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La palabra tiene poder


Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

Son las 6 de la mañana y acabo de hacer mis diez minutos de meditación, pidiendo al plano superior inspiración para escribir este artículo. En este momento oigo, mentalmente, las palabras de mi querida amiga Ingrid Dalila Engel – numeróloga, psicóloga, psicoterapeuta (que también colabora alguna que otra vez en este site) – una de las profesionales que ha venido iluminando mucho mi andadura con su extraordinario don de desvendar con mucha sabiduría, paso a paso, nuestra trayectoria en el campo estrellado de nuestra existencia – “la palabra tiene poder. Y este poder exige de nosotros una extrema responsabilidad en el uso que hacemos de ella.”
Ahí está, pensé. Un bello tema para escribir el artículo que tengo que enviar aún hoy a Sergio y Rodolfo, los dos Merlines que pasan horas y horas creando este site para ti.

Sé que muchas veces he usado la palabra de forma leve, relajada, sin intención de hacer daño u ofender. Y eso era muy corriente en mi vida de publicitaria trabajando en el departamento de creación, en el cual las personas son regiamente pagadas (o lo eran) para manipular las ideas y las palabras con una finalidad que, para mí, en aquellos años de poca consciencia, no tenían la intención de perjudicar al ser humano.

Claro que vamos evolucionando, adquiriendo consciencia y sabiduría y, al mirar hacia atrás, no resultamos demasiado contentos con algunos de los caminos que hemos recorrido. Y esta mirada muchas veces nos trae culpas, o aquella sensación amarga de que podríamos haber sido mejores y más responsables en aquella situación o en aquel discurso. Sin embargo ¿quién no ha cometido errores en esta vida? La cual, a fin de cuentas, es tanto más productiva cuando aprendemos con nuestros errores y damos otro paso más en el camino de la iluminación. O sea, los errores pueden también formar parte de los peldaños de la escalera que nos conduce al Gran Acierto.
Todavía hoy resuenan en mi mente eslóganes de productos o servicios que he oído en mi primera infancia y que, posiblemente, han creado “verdades” que están impresas en el más profundo archivo de mi mar profundo.

Me acuerdo también de las misas de domingo a las que íbamos con toda la familia y permanecíamos callados escuchando la homilía del cura, que subía al púlpito y hablaba a todos de forma dura, represiva y severa, creando en la mente de cada fiel imágenes de miedo, de alejamiento del placer y, sobre todo, de castigo y punición.
En aquellos tiempos los curas no utilizaban los recursos modernos que dan aún más fuerza a la palabra. No había músicos, películas o animaciones en la iglesia. El discurso estaba enteramente sustentado en la fuerza y en el poder de las palabras. Y, ciertamente, con la ayuda de las imágenes colocadas en los altares, donde veíamos a mártires y santos con lanzas clavadas en el corazón, coronas de espinas en la cabeza, suspiros de dolor y sufrimiento resbalando por el surco de los ojos.

Las palabras pueden herir y marcar profundamente nuestra alma.
Me acuerdo como si hubiese sido hoy. Tendría yo cinco o seis años cuando mi padre se puso seriamente enfermo y marchó a Sao Paulo para hacer un largo tratamiento. Nos quedamos con una tía, hermana de mi padre, a quien yo adoraba, y que era muy devota de Nuestra Señora.
Una mañana (ciertamente tras haber tenido noticias de la salud de mi padre) ella sugirió con su voz ronca:
- Recoge unas rosas del jardín y ve a colocarlas en el altar de Nuestra Señora. Y pídele que ayude a tu padre.
Yo había sido condicionada para obedecer a los mayores. Por tanto, las palabras de esta querida tía sonaban como una orden.
Recogí las flores, fui a pie hasta la iglesia, subí al altar para alcanzar el jarrón y estaba colocando las rosas con cierto esfuerzo, cuando surge el sacristán – hombre alto y fuerte – que dice en tono de amenaza y rigor: - Tú ¿estás robando o colocando las rosas en este altar?
Llevé un susto tan grande que solté las rosas en el aire y salí corriendo, llorando, temblando de miedo y me fui a mi cuarto, donde permanecí encerrada durante algunas horas.
Nunca he contado esta historia en casa. Pero hasta hoy, siento un temblorcillo en el alma cuando entro en una iglesia y miro para el altar de Nuestra Señora. Y oigo literalmente las palabras de aquel hombre que, seguramente, ha quedado grabado en mi alma como un perseguidor malvado y cruel que he debido proyectar en muchas situaciones de mi vida.
Claro que él, en aquel momento, no consideraba estar haciendo nada equivocado. Como vigilante de la iglesia, estaba tan sólo cumpliendo su obligación de guardián.

Al igual que algunos padres que, pensando desempeñar ese mismo papel, llaman burros, incapaces, pesados, llorones, cobardes, inútiles, débiles, a sus hijos, utilizando muchas veces expresiones que marcan una vida, tales como: “si no dejas olvidada la cabeza es sólo porque la llevas pegada al cuello”, “vas a llorar lágrimas de sangre sobre mi ataúd”, “vas a volver y me pedirás perdón de rodillas”. Y así en adelante.
Palabras que hacen frases que deshacen vidas. Vidas que a veces no bastan para limpiar del alma la marca y las escenas en que estas palabras han sido pronunciadas.
Por tanto, apreciado lector, vigila con atención y cariño tus palabras. Ellas pueden herir y marcar para siempre.
Para el mal. Y para el bien


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Palavra tem poder




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Izabel Telles é terapeuta holística e sensitiva formada pelo American Institute for Mental Imagery de Nova Iorque. Tem três livros publicados: “O outro lado da alma”, pela Axis Mundi, “Feche os olhos e veja” e “O livro das transformações” pela Editora Agora.
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