individuo de un ciclo negativo y lo sana de los dolores del alma.

Todos estamos dotados de un fantástico potencial de expansión de la conciencia. Sin embargo, muchos individuos prefieren permanecer en su lado sombra, o sea, en un ciclo vicioso interminable que ofusca la visión de lo nuevo e inhibe la iniciativa para el desapego del modelo emocional-conductual que arrastran desde hace mucho tiempo.

Si observamos la biografía de los grandes benefactores de la humanidad, verificaremos que fueron espíritus libertos de los sentimientos negativos que convierten a la gran mayoría de los humanos en cautivos de sus propias energías, todavía densas y sintonizadas con el pasado.

La fase actual que la humanidad atraviesa, de transmutación energética, denominada Nueva Era, ejerce presión para que el hombre gradualmente se libere de su pasado y asuma la nueva condición de hombre renovado por el autoconocimiento.

Es momento de que el hombre rompa con viejos patrones conductuales, verdaderos cepos que mantienen al individuo prisionero de sí mismo, y acabe con el ciclo vicioso de las sucesivas reencarnaciones que bloquean su expansión consciencial y paralizan su evolución espiritual.

Es el momento de que el hombre comprenda el profundo significado del sufrimiento y de la felicidad en el proceso vital, y haga de este conocimiento un trampolín para vuelos más altos del espíritu.

Mientras esta pasantía evolutiva no se cumple, la fase de transición energética sirve para que el individuo insatisfecho busque formas de autodescubrimiento, a fin de aprender a lidiar mejor con su energía en la relación con el reloj cósmico del planeta Tierra, que ya está, lenta e imperceptiblemente, transmutando su energía para un mundo de regeneración espiritual.

Y para asumir la actitud personal que la Nueva Era exige en favor de la vida y de la evolución, aludamos a Osho cuando registró con mucha lucidez que “coraje significa enfrentarse a lo desconocido, pese a todos los miedos”.


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