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¡Los mensajeros de los desalientos!


Autor Paulo Salvio Antolini
pauloantolini52@gmail.com

Traducción de Teresa
teresa_0001@hotmail.com

Me impresiona la cantidad de personas que se dicen amigas, pero se comportan como verdaderas portadoras de negatividades y pesimismos.
Una persona se interesó por participar en una oposición para una de las varias funciones públicas que deberán ser provistas a través de ella. El número de plazas es limitado, los aspirantes a ellas son muchos.
Esta persona me relató que había estado hablando con varias personas y todas realzaron las dificultades y al menos dos añadieron que “yo en tu lugar ni siquiera perdería el tiempo”.
Cuando ella habló conmigo al respecto y ya prácticamente desistiendo de hacer su inscripción, le dije que no se dejase influenciar por la negatividad de esas personas.

Normalmente esas personas se colocan como amigas que quieren ahorrar a la otra una decepción. Están auto-revestidas del “don de los presagios”, anticipando así los resultados que podrían llevar al dolor, a la frustración, a la decepción. No se habla de “Qué bien que estás intentando mejorar”; “Ve firme, eso mismo, ten fe”; “Que guay que eso te interesa” y así sucesivamente.
Sólo desalientos. No falta razón al decir frecuentemente “cuando quieras hacer algo, no se lo digas a nadie pues la cosa podría chafarse”. Las energías negativas serán accionadas por aquellos que no quieren tu bien, y otras muchas explicaciones. Hay, sí, un fuerte fundamento para decir tales cosas, y uno de esos fundamentos es el poder de las palabras.

Al afirmar algo a alguien, tú puedes estar vaticinando, profetizando el suceso futuro y este alguien quedará tan impregnado con lo que has dicho que sus actos serán inconscientemente encaminados para transformar en verdad lo profetizado. También conocidas como “profecías auto-realizables”.
La pregunta que debes hacer es: “¿Qué tipo de mensajero/a soy yo?”.
En un planeta donde los conflictos y desencuentros vienen siendo tan cultivados, ya es más que hora de formarnos y convertirnos en mensajeros de estímulos, en incentivos hacia el bien y hacia lo bueno.
En vez de sólo recriminar a nuestros niños, indicando sus fallos, debemos elevarlos, señalando sus cualidades y sus aciertos. Lo mismo con nuestros adolescentes e incluso con los adultos, principalmente con nuestros mayores.

Los dos extremos, los niños y los más ancianos, los primeros crecerán con una manifestación de comportamientos más saludables y compatibles con valores y con la buena convivencia. Nuestros ancianos, esos se sentirán más queridos, pero lo más importante, tendrán ánimo para transmitir a los más jóvenes sus experiencias, tanto sus fracasos como sus éxitos, y tenemos mucho que aprender con ellos.
Ser mensajeros de estímulos, de incentivos, crea una egrégora positiva, un sumatorio de energías mentales saludables y propulsoras hacia el bien y el éxito.
Así de sencillo, sólo depende de cada uno. La elección es tuya.



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