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Espiritualidad – recuperación de la libertad interior


por Marcos Porto - [email protected]

Traducción de Teresa - [email protected]

¡Todos nosotros queremos ser libres! ¡Todos nosotros sabemos que somos infinitos! ¡Todos somos Almas completas en amor y verdad! Sin embargo, ¡no siempre lo expresamos! Somos eternos, pero nos mantenemos aprisionados tanto en los patrones personalistas como en los de falsas ideas. Ideas que son imágenes de lo que suponemos que es, y de cómo nuestra vida debe ser. Muchas personas están insatisfechas con lo cotidiano que viven y también con el tipo de persona que son.

Podemos interrumpir ese proceso y librarnos de él de acuerdo con nuestra voluntad. ¿Qué significa asumir la libertad como hijos de Dios?

¿Vamos a reflexionar sobre el tema?

Recordando algunos conceptos sobre los cuales hemos reflexionado anteriormente: Primero, debemos reconocer que somos seres humanos espirituales, hijos de Dios. Segundo, descartar todas las limitaciones que hemos incorporado y aceptado como si ellas fuesen nosotros mismos. Tercero, no permitir que esas insuficiencias concernientes a que somos pequeños, limitados, inexpresivos, agraven nuestros patrones negativos.

Esos tres aspectos no son tan fáciles de alcanzar como parece. Vamos a reflexionar y a trabajar esos puntos, sin dejar de respetar nuestra condición de humanos, llegando entonces a la puerta de salida de ese laberinto. Sabemos cómo son esas dudas: permanecemos andando en círculo, rodeando, sin encontrar la salida, ¿no es cierto? Avanzamos un paso al frente, otro, otro más, y volvemos atrás uno, dos, en períodos de dudas.

¿Qué tipo de danza es esta que la vida nos presenta, del ‘tres hacia allá, dos hacia acá’?

En nuestra última reunión del Grupo de Reflexión hemos meditado sobre el Hinduismo y su filosofía y, principalmente, sobre el hecho de que un antiguo énfasis en la purificación dentro del Hinduismo presupone una unidad con todas las formas creadas. Y la conclusión es que esa es la unidad que la danza de la vida debe expresar y revelar. ¿Forma sentido?

Es muy importante comprender ese tipo de danza de la vida, para no marearnos como pobres infelices perdidos en ese laberinto del ‘tres hacia allá, dos hacia acá’, sin hallar la salida.

Hermes Trismegistos, nombre dado por los neoplatónicos, místicos y alquimistas al dios egipcio Thoth, identificado como el dios griego Hermes, en su obra “Corpus Hermeticum – Discurso de Iniciación”, cuyo propósito es la deificación de la humanidad mediante el conocimiento de Dios, facilita la comprensión de ese laberinto de la danza de la vida: “En efecto, el devenir de la materia depende de la Eternidad, como la Eternidad depende de Dios. El devenir y el tiempo se encuentran en el cielo y en la tierra, pero poseen dos naturalezas diferentes: en el cielo no se transforman y son imperecederas; en la tierra, son mudables y perecederas. Y de la Eternidad de Dios es el Alma, del mundo es la Eternidad, de la tierra es el cielo. Dios está en el intelecto, en el Alma, el Alma en la materia: y todas las cosas subsisten a través de la Eternidad. Todo ese gran cuerpo en el cual están contenidos los cuerpos, un Alma plena y de Dios lo completa en el interior y lo envuelve en el exterior, vivificando el Todo, en el exterior de ese vasto y perfecto viviente que es el mundo, en el interior de todos los vivientes y en lo alto, en el cielo dura sin cambiar, idéntica a sí misma, aunque abajo en la tierra, produzca las variaciones del devenir.”

¿Qué relación tiene esa larga y circunspecta cita con nuestro tema? La palabra devenir significa venir a ser, tornarse, por tanto podemos deducir que nosotros, constituidos en cuerpos físicos, materia, dependemos de la Eternidad, la cual, a su vez, depende de Dios.

Este es el primer estado de nuestra libertad interior. Como Almas somos libres en nuestras trayectorias eternas, inclusive cuando interrumpamos nuestros ciclos de renacimientos.

Esta cualidad inherente a todos nosotros, seres humanos espirituales, a menudo se ve ahogada por nuestros patrones personalistas e inmediatistas, en que todo es hábito: “¡Oooh, claro! ¡Quiero esto, eso y lo de más allá, y volveré más tarde para recoger aquello! ¡Oooh, sí! ¡Esto hace que me sienta muy bien!”

No podemos negar que esa forma de proceder es altamente estimulante: ‘adelante – atrás – adelante – atrás’. Sin embargo, esos hábitos podrán representar un proceso de muerte en vida, centímetro a centímetro, imperceptible pero constante; y cuando uno quiera darse cuenta, la libertad interior estará irrecuperable, porque ha faltado la práctica para su desarrollo. ¿Está claro?

Por lo regular, en lo cotidiano de esta civilización que inicia su siglo vigesimoprimero, libertad se confunde con posibilidad de realizar lo que humana y personalmente se pretende y desea, como ha quedado ilustrado con el ejemplo puesto sobre el hábito. Lo que no se percibe, exactamente por no poderse distinguir, es que cada vez nos vinculamos más a las fuerzas materiales con las que interactuamos, y así nos volvemos menos libres. ¿Correcto?

Por paradójico que pueda parecer, practicar nuestra libertad interior significa alejarnos de ella. ¿Qué locura es esta? ¡No tanto!

Cuando no buscamos directamente nuestra libertad interior, sino que dirigimos nuestra conciencia hacia lo Infinito sin anhelar nada, la libertad interior se manifiesta libremente, pura y eterna, ¡exactamente como nos dice Hermes Trismegisto! Es un camino estrecho marcado por la sencillez, por el amor, por la ausencia de conflictos y por la armonía.

San Juan de la Cruz (1542-1591), Doctor de la Iglesia, fundador de la Orden Carmelita Descalza, escribió: “Para llegar a poseer todo, no quieras poseer cosa alguna; para llegar a ser todo, no quieras ser cosa alguna; para llegar a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes.”

Vivenciando nuestra libertad interior, lo nuevo surge, entonces, a cada instante, conduciéndonos a descubrimientos genuinos, amorosos y gratificantes.

Volveremos sobre la cuestión.


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