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Los Encantos de la Avenida Paulista


por Wilson Francisco - [email protected]

Traducción de Teresa - [email protected]

Me gusta caminar por esta linda avenida, que en torno a las 6 de la mañana recibe a los buhoneros (así eran llamados los vendedores ambulantes). Ellos traen de todo: camisas, gorras, calcetines y chinelas, mientras al lado, en un tosco puesto, hay café fresco y bollitos de carne. Voy por allí, a veces cantando, mezclándome con esta admirable gente sencilla e inteligente que gana su pan en aquel centro comercial de la madrugada.
No obstante, si pasas por allí a las ocho, todo está diferente. Circula otra gente; la Avenida Paulista descarta la ropa sencilla por los trajes de marca. El grato aroma del cafelito se cambia por el perfume Boss, que emana de las bellas mujeres que desfilan por allí. Todo este escenario me recuerda las diferencias entre el negro viejo que sentado en un tronco, entre una calada y otra, va escuchando y orientando a ejecutivos y obreros que acuden a él con sus dolores y dudas.

El humo del cigarro puro sirve para desmontar ideas fijas, pensamientos mórbidos, casi como el aroma del café en el puesto de madera, que espanta la tristeza y los miedos de aquellos que van en busca de sus sueños.
En cierto momento, el Caboclo que atiende a una elegante mujer pide un poco de aguardiente. Necesita caer en trance más profundamente, y hacer su papel de comunicador del más allá, con más autenticidad, porque la orientación es grave y puede alterar el rumbo de aquella hermana necesitada.
Si seguimos por otro camino, vamos a encontrar una mesa blanca con pobres y ricos diseminados por sillas y bancos. Aguardan el instante de recibir un pase. Mientras, un hombre moderado habla sobre las parábolas y enseñanzas de Jesucristo.

Al final, reciben en un vasito plástico agua fluidificada que va a aliviar el cuerpo y la mente. Es el mismo vaso del cafelito de la Paulista.
Calientan el cuerpo y el alma y dan a estas criaturas divinas la posibilidad de ser felices. Quizá sólo por un instante, pero que representa un apoyo, una luz que ilumina los caminos de la madrugada y las búsquedas de aquellas otras personas que van a los templos, ‘terreiros’ y tantos otros lugares, para encontrar a Dios.

Todos, cada uno en su creencia y tiempo, viajan en el arcoíris de la esperanza, soñando encontrar al final, sea en el ‘terreiro’, en la empresa, en el vasito de agua o café, su pote de oro.
Y si no se te ha cumplido ese sueño, piensa que, como dice Catalina de Siena a Santa Catalina: el camino es el cielo.


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