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¿Luchar o abandonar?


por Maria Silvia Orlovas - morlovas@terra.com.br

Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

No somos educados para esperar, para tener paciencia, tolerancia ni resignación. Por el contrario, la mayoría entre nosotros considera que para ser una persona honrada, respetada por la sociedad, ha de ser luchadora, persistente y vencedora. Pero ¿quién vive solo de buenos momentos que la victoria proporciona?
¿Quién no ha perdido un empleo, una pareja o no ha sido suspendido en unas oposiciones?
Es difícil mantenerse en alta, como vencedores ¿no es cierto?

Porque no es así como funciona la vida; a fin de cuentas, para que alguien gane, otro tendrá que perder. Para que un negocio salga adelante, otros varios habrán tenido que hacer concesiones, pactos y negociaciones. Y eso es algo constante en la vida. No solo en las relaciones profesionales, o en los negocios, sino también en la familia, en la educación de los hijos, en las amistades.
Se nos invita a crecer en el aprendizaje de la diplomacia, de la evolución para alcanzar la felicidad.

Me ha gustado mucho la película sobre la vida de Luiz Gonzaga, “De pai para filho” (De padre a hijo). Una película que muestra la realidad brasileña que muchos entre nosotros no conocen. Una vida sufrida, llena de victorias y derrotas, como el camino de todos nosotros. Algunos puntos de la historia y diálogos me llamaron mucho la atención, en especial la relación conturbada entre padre e hijo, con muchas aristas que limar mostrando claramente cuán importante es aceptar los hechos de la vida y encontrar belleza justamente en el espíritu creativo, y en la determinación de creer en el bien.
Entiendo que la resignación, en vez de ser algo ligado a desistimiento, derrota, humillación como parece, en principio, es algo que tiene que ver con fuerza, conquista por la inteligencia, diplomacia y evolución.
Los Maestros enseñan que responder de forma ruda, agresiva, es algo que ya viene hecho, pues concierne a los instintos; en cambio, madurar la respuesta, hablar de forma diplomática, educada, pero verdadera, es algo que exige evolución.

Para retroceder en algunas de nuestras decisiones, hace falta mucha humildad y sabiduría, pero ya he podido probar el sabor maravilloso de esta actitud que nos protege.
En esta sintonía, me acordé de un cliente que atendí esta semana. Hombre de mediana edad, luchador, Nercio no se conformaba con su fracaso profesional. Tratando de progresar en la vida, aceptó empleos en otras ciudades, viajó por el Brasil haciendo que su esposa e hijos tuviesen que dejar de lado la comodidad de vivir cerca de los familiares, enfrentándose siempre al reto de lo nuevo. Percibió que ahora, en el momento de aprovechar un poco más la vida, tendría que continuar batallando porque no logró el nivel necesario para una vida más tranquila en lo financiero.

Cuando hablamos, su mirar era pesado, su energía sufrida, pues aparte de las desgastantes expectativas profesionales frustradas, él estaba soltando su infelicidad en otros sectores de su vida; impaciente, reñía con los hijos y la esposa diciendo que gastaban demasiado y no respetaban sus sacrificios. La sesión de Vidas Pasadas mostró un guerrero derrotado, orgulloso, con mucha ira dentro de sí, pues consideraba que si los compañeros se hubiesen empeñado un poco más podrían haber vencido el combate. En aquella existencia, murió en el campo de batalla sin haber sido recogido. Había mucho dolor y rebelión.

Al continuar la sesión con una charla muy franca, después de oír sus muchas quejas, le rogué que se abriese para oír una forma nueva de analizar la cuestión, porque a menudo es corriente que las personas se encierren en sus problemas y no quieran ver ninguna otra solución, sino aquella que han trazado para sí mismas. Expliqué que cuando las puertas se cierran, cuando todo está saliendo mal, es preciso aceptar la derrota, simplemente hemos de abandonar la lucha. Si bien, la mayoría de la gente no acepta esa actitud porque nadie quiere verse como un derrotado.

Nercio, ¡no es una derrota! Vas a darte un tiempo a ti mismo, para recomponer el raciocinio. Expliqué que cuando estamos sufriendo, cansados de tanto luchar por nuestros objetivos, y nada sale bien, normalmente nos sentimos enfadados y pasamos a pagarlo con otras cosas, encontrando culpables y creando más infelicidad.

Es sabio aceptar la derrota. A menudo es fundamental dejar que las cosas sucedan tal como lo permiten las posibilidades. Es preciso que aprendamos a dar un tiempo y dejar de exigirnos resultados. No luchar, darnos el derecho de descansar y repensar los caminos de la vida puede marcar toda la diferencia del mundo. Aunque aquel que va a recorrer ese rumbo necesita, aparte de dejar fluir, hacer las paces con Dios y abrir el corazón para descubrir cuál es la lección de todo eso. Porque si no se abre al aprendizaje, la pausa será tan solo una pausa, y no una oportunidad de encontrar la solución para el sufrimiento.


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