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Habla menos y escucha más


por Nelson Sganzerla - [email protected]

Traducción de Teresa - [email protected]

Hay una frase que ya deben conocer todos, pero no cuesta recordarla:
“La palabra es Plata y el silencio es Oro”.

Siempre tenemos la manía de dar opinión por todo y sobre todo cuanto nos rodea; no es que eso no sea bueno, al fin y al cabo es indicio de que estamos atentos y en antena hacia todo lo que pasa a nuestro alrededor.
Pero me refiero a aquellos que gustan un poquito (y aquí estoy siendo generoso) de hablar de la vida ajena, de la vida de personas a quienes la mayoría de las veces ni siquiera conocemos bien y que tenemos la costumbre de prejuzgar.

Somos los maestros en tener la solución para el problema de los demás; hablamos siempre con mucha propiedad sobre aquello que deben hacer las personas de nuestra convivencia para resolver determinados problemas, en comentarios del tipo de:
- Pero si él (ella) es así, es porque no entiende que en esa situación debería proceder de tal manera...
- ¿Cómo puede una persona pasar por tantas humillaciones y permanecer tan indiferente y no reaccionar frente a la vida?
- ¡Yo no hubiera soportado esa relación ni siquiera un mes, imagínese durante años!
- Él está teniendo todo lo que merece, al fin y al cabo nunca ha hecho nada por mejorar...
- ¿Has visto que pinta tiene? No sé yo...

Hablamos demasiado, hacemos comentarios maldosos y llenos de prejuicios; nos consideramos con derecho a opinar sobre la dieta de nuestro compañero de trabajo; sobre el modo en cómo conduce la educación de su hijo; de las medicinas que toma e incluso de la manera que tiene de vestirse y aún de la música que le gusta escuchar; dime ¿no es así?

Aquella típica conversación en la trastienda de la oficina, ya por la mañana:
- Has visto? ¡Ella ahora no sale del despacho del jefe!
- Él no se mezcla, solo almuerza con el personal de gerencia...
- Él nunca hace nada y está siempre bien.
- ¿Has visto, qué ridícula ropa trae ella?

El otro día me llamó la atención una persona hablando en voz alta en el restaurante donde yo estaba, parecía indignada y llena de críticas para con los brasileños que viven en el Líbano y se resisten a dejar el país, incluso con las bombas israelíes cayendo en el patio de su casa.

Será que ha llegado a pensar en que las personas hacen la vida en otro país, después de mucho luchar construyen una familia, crean vínculos (trabajo, escuela de los hijos, negocios del marido) y, de repente, sin más ni más se ven obligados a dejar todo atrás. Por más evidente que sea, ¿será fácil tomar una decisión como esa?
Pero las personas se indignan con las decisiones que son de otros, con las decisiones que no les conciernen.

Me parece que hay una conmoción que envuelve el mundo a través de la prensa, y hace con que no logremos enfocar la atención en nuestra vida, en nuestro mundo, en el mundo de cada uno de nosotros.
Basta que algún reportero nos ponga un micrófono y una cámara delante y salimos por ahí hablando lo primero que nos viene a la mente.

El otro día, vi a un reportero en la TV preguntar a un chiquillo que había perdido a su padre en una ccidente aéreo, qué era lo que sentía... ¿Haría falta ser adivino para saber cuál sería la respuesta?
O entonces, en casos en que el sujeto ha sido pillado en flagrante delito, y el reportero le pregunta si él realmente ha cometido tal delito... Será que la respuesta podría ser:
- Sí, realmente he cometido ese delito, por tanto, soy culpable y merezco estar preso...
Hablamos demasiado, preguntamos cosas obvias que no son relevantes.

El momento por que pasa el mundo es de hablar menos y escuchar más; momento de permanecer de oídos atentos a lo que está sucediendo en torno a nosotros... Y están pasando muchas cosas... No hay más que prestar atención, escuchar mejor a nuestro corazón y al de las personas a nuestro alrededor...

Claro que no podemos, en forma alguna, ser escépticos en relación a los problemas del mundo. Me incomoda muchísimo ver la noticia de un peligro extremo del terror internacional, como la amenaza de las bombas líquidas; me afecta ver nuestro país a la deriva en un mar de basuras, con un elevado índice de desempleo; la ciudad asustada, al ver los autobuses quemándose en las periferias.

Pero no sirve de nada salir por ahí profiriendo discursos y bravatas (esta palabra la escuché de un político); no es solución considerar que tenemos la respuesta para problemas tan complejos, solo con palabras; las propias autoridades ya lo hacen, terminan acusándose en red nacional y nada resuelven.

No podemos acomodarnos ni ponernos a pensar que un día todo se resolverá sin alguna actitud factible, pero arrojar palabras al viento solo hará aumentar la cantidad de hierbas dañinas en la tierra.

Seamos discretos en cuanto a nuestros comentarios, aunque sea una observación aparentemente sin importancia...
Recordemos: las palabras son semillas, ¡por eso hemos de tener mucho cuidado al sembrarlas!

¡Pensad en esto!
Mucha Paz


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