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¡No subestimes tu potencial!


por Flávio Bastos - flaviolgb@terra.com.br

Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

El pensamiento es la energía que nos identifica ante el universo. Es la marca individual que rebaja o eleva el patrón vibratorio. Y el aura, que es el campo energético que nos envuelve, es el resultado de nuestros pensamientos, emociones y acciones practicadas durante el proceso vital, o sea, somos la obra prima de nosotros mismos.

Elevamos nuestro pensamiento y alteramos positivamente nuestra frecuencia vibratoria cuando practicamos la caridad, que no se reduce a dar limosnas, sino que es practicar el bien en lo cotidiano de la vida. Rebajamos nuestro pensamiento y alteramos negativamente nuestra frecuencia vibratoria cuando practicamos la maldad o el odio contra semejantes.

En tal sentido registra el filósofo Huberto Rohden: "El mal que nos hacen no nos hace daño, porque no nos vuelve malos; el mal que hacemos es lo que nos hace daño, porque nos vuelve malos". Y recíprocamente: "El bien que hacemos es lo que nos hace bien, porque nos vuelve buenos".

Un antiguo relato, extraído de la obra "Pai Nosso" (Padre Nuestro) de Chico Xavier, retrata el efecto del odio y de la cólera, que por falta de paciencia y amor en nuestro corazón produce amargura, perturbación y enfermedad: "Un viejo judío de alma torturada por pesados remordimientos, llegó, cierto día, a los pies de Jesús, y le confesó extraños pecados. Valiéndose de la autoridad que detentaba en el pasado, había despojado a varios amigos de sus tierras y bienes, arrojándolos a la ruina total y reduciendo sus familias a doloroso cautiverio. Con premeditada maldad había sembrado en muchos corazones la desesperación, la congoja y la muerte. Se hallaba, de ese modo, enfermo, afligido y perturbado. Los médicos no daban solución a sus problemas, cuyas raíces se perdían en los profundos laberintos de la conciencia dilacerada.

Pero el Maestro, no obstante, allí mismo donde se encontraba, en presencia de Simón Pedro, oró por el enfermo y, a continuación, le dijo: "Vete en paz y no peques más". El anciano notó que una oleada de vida nueva le penetraba el cuerpo, se sintió curado, y salió, dando gracias a Dios. Parecía plenamente feliz, cuando, al atravesar la extensa fila de los sufrientes que esperaban por el Cristo, un pobre mendigo, sin querer, le pisó uno de los callos que tenía en sus pies.

El enfermo restablecido soltó un grito terrible y atacó al mendigo a bastonazos. Se formó un tumulto. Jesús salió a la calle a apaciguar los ánimos.
Contemplando a la víctima ensangrentada, se acercó al agresor y dijo: "Después de que has recibido el perdón, en nombre de Dios, para tantas faltas, no has podido disculpar la ligera precipitación de un compañero más desventurado que tú".

El viejo judío, ahora muy pálido, puso las manos sobre el pecho y clamó al Cristo: "¡Maestro, socórreme! Me siento otra vez desfallecer. ¿Qué será esto?" Pero Jesús solamente contestó, muy triste: "Esto, hermano, es el odio y la cólera que otra vez llamaste a tu propio corazón".

En su libro "Quântica - Espiritualidade e Sucesso" (Cuántica, Espiritualidad y Éxito), el profesor y científico Moacir Lima, registra con mucha lucidez: "Cuando estamos vibrando a través de nuestros pensamientos y emociones, la mente recibe señales e informaciones del cosmos. No se puede rechazar aquí la hipótesis de que esas informaciones, vía sintonía de frecuencias, vengan de otras mentes de personas desencarnadas o no".

Y completa su razonamiento cuántico: "Estamos rodeados de inteligencias. Llamémosles campos energéticos, espíritus, o la denominación que mejor nos plazca, esos campos se comunican con nosotros vía ley de las atracciones: semejante atrae semejante. Los afines se atraen. De esa forma nos acostumbramos a determinadas conexiones y tendemos a mantenerlas. Y es por pensamientos y emociones como nos ligamos a un tipo u otro de energías, que siempre vendrán al encuentro de nuestros objetivos y del campo vibratorio que producimos en torno a nosotros".

Lo cierto es que los grados de percepción y evolución nos hacen diferentes. Los "más vividos", por más experimentados, a medida que aprovechan las oportunidades de la vida, aceptando sus invitaciones al progreso, van desarrollando una mayor y más amplia y abstracta comprensión de las razones por las cuales nos encontramos aquí. Y el progreso de pensar no exime de la necesidad de creer, de la magia de la fe, que cada cual alcanza según su potencial evolutivo; y de modo especial aquellos que aceptan la reencarnación saben perfectamente su significado en el contexto de la existencia.

Por tanto, en el vasto universo en que vivimos, no estamos solos. Estamos continuamente emitiendo y recibiendo energías, pensamientos, emociones. Si queremos clasificar las emisoras del universo en buenas o malas, debemos comprender que captaremos exactamente aquellas en cuya frecuencia vibramos. Por eso, buscar energías cósmicas y con ellas la realización, depende de una actitud positiva ante la vida.


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