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Para que sepas que realmente Somos Todos Uno


Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

Un libro autobiográfico que será escrito capítulo por capítulo en el site.

Conocí a Ángela hace algunos años en mi consultorio. La historia de la lucha de esta mujer siempre me ha emocionado mucho y un día le dije:
-¿Por qué no escribes la historia de tu camino de vida y la publicamos en el site capítulo por capítulo y, al final, la editas en forma de libro?
Le pedí que contase su experiencia como pasajera de la nave de la existencia, describiendo cada una de sus búsquedas en el camino de la espiritualidad y de la medicina alternativa, con la intención de lograr la curación para su mal físico.
En verdad, ella comprendió que su dolencia había nacido en el fondo de su alma, en su dolor emocional, en sus profundas y doloridas experiencias consigo misma, con el otro y con el mundo.
Te recomiendo vivamente que acompañes todas las semanas este verdadero testimonio que te llevará a identificarte con alguien que, como tú, busca la paz, la salud y la verdad.
Amorosamente,
Izabel Telles


Ahora que he vuelto a casa – Capítulo 1

Ahora que he vuelto a casa, que mi perro interior, aquel que tiene olfato, que es un faro, aquel que no traiciona, me ha conducido al lugar donde yo debería haber permanecido siempre, a mi casa interior, puedo mirar con gratitud y ternura todo el camino recorrido hasta aquí. Es un camino muy largo y tortuoso, ahora puedo ver con claridad todos los “desvíos” que me han impedido llegar más deprisa y sin tantas heridas. Echando una mirada retrospectiva, sopesados el debe y el haber, tal vez yo tenga que agradecer a esos “desvíos” el haber conseguido llegar hasta aquí.

Con la intención de dar testimonio de las lecciones que he aprendido, voy a intentar reconstituir ese camino enfocando los renglones torcidos en los cuales Dios ha escrito derecho.
Una característica mía que reconozco, y que ha pautado mi vida entera, es la sensación de estar siempre esperando la aprobación de los demás, como si estuviese siendo evaluada todo el tiempo. Tengo la desconfianza de que todo comenzó cuando, en la Italia de la posguerra, donde nací, fui sometida a algunos ejercicios demasiado difíciles para una niña de seis años.

El primero fue cuando nació mi hermana, y mi joven madre, sobrecargada por la difícil tarea de sobrevivir con tres hijos y un marido inmaduro, en tiempos de mucha penuria, me confió la tarea de cuidar de mi hermanita.
Al mismo tiempo, una joven de familia pudiente, vecina nuestra, encantada con mi precoz e insaciable sed de aprender, decidió cuidar de mi escolarización por su cuenta. Me preparó para ingresar en la escuela primaria, donde me salté el primer curso, yendo directamente para el segundo. Tuve que someterme a un pequeño examen, y tengo la impresión de que eso me marcó para toda la vida, como si tuviese siempre que prepararme para una tarea más allá de mi capacidad.
Llevé muchos sustos debido a la responsabilidad de cuidar de mi hermana, y tuve que esforzarme para corresponder a la expectativa de quien había apostado en mi precocidad.

Felizmente, la pobreza material trae como contrapartida la necesidad de usar la imaginación. Era lo que yo hacía durante todo el tiempo que pasaba, aunque teniendo cuenta de mi hermana, en el jardín público que era como si fuese el patio de nuestra casa, en la que ha transcurrido toda mi infancia y adolescencia.
Allí daba alas a mi fantasía, compartiendo juegos creativos, montando teatritos al aire libre en que daba rienda suelta a mi necesidad de expandir los límites estrechos de mi vida familiar. Esa fue mi mayor riqueza en aquella época, juntamente con los descubrimientos que la escuela y la vida me proporcionaban.

La religiosidad también surgió muy temprano en mi vida, bajo la forma de los rígidos preceptos de la iglesia católica, que mi madre también seguía a rajatabla. La escuela incentivaba el estudio de los textos sagrados a través de concursos que estimulaban el espíritu de emulación de los alumnos.

También fui seducida por la propuesta que el movimiento del frente de juventudes, muy popular en la Italia de aquella época, me ofrecía. Todas las actividades estaban aparejadas a la iglesia, con todas las obligaciones que ello comportaba. En contrapartida, estaban las reuniones semanales en que se nos entrenaba para desarrollar las más variadas habilidades manuales y mentales, al mismo tiempo que nos inculcaba la importancia de estar siempre dispuestas a servir al prójimo, en una estricta observancia de los preceptos cristianos.
Llegué así a mis quince años, cuando una noticia cayó como un rayo en el cielo azul de mi existencia.

Mi padre había aceptado la idea, lanzada por un pariente distante, de emigrar a Brasil. Era hacia América a donde los italianos de la posguerra se dirigían con la esperanza de embolsar rápidamente, con su trabajo, los recursos que les permitirían volver a su tierra con ciertos ahorros.
Uno de mis tíos ya se había ido a Venezuela y mandado llamar a la mujer y a los hijos, que vivían con nosotros. Cuando mi primo, mi compañero de todas las horas, se preparaba para marchar, no quise despedirme de él, como si eso pudiese amenizar el dolor de esa primera pérdida.
En aquel año yo debería inscribirme en el bachillerato, y mientras mis compañeras hacían mil planes de vida nueva, yo tuve que permanecer aguardando los nuevos rumbos de mi vida, alejada de aquello que más amaba, mis amigos y mis estudios.
Para complicar, estaba viviendo una primera experiencia de amor (platónico) con un muchacho mucho mayor que yo, naturalmente a escondidas de mis padres.

Cuando llegó la confirmación de nuestra partida, comencé a enfermar de una dolencia que me derrumbó y me dejó toda amarilla. Después me enteré de que aquello se llamaba ictericia, una enfermedad del hígado. Mi hermano, tres años mayor que yo, y todo entusiasmado con la idea del viaje, amenazó con matarme si por mi culpa no se realizase el viaje.

Dos escenas quedaron grabadas para siempre en mi memoria: la romería de mis amigas que venían a despedirse de mí todavía en cama, y el adiós en el puerto, nosotros en aquel inmenso buque y todos los parientes y amigos en el lado de allá, saludando con los pañuelos, mientras la sirena lanzaba un estridente pitido que más parecía un toque fúnebre.

Angela Li Volsi es colaboradora en esta sección porque su historia ha sido seleccionada como un gran testimonio de un ser humano que ha descubierto los caminos de la medicina alternativa como forma de curar las heridas emocionales y físicas. A través de capítulos semanales acompañarás la trayectoria de esta mujer que, como todos nosotros, está buscando...


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