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Más con menos... Parte I


por Nelson Sganzerla - [email protected]

Traducción de Teresa - [email protected]

Si os dijese que voy de mi casa al centro del pueblo en cinco minutos ¿alguno lo creería? Pues yo digo que ese es el tiempo que gasto para ir al centro de mi pueblo, y es obvio que no vivo en ninguna gran ciudad.
Después de dudarlo mucho, de pensar y repensar en vivir en una ciudad grande, cosmopolita, que nada deja a desear respecto de los grandes centros del mundo como Tokio, París, Nueva York, Londres, me mudé de São Paulo capital, ciudad en que nací y a la que adoro por todo cuanto ha llegado a proporcionarme en todas las áreas de mi vida.

Afortunadamente he podido decidir por esa opción; pese a residir en un barrio de clase media alta, donde tantos sueñan con vivir, con toda la comodidad y el confort que un ser humano merece tener aquí y ahora en el siglo XXI, yo no me sentía parte de todo aquello. Ya no soportaba salir por la mañana y tener que amargarme en un atasco ya en la primera esquina cerca de casa. A pesar de ser un urbanita, tenía pavor a atravesar una vía de circunvalación atiborrada para llegar a mi trabajo o a una reunión con algún cliente; no aceptaba el hecho de tener que fastidiarme en la cola de la panadería los domingos, solo para comprar pan y leche.

Es obvio que pocos pueden darse el lujo de salir de una ciudad grande e irse a vivir a la costa o a la montaña, en un pequeño pueblo de menos de 100.000 habitantes, teniendo la naturaleza como fondo; sé muy bien que el trabajo es el principal factor para que muchos no tomen esa decisión; el otro es el colegio de los niños, o cuidar a la familia, como puede ser la madre viuda, los abuelos, los tíos, o algo de ese tipo, pero pese a todos esos factores contrarios, confieso que hasta mis cincuenta años tampoco había imaginado jamás ir a vivir fuera de la capital São Paulo.

Pero cuando primamos la calidad, la tranquilidad y el bienestar, el universo conspira a nuestro favor. A mis amigos, aquellos de los tiempos de juventud, ya no los veía, la vida nos separó hace mucho tiempo; los amigos recientes, y cuando digo recientes podéis calcular al menos unos 10 años, todos andan locos en su rutina desenfrenada por la lucha del día a día, viajes, trabajo de fin de semana, y poco nos veíamos; si te fijas, pasamos parte de nuestro tiempo en las grandes ciudades, encerrados en casa. Si nos detenemos a evaluar nuestra vida en los grandes centros, descubrimos que somos prisioneros dentro de un condominio, esa es la realidad.

Pero está la parte cultural, obviamente, un buen teatro, un cine los domingos, un mega concierto, las veladas de nuestros hijos, un buen restaurante, la noche paulistana qué maravilla; lo sé, pero he de confesar que ya no iba al teatro para no luchar con los aparcacoches; los mega conciertos, si no compras las entradas con antelación, tienes que conformarte con lugares pésimos; el cine para qué, si la televisión por abono me permite elegir y comprar la película, y verla en casa; así no tengo que disputar la plaza de aparcamiento en el parking de los centros comerciales; las veladas, ya he pasado de ese tiempo; los restaurantes, con los atracos, ni por la puerta les pasaría, siquiera.

Entonces te pregunto ¿qué parte cultural resiste a eso?


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