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La mentalidad de la esclavitud aún existe


Autor Leandro José Severgnini - [email protected]

Traducción de Teresa - [email protected]

San Francisco de Asís fue un ejemplo de compasión para con los animales. Mejor dicho, él fue ejemplo de ser humano en todos los aspectos posibles. Es impresionante percibir que de todos los individuos que han venido a marcar alguna diferencia en este mundo, ninguno de ellos ha sido indiferente al sufrimiento de los animales. Además de Francisco de Asís, encontramos a Gandhi, Pitágoras, Schweitzer, Chico Xavier, Da Vinci, entre otros.

Pero en el extremo opuesto está la gran masa humana, que aún no se ha abierto a la compasión, y se muestra cegada por los instintos inferiores, principalmente el deseo egoísta de dominar a otros seres. Así ha sido hasta períodos recientes, en que el “superior” dominaba y se aprovechaba del “inferior” negro africano. Éste era visto por aquél como un simple objeto, una mercancía, un ser sin alma que había sido creado por Dios con el propósito único de servir al hombre blanco. Tratándose de simples mercancías, obviamente unos tenían más valor que otros, dependiendo de sus características. Los machos fuertes y jóvenes eran un excelente negocio. A medida que eran usados y perdían su vitalidad, automáticamente iban perdiendo su valor. Algunos enfermos, heridos o viejos eran descartados, a fin de cuentas, ya no servían para nada. ¿Alimentación? Sólo la necesaria para continuar rindiendo en el servicio, y hasta el límite de no causar perjuicios.

Los derechos humanos han avanzado y hoy esas prácticas se miran como criminales, pudiendo castigarse con la cárcel. Esto, por desgracia, no significa que la humanidad haya purificado sus sentimientos. El crápula de otros tiempos, impedido de exteriorizar su crueldad con sus semejantes, ha encontrado un nuevo objetivo: ¡el reino animal! La psicología de la explotación criminal sigue siendo la misma – los animales son criados para el trabajo que debería hacerse con máquinas, y los más fuertes valen más. Algunos nacen con déficit de salud, pero no se les mata, todo lo contrario, se les atiborra de hormonas y medicamentos. Sus vidas son salvadas, pero ¿para qué? Para ser útiles en el trabajo esclavo. Algunos animales domésticos son más afortunados. Digo “algunos” porque para ser considerados afortunados han de tener cierto pedigrí; han de ser fuertes para cuidar de las casas, tiernos para recibir algún cariño y ser de alguna raza específica para tener algún valor – vender animales de raza es inclusive una estupenda fuente de ingresos, ni siquiera es necesario buscar algún empleo digno que sirva a propósitos humanísticos. Mala suerte para los perros que no sean de raza, que Dios se compadezca y les envíe en su camino a algún “chalado con caprichos revolucionarios” para salvarlos. Sin contar los que acaban convirtiéndose en inocentes platos con finalidades falazmente nutritivas. Animales exóticos sirven de adorno en zoológicos, se convierten en abrigos de pieles, zapatos, carteras y “animan” eventos… Sus vidas son muy insignificantes, ¿no es cierto?

¿Serán coincidencia esas dos situaciones? ¡Lo dudo mucho! A fin de cuentas, tener compasión nunca estuvo de moda. ¿Sensibilidad? ¿Dolor? ¿Sufrimiento? ¿¡A quién le importa!? Como dicen algunos, “son elecciones y todo individuo tiene derecho a elegir lo que le parezca mejor”, siempre que, claro, no tengan un rabo, plumas, escamas o alguna otra característica que los haga “inferiores” ante el gran dominador humano que, de tan inteligente, sabe incluso hacer vídeos graciosillos o chistes que intentan ridiculizar la piedad de aquellos que han aprendido a ser menos egoístas.

En el apartado compasión, la humanidad aún no ha evolucionado un ápice en los últimos siglos. Continuamos esclavizando sin escrúpulo alguno, pese a todos los conocimientos que demuestran que los animales son seres que sienten y, obviamente, parientes cercanos nuestros.
Mientras que el hombre no aprenda el valor de la compasión y de la empatía incluso con el menor de los seres, no podemos albergar la ilusión de que vaya a respetar a su semejante. Y mientras eso no suceda, el juego del ego y del poder ciertamente hablará más alto.


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