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Pensaba haber encontrado un príncipe...


por El Morya Luz da Consciência - [email protected]

Traducción de Teresa - [email protected]

”Hay un tiempo para estar delante, un tiempo para estar detrás; un tiempo para estar en movimiento, un tiempo para estar en reposo; un tiempo para ser fuertes, un tiempo para estar exhaustos; un tiempo para estar seguros, un tiempo para estar en peligro.
El Maestro ve las cosas tal como son, sin intentar controlarlas. Él deja que sigan su propio camino, y reside en el centro del círculo.” (BUDA)


El Universo es sabio y estamos aquí para aprender a superar obstáculos; por eso él pone en nuestro camino personas que con sus características van a servirnos de espejo, en el cual podremos mirar y reconocer en nosotros los cambios que es preciso hacer para así salir del sufrimiento.

En una de las Vivencias que hago sobre relaciones, una de las participantes dijo:

“Me pongo a pensar en qué ha cambiado tanto mi vida para que yo me sienta tan vacía, sin motivación, sin estímulo, sin gracia y triste. Siento un peso muy difícil de largar. El dinamismo que yo tenía se ha esfumado, y estoy apática. Ya me he cuestionado: dejé a un compañero que me hacía sufrir y hoy, en otra compañía, creí que estaría diferente, pero no, ¡estoy peor! Antes, incluso con todas las dificultades, yo era alegre, espontánea, bromista, irreverente, ¡y hoy me siento vieja, sin vida!”

El problema no está en la relación que establecemos, sino en nosotros. Somos los únicos responsables por las experiencias que pasamos. ¿Cómo transformar los patrones de comportamiento que acarrean sufrimiento interior?

Decimos que las situaciones son repetitivas, pero en verdad son acontecimientos diferentes, dando lugar a situaciones que nos enfrentan a la misma enseñanza; es decir, como no hemos aprendido a la primera, la vida nos da otra oportunidad, como si nos dijese: “hijo mío, no has logrado comprenderlo de aquella manera, pero no pasa nada, vamos a probar de otra.”

Podemos preguntar: ¿qué le ha pasado a ella la primera vez? Conseguía ser alegre pese a sufrir con la falta de compañerismo, la ausencia de diálogo, el no sentirse reconocida y respetada, ya que esta era su queja.

Con el segundo compañero, a pesar de ser una persona que le daba todo lo que le faltaba con el otro, empezó a incomodarse con las críticas, acusaciones, juzgamientos, además de la exigencia, que la agobiaba y castraba toda su espontaneidad y alegría, no permitiéndole ser verdadera, auténtica.

Dos personas diferentes, con actitudes diferentes también, ¿qué te han enseñado? Pregunté.

La verdad es que ella no se reconocía ni respetaba sus necesidades, y la vida primero le dio un compañero indiferente, alienado, poco respetuoso; el segundo la señalaba hasta la extenuación con un dedo acusador, para que, perdiendo su identidad, despertase para la necesidad de volverse hacia dentro y, al echar de menos las características que eran su diferencial, gritase a su espíritu: ¡Vuelve! ¡Yo soy Tú!

Y lo más interesante: los dos vivían como solitarios, como si no tuviesen compañera, enseñándola a permanecer con ella misma. Sin otra opción, empezó a apreciar mucho su propia compañía, ¡a no “necesitar” del otro!

Somos instrumentos los unos de los otros aquí en este plano y sería incluso más lógico agradecer esas herramientas que, pese a hacer daño, nos recomponen y aploman. El trabajo del descubrimiento de uno mismo, del alineamiento de nuestra personalidad, es individual y necesita fuerza de voluntad y consciencia para que no acumulemos resquemores y resentimientos al ser confrontados, pues no lograremos evolucionar incluso reconociendo nuestra responsabilidad, si permitimos que esos bajos sentimientos y pensamientos encuentren guarida en nuestro corazón.

Si fijamos la atención en la injusticia que hemos recibido, estaremos proyectando carencia en nuestra vida. Si reconocemos que esos acontecimientos son fruto de nuestro sentimiento de no tener merecimientos, tendremos que encarar cuán indignos de amor nos sentimos y cuánto endurecemos el corazón por el temor de que las historias se repitan; y partiendo de esa información, hemos de optar por elegir otras cosas.

Podemos elegir continuar probando otras maneras de aprender, o bien cambiar esa situación, pero solo reconociendo lo que necesita ser comprendido podemos transformarlo.

¡La honestidad emocional es fundamental para el crecimiento espiritual!

Tendremos capacidad para amarnos a nosotros mismos si despertamos para nuestras verdades internas, sin intentar convertir a los demás, y sí amarlos y aceptarlos tal como son, sin la ilusión del cuento de hadas, del príncipe. Creando reglas el amor queda reprimido y negado, y nadie es feliz. La realidad es una sola: valorando y respetando nuestro ser interior, no importará de qué modo el otro se nos presenta, puesto que estaremos amándonos y el amor siempre será nuestro mayor profesor.

VERA GODOY


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