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La Imagen y la Semejanza


Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

Cuando leemos en el Génesis, el primero de los libros que componen la Biblia, que Dios hizo el mundo a su imagen y semejanza (*), nuestra más inmediata reacción es imaginar una forma humana para Dios.
Y esto nada tiene de equivocado, toda vez que Jesucristo – Su Hijo muy amado, como atestiguan los cuatro Evangelistas – era un hombre de carne y hueso, nacido de mujer, como cualquiera de nosotros.

Mi intención hoy no es cuestionar la Biblia, ni los Evangelios. Quiero apenas reflexionar un poco acerca de esa perturbadora afirmación de que nosotros, los seres humanos, somos – o mejor – hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios.
Ciertamente existe, en cada individuo, por más despreciable, miserable e indigno que él nos parezca, una imagen de Dios, un destello de la divinidad en acción.

Frecuentemente nuestros mentores y maestros nos afirman que, sin ella, no seríamos siquiera capaces de respirar. Y toda la tradición espiritualista, en cualquier religión conocida, confirma que la respiración es la primera de todas las manifestaciones de la vida, la primera acción del espíritu, cuando éste actúa sobre la materia.

La imagen de Dios en cada ser vivo, esa consciencia de Dios individualizada, es el aspecto que conocemos como Yo Superior, un desdoblamiento nuestro que habita la séptima dimensión, aquella parte de nosotros que vibra en su estado más puro, libre de cualquier perturbación.

Cualquier ser humano, sea cual fuere su grado de adelanto, puede, en momentos de profunda sintonía con el Universo, reconocer el Yo Superior de otro Ser Humano, o manifestar la estampa de la Divinidad en sí mismo.

En esos breves momentos de sintonía, cuando la divinidad se manifiesta en nosotros, tenemos la seguridad de que somos seres iluminados, nos sentimos plenos y totalmente realizados, nuestro mundo parece perfecto, completo, y el planeta Tierra nos parece el mejor lugar para estar y vivir.

Si intentamos acordarnos de esos momentos mágicos, de cómo nos han sucedido, percibiremos que han nacido de una inmediata y profunda identificación.

Lo más común es que esa identificación ocurra con otro ser humano, a quien nos sentimos ligados profundamente; pero también puede tener lugar con otro ser vivo cualquiera. Lo importante es que ella se irradia, se expande, hasta que nos sentimos ligados a todo cuanto existe a nuestro alrededor.

Cuando somos críos, esos momentos de identificación suceden con nuestros padres. Más tarde, con algunos amigos. En la edad adulta, esa identificación tiene como principal canal la actividad sexual y adquiere el extraño nombre de pasión, para después encontrar su plenitud cuando miramos el rostro de nuestros hijos.

Esa profunda identificación tiene lugar cuando reconocemos en otro ser humano la misma imagen divina que existe en nosotros. Miramos para él y vemos, con absoluta claridad algo que merece ser reverenciado como la propia esencia de la vida, como el principio de la creación.

Cuando miramos para el otro y observamos esto, reconocemos la semejanza entre él y nosotros. Incapaces que somos de reconocer y venerar la presencia divina que habita el templo de nuestros corazones, no conseguimos resistir cuando la atisbamos en el otro y, aunque en espíritu, doblamos nuestra rodilla ante esa increíble y fascinante visión. Aunque esos momentos de veneración sean breves y pasajeros, quedan grabados en nuestra memoria para la eternidad. Son momentos de iluminación que trascienden el karma y modifican radicalmente la vida de una persona.

Frecuentemente vemos personas que describen esos momentos con el pesar de quien ha tocado alguna cosa mágica, que jamás podrá ser revivida en todo su esplendor.
Muchas de esas personas se fijan en el dolor de la pérdida de esos momentos para justificar la falta de sentido de la vida y su aparente finitud.

No obstante, hay siempre alguna otra forma de interpretar un fenómeno.

Esos momentos de iluminación están para demostrarnos que lo trascendental existe, y puede ser tocado, sentido, vivido por todos, y por cada uno de nosotros.
Ellos nos demuestran que la divinidad está mucho más cerca de lo que creemos, y que la íntima convivencia con nuestros semejantes, seres humanos, animales, vegetales o cosas, puede ser el camino más corto para llegar al Corazón de la Creación.

Encarar todo lo que existe como un espejo.
Reconocer en todas las imágenes la divina semejanza.
Admitir que somos todos uno.
Este es el camino para transformar momentos de iluminación en una eternidad de Luz.

(*) Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y domine sobre los peces del mar y sobre las aves de los cielos, y sobre el ganado, y sobre toda la tierra, y sobre todo reptil que se mueve sobre la tierra. 1:26.


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Maria Guida é
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