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La vida ya se te ha dado, falta saber qué vas a hacer con ella


por Nelson Sganzerla - nelsonsganzerla@terra.com.br

Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

Todo cuanto necesitamos, para una vida repleta de éxito y bienaventuranza, ya nos acompaña desde nuestro nacimiento. El primer cachete que recibimos da comienzo a nuestra existencia aquí en el Planeta Tierra.
El primer suspiro, el primer flujo de aire que entra pulmón adentro, es la vida fuera de la protección del vientre de nuestra madre.

Comienza nuestro contacto con el mundo de la materia. El mundo de las imágenes que aún no podemos formatear en nuestra mente, el mundo de las palabras que escuchamos y cuyo significado no entendemos todavía.

En ese menú de experiencias nuevas, percibimos la necesidad de mantenernos presentes y con cierto confort. Pasamos a sentir el calor del cuerpo materno, el olor de los ambientes y nos deparamos con nuestra primera carencia, la necesidad de la alimentación.
Ávidos, buscamos el seno materno para saciar nuestra hambre, aunque no comprendamos todavía su significado; una vez saciada, nos relajamos, entregándonos a un sueño pleno y reconfortante, arrullados con seguridad y mucho cariño al son de la primera nana.
Todo esto se nos da de manera incondicional, a través de nuestra madre, por un período de seis meses o incluso más, y puedes creerlo: todo eso viene de Dios. Él nos provee de todo aquello que necesitamos.

Lo único que aprendemos a hacer durante ese período es llorar. Aprendemos que con nuestros llantos somos atendidos en nuestras necesidades. Empezamos así a percibir la fuerza que tiene nuestro llanto; y siempre que procedemos de ese modo somos atendidos y nuestra necesidad de alimento es suplida perfectamente. Descubrimos así el primer paso para que nuestras necesidades básicas sean atendidas plenamente.

Con el tiempo, nuestras prioridades en la vida tienden a aumentar, aprendemos que a través del llanto siempre somos atendidos cuando queremos algo que no está a nuestro alcance. Empezamos, entonces, a descubrir las maneras de conseguir lo que se quiere; cada vez que lloramos, dependiendo de la intensidad seremos atendidos prontamente, a veces un llanto más fuerte da un excelente resultado.

En esa fase, empiezan a prevalecer nuestra voluntad, nuestros deseos, nuestra ira, cuando no somos atendidos al momento, hasta el punto de echar mano de los famosos berrinches que vemos en algunos niños en plena calle, ante los ojos de la madre, que no sabe qué hacer con el chiquillo, nervioso, debatiéndose en el suelo.

Pues bien, en ese momento es cuando nuestro ego empieza a hacerse dueño de nuestra existencia y nos volvemos egoístas e interesados. Pero claro, hay un lado bueno en nuestro ego, al fin y al cabo a menudo hemos de aprender a defendernos de situaciones en la vida, lo cual de otro modo no haríamos.

Pero el punto es:

Desde el principio de nuestra existencia aquí en el Planeta Tierra, todo nos es dado para que prosigamos en nuestro recorrido construyendo una vida plena de paz y felicidad, y sin embargo, por el contrario, creamos nuestra propia miseria, cuando somos guiados por el odio, por la envidia y por el mal que hacemos a nuestros semejantes, todo conducido por nuestro egoísmo, que por medio del ego nos vuelve ciegos.

Construimos nuestro infierno aquí y ahora y no percibimos que con cada acción surge una reacción para lo que hacemos, y principalmente para lo que pensamos. El mundo está como está no por culpa de la furia de un dios punitivo, pues el verdadero Dios, ese no pune, ese no falla en atender a sus hijos, ese nos concede la vida plena y todo cuanto necesitamos para ser felices.

De manera inconsciente, y llevados por el impulso del ego, dejamos poco a poco aquel crío que habita en nosotros y empezamos a caminar por el erial de la vida adulta, llena de subterfugios, prejuicios, falsedades, intolerancia, ambición y una codicia desenfrenada, por propósitos y valores que consideramos acertados. Pasamos así a tener una vida infeliz por nuestra propia culpa y, de paso, echamos la culpa a terceros por nuestra propia desdicha.
El hombre se condena a sí mismo a vivir en un mundo de atrocidades, de miseria, de guerras y de catástrofes que son causadas por su propia ambición, dominada por su ego. Todo eso está causado por el pensamiento vil de los hombres; todo lo que paira sobre nuestras cabezas es resultado de la energía canalizada por el poder desenfrenado, que solo genera odio y venganza desmedida. Cuanto más se tiene, más se quiere y lo conseguido se vuelve efímero, los deseos insaciables… y nunca ese ciclo vicioso llegará al fin.

De este punto surge todo el mal existente en la humanidad y la ceguera pasa a conducir al hombre a donde éste no tiene ninguna noción o idea del mal que se causará a sí mismo y a los que le rodean. Se vuelve inseguro, con un sentimiento de fracaso que va a contaminar el medio en que vive.
Esa situación no viene dada por Dios. Esa situación está creada por el propio hombre, en la Tierra, el único responsable por todos los males de la humanidad, inclusive por los males de salud, provocados por epidemias contraídas, que abarrotan los lechos de los hospitales y matan a cientos y miles de personas. Todo ese mal está provocado por el pensamiento humano, todo es energía y vibración manifestada y materializada por nuestro propio subconsciente.

Puedes creerlo, la vida te ha sido dada y, a partir de ahí, eres tú quien la comanda, por medio de las experiencias a que la propia vida te conduce. Todo está determinado por tus actos y por tu pensamiento, para bien o para mal y todo retornará a ti en la misma proporción. No te equivoques considerando que el tiempo borra tus acciones. Si haces el bien recibirás el bien; como contrapartida, recibirás también el mal si así lo hicieres.

Trata siempre de ser aquel niño que al nacer fue provisto por Dios de todo lo que necesitaba para vivir, aliméntalo internamente con pensamientos nobles, con sentimientos de bondad, sea cual fuere la edad que tienes, haz de esa criatura un niño (a) presente en tu vida. Como un niño, descubrirás qué hacer con la vida que te ha sido dada y ciertamente conocerás el reino de Dios, aún aquí en la Tierra.

Piensa en ello…


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