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Libérate de las ataduras del egoísmo


Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

Algunas veces el egoísmo aparece tan disfrazado que siquiera lo percibimos actuando en nosotros, y consideramos que padecemos algún otro mal.

Explicándolo mejor, ¿sabes cuando nos ponemos compulsivamente a pensar sobre algo que nos ha lastimado? ¿O cuando estamos en crisis de celos y no somos capaces de sacar nuestro foco de ahí? ¿O cuando vivimos una ansiedad gigante para que todo esté tal como queremos? ¿O cuando somos cortantes en la forma de hablar porque vamos con prisa y llegamos tarde? ¿O cuando nos parece que los demás están siempre tratando de traicionarnos, de hacernos daño, de lastimarnos?

Pues bien… en esos momentos es difícil vislumbrar lo que hay de veras por detrás de esos disgustos. Pensamos que puede ser la baja autoestima lo que causa esos sinsabores, o bien que alguien tiene la culpa de nuestro sufrimiento. O que solo es una cuestión de la mente que funciona como si tuviese vida propia: obsesivamente, de forma controladora, o creando miedos.
Pero si miramos más de cerca podremos observar que la autoestima está sufriendo debido a algo mayor, y que ella ha sido disminuida, rebajada, debido al manantial del problema: el egoísmo.

Extraño ¿verdad? Y sin embargo real. La causa de esos males es el egoísmo, y la baja autoestima no es más que el síntoma, lo mismo que los miedos y la mente compulsiva también lo son.

La autoestima es el subproducto de una sumatoria de actitudes internas y es imposible crearla a partir solo del fortalecimiento de la autoimagen, o solo a partir de procurar tener más confianza en uno mismo, o intentando solo fortalecer la mente que andaba obsesiva. Cuidar así de uno mismo es como tratar heridas profundas con tiritas, porque estamos enfocados tan solo en los síntomas, en la parte superficial de la cuestión.
La autoestima es dinámica y está asentada sobre pilares que permiten su aparición y la sostienen.

El Dr. Nathaniel Branden, en su libro “La Autoestima y sus seis pilares” enseña que los pilares de la autoestima son: vivir conscientemente; auto-aceptación; auto-responsabilidad; auto-afirmación; intención e integridad personal, y tener como base de todo ello el amor.
Si todos los pilares de la autoestima no son trabajados por igual, no hay fuerza que la sostenga.

Al permanecer, por ejemplo, demasiado enfocados únicamente en nuestra auto-imagen, lo cual es muy corriente hoy en día, pasamos a dar demasiado valor “a nosotros mismos”, a nuestra voluntad y deseos, a lo que queremos, haciéndonos estar centrados en el ego, o en otras palabras ser “egoístas”; y por no tener cómo suplir todos esos deseos, surgen resentimientos, resquemores, tristezas, decepciones, a menudo transferidas a otras personas, a quienes consideramos culpables de nuestros padecimientos. Una rueda de amargura, acaba así de instalarse.

Dar excesiva importancia a uno mismo daña la base amorosa de la autoestima, y también el principio de la integridad personal (descrito por el Dr. Nathaniel Branden en su libro), y ese es el principio de la ética para con uno mismo y para con el otro.

Cada vez que sentimos que nuestra vida es más importante y mejor, o más valiosa que la de otra persona entramos en ese círculo vicioso de creación y mantenimiento de una autoestima rebajada.

La persona con autoestima elevada muestra signos muy claros y aparentes: tiene buen humor, es humilde, amorosa, altruista, benevolente, tranquila, serena, mente abierta y flexible, adaptable, tiene capacidad de auto-afirmarse con belleza, sin prepotencia ni arrogancia, suele ser democrática, cuida de su apariencia sin excesos, reflexiona sobre su vida sin obsesiones ni compulsiones.

El que tiene autoestima suele darse el debido valor a sí y a sus ideas sin menospreciar el valor de los demás o las ideas ajenas. Mantiene su mente y sus oídos abiertos a los demás. Su tiempo tiene valor, lo mismo que el tiempo del otro. No vive en función únicamente de sí. Sabe que toda vida tiene su importancia en la Tierra y, por tanto, ya ha comprendido que servir es la clave de su bienestar.
Y la ciencia lo comprueba: ¡Hacer el bien hace bien! Según estudios del Prof. Dr. Jorge Moll, doctor e investigador del Instituto Nacional de Salud de los EUA.

Al practicar el bien desinteresadamente activamos partes de nuestro cerebro asociadas al placer y a la capacidad de establecer lazos de amor y amistad, originando un bienestar duradero que es un gran aliado en los tratamientos antidepresivos, de la ansiedad o del estrés. Y asimismo en la prevención de esos males.

Como terapeuta floral, atenta que estoy a eso, he sugerido el uso de esencias florales que estimulen la apertura de la sensibilidad amorosa hacia el otro, especialmente para los ansiosos, para los que tienen mente compulsiva u obsesiva, para los que abrigan celos y que presentan crisis de baja autoestima asociadas o no a depresión.
Y además he sugerido, como parte del tratamiento, actos de beneficencia y altruismo, como estímulo real para el bienestar.

El Dr. Edward Bach ya conocía esto en los idos de 1930 cuando creó las primeras esencias florales, pues afirmaba que nuestros males reales se originan del mal que causamos a otros o a nosotros mismos, y de nuestra falta de compromiso con nuestras misiones de alma.

Así, creó algunas esencias florales que nos ayudan a salir de esa prisión interior que es el egoísmo, a fin de alinearnos con nuestras misiones de alma (que siempre implican servir) aparte de crear la posibilidad de percibir al “otro” amorosamente, legitimando su existencia, amándolo como a nosotros mismos.
Otros sistemas de esencias florales, como los Florales de California, el de las Hijas de Gaya, los Florales de Alaska, de Holanda, o de Australia, sensibles a esa problemática, también han creado esencias florales o fórmulas de esencias florales que cuidan esa cuestión tan humana.

Vivir el egoísmo es más que únicamente no querer compartir el pan y el abrigo. Es vivir en función solo de su propia vida, en busca de su propia felicidad en detrimento del bienestar ajeno. Es tener la vida mental como una cárcel que aprisiona los pensamientos, que pasan a girar en torno a sí (observa esto, aquí aparece claramente uno de los síntomas de la depresión), de sus necesidades y de sus quehaceres. Es estar aprisionado por el propio bienestar y comodidad personal, o aficionado a los malestares (dolores o indisposiciones físicas, angustias, tristezas, decepciones, inquietudes). Es estar repitiendo a todas horas historias mentales y fantasías que recita para sí mismo. Es tenerse a sí mismo como centro del universo y considerar que si alguien está triste o feliz, enojado o riendo, se debe a él.El egoísmo nos aliena y nos hace ver al otro como enemigo porque el “otro” nos saca de la “comodidad” de la ilusión de ser el centro del universo, y de mirar solo para nosotros mismos de manera narcisista, obligándonos a ser sensibles a lo que nos es ajeno procediendo en función del bien estar del otro y no solo del nuestro. Eso afecta a toda nuestra estructura de personalidad, desplazando el centro del ego hacia el amor, sacándonos del lugar de niñez emocional para la madurez espiritual.
¡Y es a partir de ahí cuando la vida empieza a tener poesía, encanto y belleza de verdad, porque solo vive en estado de gracia quien ama!


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thais
Thais Accioly é especialista em Terapia Floral pela Escola de Enfermagem da USP.
Professora da Pós Graduação em Terapia Floral na Escola de Enfermagem da USP.
Professora da Flower Essence Society/CA EUA no Brasil.
Professora da Bush Flower Essences/AU no Brasil.
Consultora em Cultura de Paz.
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