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¡LA LUZ VIENE DE DENTRO!


por Christina Nunes - [email protected]

Traducción de Teresa - [email protected]

Las pláticas de evangelización de los jueves del Sr. Antonio Plínio, recordado presidente de la Casa Ramatís, sede de Río, arrollaban. Eran inolvidables para cuantos de hecho se veían imbuidos por el mensaje contenido en la Codificación Espírita según sus postulados, contenidos en una de sus obras básicas y pilares, El Evangelio Según el Espiritismo.

Esas pláticas, que hasta hoy perduran bajo nuevas directrices, constituyen la espina dorsal del todo en el tratamiento espiritual dispensado por la monumental Casa Espírita situada en un barrio de la zona norte de Río de Janeiro, y son consideradas indispensables para la continuidad de los trabajos en favor de la salud espiritual y física -¡por este orden!- ya que beneficio alguno de orden orgánico es posible sin el debido reajuste en la fuente generadora de los problemas, invariablemente situada en una gama incalculable de equivocaciones de procedencia íntima para ante el repertorio anterior de nuestras vidas.

Las pláticas, como se ha dicho, arrollaban. Sin embargo, preciso es que se mencione, no había una en que el Sr. Antonio no observase la peculiaridad de la presencia solamente de cuerpo en un gran número de personas, ¡en ausencia flagrante y total de espíritu! Del mismo modo que, en la oscuridad azulada y reconfortante del ambiente del salón de conferencias, ante los temas palpitantes y -¡dígase!- nada aburridos en cualquier tiempo, abordados bajo gran inspiración del conferenciante – ¡muchos dormían como angelitos!

A veces el Sr. Antonio los amonestaba, pero la mayor parte de las veces no. No obstante, señalaba con acierto que, si de aquella rebosante platea el diez por cien aprovechaba debidamente el contenido de la plática, ¡ya sería mucho! Porque la mayor parte allí comparecía con el único propósito de rellenar en su cartón de tratamiento el número necesario de jueves para que se alcanzase el nivel siguiente – y el más anhelado, en sí, que les comparecía al entendimiento como una especie de período mágico, ¡durante el cual los espíritus, milagrosamente, según suponían, resolverían, sin trabajo alguno por su parte, todos sus problemas, a través de las sesiones de desobsesión, de pases, de anti-goecia, cura y cromoterapia!

¡Lamentable engaño, en el cual, es preciso decirlo, una gran suma de personas que buscan el Espiritismo incurren siempre!

Sin embargo, nunca estará de más repetir, para esos casos, el adagio sublime de Jesús, al mencionar, hace mucho tiempo, que el árbol se da a conocer por los frutos. Es grande el número de aquellos que buscan el mensaje esclarecedor de la Espiritualidad acerca de las realidades mayores de la vida que nos aguardan eternidad afuera. Imprescindible, con todo, la conciencia de que el conocimiento del mensaje, en sí, no basta para sanar todos los males que afligen el alma humana desde su largo recorrido evolutivo. ¡Menos aún para franquearle el acceso a los lugares privilegiados del mundo espiritual tras el paso terreno! Lo principal no reside en eso: reside en la comprensión aliada al esfuerzo propio de sintonizarse a sí mismo, en cada lance cotidiano, de acuerdo con la nueva noción de responsabilidad que la verdad mayor acerca de nosotros mismos exige.

Asistimos diariamente en el noticiero a reseñas repetitivas y alarmantes acerca de jóvenes que mueren estúpidamente en fiestas como resultado de la violencia y del uso autodestructivo – ¡diría mejor, suicida! – de estupefacientes. Cada semana, las evidencias contundentes de los efectos del odio, de la intolerancia, del desgobierno en el cual anda sumergida la humanidad, imperan, soberanas, en los acontecimientos del día-a-día en todos los rincones del orbe terreno. Y de eso, ¿qué cosa se desprende, nítida, sobresaliendo de toda deducción posible? El dominio pleno de la falta de noción del valor de la Vida, y del desamor, aún soberanos en nuestros días, determinando conductas, prioridades y el establecimiento de una escala de valores funesta y desvirtuada, ¡que a nada conduce no siendo al desastroso panorama de tedio y falta de objetivos dignos, que orienta en gran número a nuestros jóvenes y a toda la humanidad!

De nada sirve, por tanto, cualquiera que fuese el camino religioso o filosófico elegido, el simple gesto, vacío de significado, de buscar el auxilio de lo más Alto, esperando que resuelva por nosotros los problemas por nosotros mismos creados y que nos exigen responsabilidad y madurez para asumirlos y solucionarlos. De hecho, no serán los pases o las sesiones de desobsesión, en el ámbito del Espiritismo, lo que solucionará a contento los desajustes residentes en primer lugar en nosotros mismos, y en nuestro milenario modo equivocado de reaccionar frente a los desafíos propios de nuestro crecimiento – desajustes cuyo clima extremo de desasosiego de nuestra sociedad refleja los efectos, y los resultados de lo que debe ser sanado, antes de nada más, en nuestro íntimo. Y no a través de fórmulas instantáneas o de pases de magia, o de oraciones entonadas sin el menor eco en nuestro modo de ser. Ni siquiera con el concurso benéfico y siempre generoso de nuestros orientadores desencarnados.

Como menciona el adagio, el árbol siempre se dará a conocer por los frutos; y los frutos son el resultado lógico de la esencia valiosa o gangrenada del árbol. ¡No hay a donde apelar! Y es, por tanto, en este contexto, donde las charlas de evangelización de la Casa Espírita, cuando bien asimiladas, según las directrices preciosas del mensaje de la Espiritualidad, nos valen más que cualquier otra etapa del tratamiento espiritual dispensado; para que, al encender la fuente de nuestras luces íntimas propiamente dichas, alcancemos ya la fase siguiente a la menos lúcida, y empeñados en la única profilaxis eficiente a favor de nuestro progreso en dirección a los contextos más felices de la vida: un estado de consciencia plena en que se vive armonizado con la noción sagrada del respeto por la vida como un todo y, consiguientemente, por la vida de nuestro prójimo ¡y en todo lo demás que nos rodea!

Somos, pues, como lámparas, y toda la luz posible solo se irradiará proveniente de dentro, de nuestra propia fuente – siempre que, como ocurre con la lámpara, nos sintonicemos con la fuente mayor generadora de la Luz. Y tan solo a nosotros mismos corresponde la conexión de esta Usina primeva e imperecedera, aprovechando los recursos bienvenidos de los innumerables caminos disponibles, que funcionan como los enchufes de que echamos mano teniendo en vista nuestro despertar más rápido hacia las maravillas excelsas y adormecidas en nuestro interior, ¡desde siempre refulgentes en el propio cierne de la Eternidad


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