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Las dos fuerzas: la Luz y la Sombra


por Mauro Kwitko - [email protected]

Traducción de Teresa - [email protected]

Todos venimos de la Luz y fuimos puestos por Dios aquí en la Tierra para que aprendamos el camino de vuelta a Él. Donde está nuestro pensamiento está nuestra sintonía y donde está nuestra sintonía de allí vienen nuestros pensamientos, es un camino de doble sentido. Difícilmente alguien llega a un nivel espiritual de mantener su pensamiento o, en verdad, la ausencia de él, permanentemente en la Luz. Los Maestros Espirituales aprendieron esa ruta y logran mantenerla en su día a día, en su vida. La inmensa mayoría de nosotros aún no lo consigue y gran parte ni siquiera sabe que eso es lo que se debe hacer.

En una sociedad todavía materialista, que valora prioritariamente lo terreno, lo material, lo visible, solemos enaltecer nuestro cuerpo, nuestro nombre y apellidos, insertos en un medio donde prácticamente todos se miran y se sienten así; donde lo exterior sobrepuja lo interior, el ruido sobrepuja el silencio, la correría se sobrepone al ir despacio; la ruta hacia nuestro Yo Verdadero, que se halla en la introspección, en la quietud, en el no-pensamiento, raramente se considera un camino deseable. ¿Por qué no? Ocurre que ese camino no trae status terreno, no trae riquezas materiales, no trae lujo, no trae victorias egoicas, y sí trae status espiritual, trae riquezas espirituales, trae la sensación de ser hijo de Dios, de ser un pacífico hermano, un fraterno ser igual a todos, de cualquier color, clase social o país.

Un ejercicio que practico cuando me acuerdo es el de dejar un rato lo que estoy haciendo, principalmente si estoy muy estresado, y mirar hacia el cielo. Me quedo mirando y pensando: "Es de allá de donde vengo y allá es a donde he de volver".
Pasado un tiempo, durante el cual llego a suspirar de alivio, vuelvo mi atención a la Tierra, hacia la vida cotidiana, y entonces todo está diferente, lo que antes me parecía tan importante desde el punto de vista emocional o existencial, ya no lo es tanto, y aquello que se me estaba olvidando, vuelve a mi atención. Y retomo mi vida con la agradable sensación de que dentro de unos treinta años me despediré de aquí y volveré a Casa y, entonces, debo aprovechar estas últimas décadas en esta vida actual, para evolucionar espiritualmente, ayudar a los demás, a la sociedad, a la humanidad y a nuestro planeta lo más que pueda, para que cuando me desprenda de mi ya descartado cuerpo físico y suba de vuelta, llegue allá con la agradabilísima sensación del deber cumplido.

Los Maestros Orientales nos enseñan que para aprender a vivir debemos pensar frecuentemente en la muerte, recordar que un día vamos a morir no como algo horrible o amedrentador, sino como el inevitable final de una jornada de algunas décadas por la Tierra, en que estamos para aprender a ser obedientes a Dios, a ser humildes siervos Suyos, a ser sumisos a Su voluntad. Un signo de inteligencia, raramente utilizado, es abrir mano del comando de nuestra vida y pasar esa función a nuestros Maestros Espirituales, que son intermediarios entre Dios y nosotros, o sea, están en contacto más cercano con Él y pueden, entonces, traernos Su paz, Su amor Su luz.

Una gran parcela de los seres humanos aún tiene la costumbre de dirigir su vida, de querer conducir sus pasos, sin darse cuenta de que ese comando está en manos de quien no tiene la menor capacidad para hacerlo: nuestro Ego. Ese es el representante de nuestra persona, la miope y casi sorda parte de nosotros, en las más recientes décadas de nuestra existencia, de los años pasados aquí en la Tierra en esta vez. ¿Cómo es posible que esa pizca de nosotros comande nuestra vida si no se acuerda de nada de nuestro pasado?
Todos nosotros tenemos, como mínimo, 500 mil años de vida, entonces no es señal de inteligencia entregar el comando de nuestra vida a nuestra persona que tiene, tan solo, 20, 30, 40, 50 o poco más de existencia. Un Yogananda, un Chico Xavier, un Dalai Lama, un Shrii Shrii Anandamurti, un Buda, un Jesús, y algún que otro ser superior que Dios ha enviado aquí a la Tierra para enseñarnos cómo sintonizarnos en la Luz, pueden entregar el comando de su vida a su persona, pues ésta es una fiel representante de su Yo Superior, sumisa, humilde y obediente. Pero la inmensa mayoría de nosotros no debería hacer eso, pues nuestra persona padece egoísmo y egocentrismo y solo piensa en sí y en los suyos, vive para sí y para los suyos, sin recordar que somos Uno solo, que todos somos hermanos, que si nos libertásemos de nuestra falsa visión que solo mira nuestras "cáscaras" y sus rótulos, percibiríamos que todos somos Luz.

Para sintonizarnos en la Luz, donde ya estamos y somos, debemos aprender a comandar nuestra persona, y a no ser manipulados por ella, a disciplinar nuestro Ego y a no estar sometidos a su voluntad, a comprender que nuestro pensamiento es la huella que nuestro Ego va dejando por donde pasa y muestra su nivel evolutivo: si estamos en el camino acertado o equivocado, si vamos hacia arriba o hacia abajo, si más adelante nos espera recompensa o arrepentimiento.


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