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¿Esperas mucho de los demás?

por WebMaster
Publicado dia 29/09/2012 11:23:55 em STUM WORLD

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por Flávio Bastos - flaviolgb@terra.com.br

Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

Hubo un tiempo en que las personas, aunque fuesen extrañas, se entendían mejor. Había más intercambio de amabilidades y las amistades fluían al natural, pues los valores de aquella época propiciaban los encuentros de una forma más natural, y en ellos los lazos de amistad se fortalecían con el paso de los años.

Actualmente las personas se acercan unas a otras por afinidad, grado de parentesco o por interés, siendo que la indiferencia o las “diferencias” son lo que determina los alejamientos personales.

En los centros urbanos de mayor expresión, las prisas, la competitividad y la indiferencia han originado el distanciamiento incluso entre familiares cercanos. Las amistades que se establecen mucho por lazos superficiales provocan una ruptura de sentimientos asociados al concepto de amistad, y establecen un nuevo vínculo restringido a juegos de intereses que mantienen a dos o más personas unidas por el frágil lazo de la afinidad por provecho personal.

Pese a todo, insertas en esta realidad social en que los intereses personales tienden a sobreponerse a los sentimientos humanos, muchas personas continúan generando expectativas en relación al otro, o sea, que sus sentimientos sean considerados en el contexto socio-familiar, profesional, o incluso en la nueva relación afectiva que se inicia.

Son individuos que esperan mucho de los demás, y que por depender de este retorno, sea por el vínculo de parentesco, amistad o de relación íntima, acaban por desestructurarse psíquicamente, cuando no son contempladas sus expectativas de afecto.

Expectativas que por lo regular se ven frustradas debido a una conducta social cada vez más exclusivista, restringida a grupos que determinan reglas propias de convivencia en un contexto marcado por la indiferencia al sentimiento ajeno.

La fase que experimenta el hombre moderno inserto en un paradigma materialista decadente, exige de los individuos más sensibles la necesidad de adaptación a una realidad social en que los valores humanos están en crisis. Siendo que el propio hombre se halla en crisis de identidad, intentando formular un nuevo concepto de humanidad a partir de las relaciones interpersonales.

Por tanto, el individuo adulto, más sensible e independiente de la respuesta afectiva del otro, sufre más en la convivencia social, pues absorbe el impacto emocional de sus expectativas no atendidas a través de la interacción personal.

En cambio, el individuo indiferente a los sentimientos ajenos, adaptado a las exigencias del momento que eligen un conjunto de valores como principio orientador del acercamiento personal por interés, reserva sus sentimientos, emociones y deseos para la intimidad del ambiente familiar o en sus pensamientos guardados bajo siete llaves.

Vivimos un momento en que los sentimientos humanos están subyugados por valores y creencias que indican el inmediatismo y el egoísmo como forma de ascenso personal.
Conducta social que revela una actitud defensiva en relación al otro, convirtiéndose en una especie de paranoia colectiva que obra inconscientemente en el sentido de enfriar las relaciones interpersonales que antes predominaban de una forma espontánea.

Las gentes están reservadas a sus clanes familiares o a grupos que se asocian por afinidad de intereses. Fuera de este contexto, las emociones y sentimientos se encuentran “encajonados”, controlados en su límite. Límite que en muchos casos no soporta la presión interna y “estalla” en forma de crisis de identidad o de desequilibrio psíquico.

Necesitamos, urgentemente, rescatar el vínculo perdido de la mecánica natural de las relaciones afectivas irrestrictas. Vínculo de suma importancia en las relaciones humanas, llamado amor.

Amor en forma de compasión, consideración o solidaridad. Amor en forma de caridad que nunca se agota porque está alimentado por el desprendimiento personal de una actitud no egoica.

Tenemos que comprender que la “espera” del otro en relación a nosotros alimenta expectativas de que su intención sea, al menos, parcialmente contemplada. Y que la interdependencia afectiva es inherente a la naturaleza humana, pues somos entes generados por la misma forma biológica que nos impele, desde tiempos inmemoriales, a la socialización y a la convivencia por afinidades sin prejuicios ni premeditación de intereses.

Es preciso que recuperemos, al menos en parte, la sana espontaneidad de las relaciones, en sustitución a la tendencia a la particularización y exclusión por codicia, porque no somos y jamás seremos robots de carne y hueso, por más que el sistema ejerza sobre nosotros su presión mecanicista. En caso contrario, los individuos dotados de inteligencia, sentimientos y emociones continuarán esperando por el otro, y recibirán como respuesta la “voz” del silencio y de la indiferencia. Situación por la cual nadie está libre de pasar.


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