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Felicidad

por WebMaster em STUM WORLD
Atualizado em 30/01/2013 16:01:05


por Nelson Sganzerla - [email protected]

Traducción de Teresa - [email protected]

No soy dado a la nostalgia, pero para hablar de felicidad tengo que remitirme al pasado en los tiempos de mi niñez.

En aquel entonces yo no me preocupaba por cómo encontrar la felicidad, o por el camino que me llevase a ella. Era sólo despertar, pasar el día jugando y luchar contra el sueño por la noche, cuando había visitas en casa y hacíamos de todo para llamar la atención.

Recuerdo cómo yo era feliz sin saber lo que era la felicidad, sin saber qué era la tristeza; claro que el dolor ya lo conocía, pues un día me cayó sobre el pie un tiesto de cemento pesado, y allá se fueron todos mis deditos y cómo lloraba yo; aunque, pasado el susto, ya estaba yo feliz nuevamente, a pesar del pie escayolado.

Cierto día, en una mañana de diciembre (era Navidad) – la costumbre era irnos a dormir sin ningún regalo la víspera, vencidos por el sueño; cuando desperté y vi al lado de mi cama una esplendorosa bicicleta, el sueño de todo chiquillo aspirante a hombre.

En aquel entonces, tener una bici era tener el poder en los pies, era poder ir de un barrio al otro, ir hasta la mercería o hasta la tienda a buscar el pan y la leche y quedarse con la vuelta, era ir rápidamente a casa de la tía a llevar un recado de la madre; las aceras eran anchas y los coches no iban conducidos por asesinos potenciales.

Pero, volviendo a aquella mañana de domingo, cuánta felicidad por una bicicleta, tanta era la
felicidad por el maravilloso regalo que no pude siquiera esperar al desayuno. Enseguida estaba yo enseñando mi regalo al mundo, como si al mundo le importase mi alegría.

Hoy, recordando mi infancia, he podido cerciorarme de que, además de la bicicleta, tuve otros regalos y otros muchos momentos felices; como cuando me regalaron mi primer perro y otros varios que tuve con el tiempo (Jimmy, Perí o Boby). Vinieron también los gatos, la tortuga que me dio mi abuela, de tanto que le insistí, el conejo que hice comprar a mi madre en una feria, sin contar los pececitos que se morían después de una semana de total descuido.

No recuerdo ningún momento infeliz. Claro que había los momentos del castigo de no poder ir a casa de Tito, de Daniel (grandes amigos de infancia) pero, pensándolo bien, no eran momentos tristes, porque ellos venían a casa y jugábamos en mi patio; sí, en aquel tiempo había patio y era bien grande, o es que era yo el muy pequeño.

Tiempos de niñez, tiempos dorados, tiempos que nuestra memoria a veces nos deja olvidar, pero son tiempos que deberíamos recordar siempre, pues las más de las veces éramos felices.

Ahora, ya adultos, vivimos preocupados por el hoy y por el día de mañana. Ya no nos permitimos partirnos de risa como cuando éramos niños, no dejamos que ese chaval que está en nosotros nos conduzca como hacía en el pasado.

El adulto ha tomado la delantera y ya no logra tener ni un tercio de la felicidad de la niñez. El rostro marcado por los rencores y las amarguras cristalizadas, las manos pesadas y cerradas por el egoísmo, los hombros cargados y curvados como si llevase un fardo: la propia vida.

Hoy, de nuestra niñez a los días presentes, ¿cuántos años han pasado? Veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, setenta… es muy poco ¿no? ¿Cuántos más tendremos por delante? Qué lejos estamos del niño que somos… sí, eso mismo, somos, pues aún estamos vivos y ese niño sólo está adormecido dentro de nosotros.

Piensa en ello.
Mucha paz.


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