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Lo que no sabemos del mal, no nos hace falta ninguna


por Nelson Sganzerla - [email protected]

Traducción de Teresa - [email protected]

En mis vacaciones, algo me ha llamado mucho la atención… Por lo regular, soy un adicto a los noticieros, tengo la costumbre de asistir a todos los diarios de la noche.

Pero como yo estaba en un lugar donde la TV solo me permitía tres canales, que no eran de gran audiencia, no me ha sido posible saber de ninguna noticia que no fuese buena. Los canales regionales aún mantienen la buena costumbre de enfatizar lo positivo.

¿Os habéis fijado en la parrilla periodística de todo telediario? Solo habla de desgracias. ¿Cuál de nosotros en estos carnavales no habrá oído incontables veces la noticia de los accidentes en las carreteras?
Estadísticas y más estadísticas respecto del número de accidentes en nuestras carreteras, durante la Navidad y el Año Nuevo.

Hasta parece que la prensa considera agradable invadir nuestros hogares con noticias de ese género, o que a todos nos gusta saber de la desgracia ajena. Y todo patrocinado por grandes empresas; cuánto dinero se gana a costa de la desgracia, de la miseria y de la ignorancia.
Me refiero, no a la ignorancia en sí, sino a cuando se ignora lo que hay por detrás de la noticia, una fábrica de producir desgracias.

Observad, yo nada tengo en contra de los profesionales de la prensa, reporteros que arriesgan la propia vida en los arcenes de las carreteras para dar la primicia informativa en el momento del accidente o se cuelgan de los rascacielos para acompañar desde muy cerca el trabajo del que limpia los cristales, o llegan segundos después de que un hombre-bomba se ha hecho detonar en medio de un mercado allá en Irak (e invaden viviendas anegadas para transmitir la credibilidad de la tragedia).

Pero habrá que poner cierto límite a todo eso.
Al fin y al cabo, noticias así solo alimentan la oscuridad, solo engrandecen lo gris, lo tenebroso y el mal.

Pero, a propósito, ¿qué será lo que piensa un director de periódico? ¿Será que no ve que las pautas periodísticas son todas apelativas, todas giran en torno a las desgracias ajenas, en torno a sentimentalismos bajunos y baratos, haciendo a familias y familias más miserables de lo que ya son, todo en función de la mayor audiencia, del mejor reportaje y de la tal primicia que eleva la audiencia de los telediarios.

Todos sabemos de las desgracias del mundo, de las nevascas que afectaron a los chinos en su nuevo año; de los tornados en los Estados Unidos, que causaron destrucciones en estados enteros, de las inundaciones y devastaciones en tierras de Santa Catarina, de la región serrana de Río de Janeiro, de Petrópolis, de Itaipava y su comarca, que sufre con los derrumbamientos, familias y familias que lo han perdido todo, y que en el reportaje de una televisión acaban por perder también la dignidad.

La población necesita saber, sí, del peligro de la fiebre amarilla, del dengue, de la meningitis, pero no necesita conocer a fondo las víctimas de esas devastaciones y de esas endemias que todos nosotros miramos con pesar.

Las familias de esas víctimas no pueden ser envilecidas en aquello que tienen de sagrado que es la vida y el respeto a ella, utilizados por esos medios de comunicación en su dolor mayor, que es la pérdida de seres queridos. No es preciso que tengan a su lado a un reportero falto de preparación, preguntándoles: ¿cómo se sienten?

- ¡Ostras! ¿Cómo se va a sentir la víctima de un huracán, cómo se va a sentir la madre que ha perdido a un hijo en una matanza? ¿Cómo se va a sentir un padre que ha perdido a la familia en un derrumbamiento? ¿Cómo nos vamos a sentir nosotros, yo, vosotros, al ver tanto dolor y tanta maldad entrando en nuestras casas? Aquí hablo de los telediarios. No he entrado en el mérito de las novelas, en las cuales ellos logran crear una favela dentro de la propia favela, sin la menor noción de la realidad que supone vivir en una.

He llegado a una conclusión en esas vacaciones mías con únicamente 3 canales de televisión para elegir:

Lo que no sabemos del mal, no nos hace ninguna falta. Y no se trata de una cuestión de alienarse y volver la espalda al otro. Nada de eso; se trata de preservar nuestro espíritu y de cuidar mejor de nuestra calidad de vida, con una mente orientada en exclusiva hacia lo positivo.

Jesús vivía entre los desgraciados, pero nunca se volvió uno de ellos. Por tanto, sabemos cómo está este mundo, cómo vive mucha gente en la pobreza absoluta; que corremos riesgos cuando salimos de casa y hasta cuando no salimos. Estamos viviendo en una verdadera Babel.

Pero aquello que no sabemos de esas desgracias y de las jugarretas de esos políticos, lo que no sabemos de esas bombas que explotan, lo que no sabemos de esas personas que mueren, no nos hace falta ninguna. Cuanto más alimentemos esa suciedad, más atraeremos esa suciedad a nuestro entorno, al de nuestros hijos, de nuestros seres queridos, al entorno de nuestra familia y de nuestros amigos.

No está bien vivir en función de la desgracia ajena, enriquecerse a costa de la miseria y la dignidad humana.
Pero acaban por recibir su retribución. Mirad el ejemplo de los empresarios de industrias bélicas, que se enriquecen vendiendo misiles para la guerra de un país imperialista. Acaban pagando con la propia vida, desapareciendo en accidentes aéreos, “Aquí las haces, aquí las pagas”.

Es preciso que urgentemente dejemos de alimentar el mal, que evitemos esa hipnosis inconsciente, ya sea la de los medios de comunicación, o de todo lo que nos rodea.

Hemos de saber discernir el mal del bien y distinguir entre el lobo y el cordero, saber qué es la cizaña y qué es el trigo.

Así hacía el hijo de Dios y nosotros fuimos hechos a su imagen y semejanza. Por tanto, no nos corresponde vivir en la ignorancia, nivelar nuestra vida por lo que determinan los grandes comunicadores, por aquello que quieren inculcar en nuestra alma. No aceptéis tal cosa jamás. Tenemos que ser Guerreros de la Luz y no guerreros de las tinieblas, de estos ya hay bastantes, llevemos la luz a nuestro mundo.

Mundo que está lleno de lobos hambrientos, que se dicen corderos, lleno de fariseos que dicen hacer el bien, pero tienen que subirse a los tejados para proclamar tal actitud, pues a nivel del suelo no logran que se les vea.

Nada ocurre por casualidad. Esas vacaciones mías me han hecho ver que lo que no sabemos del mal, no nos hace falta ninguna.

Piensa en ello.
Mucha paz.


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