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Estamos siempre a la búsqueda de algo superior


por Bernardino Nilton Nascimento - [email protected]

Traducción de Teresa - [email protected]

Si pensamos en que la necesidad de un sistema de orientación y devoción es parte esencial para el ser humano, podremos comprender la intensidad y profundidad del anhelo religioso.
A decir verdad, no existe otra fuente a que acuda más el ser humano en sus sanaciones, sus protecciones y sus pretensiones, que sólo la fuerza de la fe puede conducir; sean cuales fueren sus objetivos y sueños, las más de las veces aparecerá una creencia.
Éste no puede elegir entre tener o no tener "ideales", pero goza de la libertad de elección entre los varios caminos, de preferir dedicarse al culto de la fuerza y de la maldición, o bien cultivar la razón y el amor.
Todos los seres humanos son idealistas y buscan algo superior para satisfacer sus anhelos. Evidentemente, difieren unos de otros en sus objetivos.
Lo que deseo decir es que cada uno de nosotros busca siempre una manera, un tipo de anhelo superior, incluyendo a los ateos (considero que este tipo de personas no existe verdaderamente; me parece más cierta la posibilidad de que no crean en las religiones, pero que en lo más profundo de su ser, sí crean de veras en algo superior a ellos).

Tenemos todos, dentro de nosotros, una necesidad de creer, de un sistema de orientación y de un objeto de devoción, de algo superior, aunque estas devociones entre nosotros puedan estar orientadas hacia lo material. Siempre tendremos la necesidad de dirigirnos a algo superior, incluso aunque quizá lo sea sólo aparentemente.
Siempre existe el placer de lo imaginario, el pacer del peligro y el placer de la superioridad, aunque sea momentáneo; pero ¿qué placer no es momentáneo?
No obstante, esa búsqueda de la orientación, del objeto de la devoción, no siempre es una simple declaración, no indica cuál es la expresión que más satisface los deseos recónditos del ser humano. Podemos adorar a animales, árboles, fuentes, a ídolos de oro o de piedra, a un Dios invisible, a un hombre moralmente superior, o a líderes diabólicos, a objetos de devoción, a nuestros antepasados, a un partido político, al dinero, al poder. Una creencia puede llevarnos tanto a la destrucción interior como a la perfecta armonía superior del amor.

Las religiones, de una manera indirecta, poseen una dominación que, de un modo o de otro, nos quita la libertad. Puede hacernos desarrollar el poder de mando o puede paralizarlo; y tanto es así que muchos reconocen bien al ser dominado por la sociedad y las religiones, ya que éstas crean juntas la mayor prisión para los pensamientos.
Ellas intentan diferenciarse, pero son casi todas dominadoras. Debemos imponer en nosotros mismos la capacidad de bondad y la libertad de desear siempre la felicidad del prójimo, sin distinción religiosa, política, de clase u otros prejuicios; cuando cada uno de nosotros crea en la libertad para acercarnos más al equilibrio entre el materialismo y el espiritualismo, cuando creamos que esta misma libertad nos ata solamente al amor, nos sentiremos más libres.
Lo que de veras importa no es la presencia o ausencia de religión, sino la especie de religión. Y saber si la religión elegida contribuye realmente al desarrollo de los potenciales humanos o, por el contrario, a su paralización. La verdad es, cuando se trata de religión, que éstas deberían modernizarse para contribuir más a la evolución humana. Quedarse sólo en leer lo que pasó no va a ayudar demasiado en este sentido.

Incluso aunque parezca curioso, y los intereses del religioso muy devoto y del liberto sean muy diferentes, ambos se concentran en lo que concierne a las diferencias sobre la libertad. El teólogo investiga los postulados específicos, tanto de la suya como de las otras religiones, porque se preocupa por la verdad de su creencia en contraposición a las otras. Del mismo modo, el liberto está interesado en el contenido de la religión porque es importante para él conocer la actitud emocional que se revela en la religión y cuáles los efectos positivos y negativos que determinada creencia ejerce sobre el ser humano. El liberto, en suma, se preocupa no sólo del análisis de las raíces que atañen psicológicamente a cada ser humano; para éste, las religiones pueden cambiarle la vida a cualquiera, aunque se pregunta si se la cambian para mejor o para peor.
No debemos vivir tan sólo de la historia, hemos de escribir nuestra propia historia con los buenos ejemplos dejados por nuestros iluminados antepasados, no como religión, sino como arte de vivir.

BNN


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