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LAS GRANDES CATÁSTROFES Y LA LEY DEL KARMA


por João Carvalho Neto - joaoneto@joaocarvalho.com.br

Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

Recientemente hemos asistido aterrados a la tragedia ocurrida con el vuelo 447 de la Air France, que culminó con la muerte de todos los pasajeros y la tripulación. Con independencia de las causas materiales o humanas, que están siendo objeto de estudio pericial, muchas personas se preguntan si hay causalidad o casualidad en las muertes colectivas de esa naturaleza.

Pese a que formamos parte de un país con predominancia de católicos, hay cierta familiaridad cultural con conceptos de otras filosofías religiosas, como el budismo y el espiritismo, abriendo espacios para convivir con la creencia en la reencarnación y en la denominada ley del karma.
Hace pocos años, para sorpresa de muchos, en una encuesta hecha por una revista de amplia difusión nacional, se obtuvo el dato de que el 82% de la población brasileña simpatizaba con la idea de la reencarnación. Y eso no es de extrañar, incluso en lo que atañe a su consecuencia principal que es la ley del karma. Cuántas veces habremos oído a personas que no son adeptas del budismo, del Espiritismo o de filosofías espiritualistas, intentando explicar acontecimientos de sus vidas con frases tales como: “¿Qué habré hecho yo en otra vida para merecer esto?” o bien “En otra encarnación tuve que hacer algo muy malo para merecer esto”. Tales afirmaciones denotan la profundidad con que esos conceptos se han venido arraigando en el imaginario de nuestra cultura popular, confirmando el aforismo que dice “donde hay humo puede haber fuego”. Corroborando esa tendencia, las ciencias han venido encontrando evidencias fortísimas sobre ella y no pocos programas periodísticos han venido documentando acontecimientos a su favor.
En lo que atañe a las grandes catástrofes que afligen a la humanidad, como la del vuelo 447 de la Air France, se tiende a pensar que todos aquellos que allí murieron tenían una historia pasada que justificaba esa clase de muerte, o sea, ellos no estaban allí por casualidad, sino porque necesitaban morir de aquella manera.
¿Será cierto eso?
Desde mi punto de vista, la ley del karma es una tesis más que confirmada por todos aquellos que militan con Terapia Regresiva de Vidas Pasadas, cuando en nuestros consultorios lidiamos en el día a día con los síntomas actuales de nuestros pacientes, que se ven explicados, a través de la regresión, por comportamientos de otras vidas que han generado consecuencias para el presente. Con todo, la experiencia ha venido demostrando también que esta relación – de causa y efecto – no obedece a un sentido objetivo, o sea, como en la Ley de Talión “ojo por ojo, diente por diente”. La relación parece obedecer mucho más a un sentido subjetivo, en que no importa tanto el hecho sino el significado de la experiencia, de tal forma que las experiencias pueden ser idénticas pero producir significados distintos, o ser diferentes pero producir significados semejantes.
Este principio está perfectamente de acuerdo con la ley de la sincronía propuesta por el eminente Carl Gustav Jung, discípulo disidente de Freud, quien, estudiando el funcionamiento de la psique, percibió que el inconsciente humano está ligado a una macroestructura, el inconsciente colectivo, cuya influencia sufre conforme a sus necesidades de armonización. O sea, nosotros nos ligamos, a otras personas y al inconsciente colectivo, por las necesidades kármicas generadas en otras vidas, no por los hechos en sí mismos, sino por su significado, vivenciando experiencias comunes, a las cuales somos conducidos inconscientemente.
Esto quiere decir que aquellas personas no estarían “programadas” de forma inexorable para morir en aquel accidente de avión, sino que al nacer traían una necesidad kármica de vivir el significado personal de una muerte prematura, que podría producirse en aquel día o en otro no lejano. Tan pronto como se presentaron ciertas predisposiciones para que se produjese el accidente, tales como la posibilidad de un fallo material o la perturbación por un error de uno de los pilotos, las personas que estaban sincronizadas con la necesidad de esa experiencia embarcaron en el avión, y otras que no lo estaban salieron de él, todas atraídas o alejadas por una causalidad kármica personal.
Claro que, vuelvo a insistir, no me parece que el hecho estuviese escrito desde siempre, como muchos pudieran pensar, incluso porque, en tal caso, alguien tendría que haber nacido para producir el fallo, material o humano, y nos parece inconcebible que un ser humano nazca con la misión de convertirse en un asesino. Esto le quitaría todo el principio en que se asienta la propia ley del karma al atribuirnos el libre albedrío, pero con responsabilidad. Y ¿cómo responsabilizar a alguien que ha nacido predestinado para cometer error?
Luego, el accidente no podía estar absolutamente programado, sino que esta programación fue procesual, en la medida en que se iban estableciendo situaciones preliminares, creando predisposiciones, que empezaron a atraer, por sincronía de significados, a las personas que se ligaron a esta situación por sus historias pasadas.
Por todo esto, vale subrayar que ningún karma es inflexible, todo lo contrario, es dinámico, personal y procesual, estando siempre sujeto a las actitudes con que lo transformamos cotidianamente.


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