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Pequeños gestos, grandes avances


por Flávio Bastos - [email protected]

Traducción de Teresa - [email protected]

"No hagáis a otros lo que no queréis que os hagan, sino haced todo el bien que podáis.”
Jesucristo.


En general, cuando hacemos algo equivocado, parece como si se encendiese una señal de alerta en nuestro interior, reprochando la actitud que hemos tenido hacia el otro. Ese mecanismo por el cual experimentamos el sentimiento de culpa se denomina conciencia, facultad que nos permite el conocimiento y evaluación de lo que sucede en nosotros mismos y en nuestro entorno. Es igualmente la capacidad de juzgar nuestros propios actos desde el punto de vista moral y ético.

Sabemos, bajo el prisma de la inmortalidad del alma, que la culpa nos acompaña a medida en que insistimos en la práctica de pequeños (o grandes) gestos, que de una forma o de otra vayan a perjudicar a alguien, ya sea por medio de obras practicadas o incluso de comentarios malévolos, juzgamientos y “sentencias condenatorias”.

La raíz del mal no está en el “infierno” o en el umbral. Allí encontramos el resultado de la práctica de esa energía nociva, que sin darnos cuenta acumulamos durante la trayectoria vital. El mal, por tanto, es la energía que generamos por la suma de actitudes potencialmente destructivas – en menor o mayor grado – contra el semejante y contra nosotros mismos.

En relación a la existencia del mal entre nosotros, todos estamos más o menos comprometidos, ya que para practicarlo nos bastan las decisiones de consecuencias desagradables que pasan por el libre albedrío, como por ejemplo, la falta de compromiso con situaciones en que, por deber ético o moral, tenemos nuestra cota de responsabilidad. De ahí la existencia del dolor y del sufrimiento entre seres que desde hace siglos buscan algo que explique las raíces de las patologías físicas y mentales, o de la miseria y riqueza material, entre otras abismales diferencias entre semejantes…

Sin embargo, no nos damos cuenta de que la raíz de nuestros infortunios se halla en nosotros mismos, o sea, es un patrón conductual que viene repitiéndose vida tras vida y del cual no logramos vernos libres. No advertimos que la liberación que anhelamos viene de los pequeños gestos o actitudes que adoptamos en beneficio del otro y de uno mismo, como el gesto de cariño, la atención dispensada y la mirada vuelta hacia la relación constructiva con el semejante.

Así, tal como durante siglos hemos “construido” el mal que hoy nos aflige, podemos, mediante pequeños gestos diarios cimentados en la energía del bien, providenciar la gradual eliminación de la energía negativa responsable por nuestro “cautiverio” vital. En tal sentido, recordemos al Espíritu Fenelón en “El Evangelio Según el Espiritismo”, cuando nos advierte acerca del embotamiento de la sensibilidad: “No creáis en la esterilidad y en el endurecimiento del corazón humano, que cederá, aun a su pesar, ante el verdadero amor. Éste es un imán al que no podrá resistirse y su contacto vivifica y fecunda los gérmenes de esa virtud que están latentes en vuestros corazones”.

En épocas distintas, tanto Jesucristo como Buda, entre otros espíritus iluminados que por aquí han pasado dejando sus edificantes mensajes de vida y amor, fueron unánimes en advertirnos de la necesidad de erradicar el mal por medio de la práctica del bien. Y que tanto el mal como el bien son potenciales inherentes al ser humano, que se definen según lo que elegimos en pensamientos y actos conscientemente practicados…

Es, por tanto, con la suma de pequeños gestos genuinamente construidos en lo cotidiano de nuestra vida como alcanzamos considerables niveles de conocimiento y de elevación consciencial. La evolución espiritual se conquista paso a paso mediante pequeños y grandes avances, ya que, a medida en que procesamos en nuestro “yo” la erradicación de la maldad, percibimos que gradualmente avanzamos hacia la liberación de nuestras propias inferioridades.

Con todo, el camino es difícil y a menudo se ve dificultado todavía más por nuestras limitaciones mezcladas con las seductoras tentaciones que emanan de la dimensión material en que estamos naturalmente inseridos. Algunos perseveran y siguen adelante en su andadura evolutiva, otros abandonan y se detienen a medio camino. No obstante, la prueba es esa, y la vida es una escuela en que podemos ser “buenos” o “malos” alumnos en relación al “currículo” que llevamos y a los aprendizajes necesarios para avanzar al curso siguiente. Pero vale la pena intentarlo, porque un paso, por simple que sea… ya es un paso hacia la auto-curación y hacia el objetivo principal de la existencia del espíritu: su verdadera libertad.

Flávio Bastos

Dirigente mediúmnico espírita
Psicoanalista Clínico e Interdimensional
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