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Por qué nos decepcionamos con el Amado


Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

¿Por qué nos encantamos sentimentalmente con una persona? Todavía no hemos podido contestar integralmente a esta pregunta fundamental. Hemos sido capaces de adelantar mucho respecto de esto en los últimos años, de modo que algunas conclusiones parciales pueden ser muy útiles para que cometamos menos errores.

Nos envolvemos con otra persona porque nos sentimos incompletos en nosotros mismos. Si nos sintiésemos enteros y no “mitades”, ciertamente no amaríamos. Sí, porque el amor corresponde al sentimiento que desarrollamos en relación a la persona que provoca en nosotros la sensación de cercanía y plenitud que no conseguimos sentir cuando estamos solos. La elección de la pareja, de aquel que nos hará sentir menos desamparado, está repleta de variables intrigantes que van desde el deseo de también sentirnos protegidos, hasta aquellas en que necesitamos sentirnos útiles e incluso explotados.

En este momento, quiero atenerme un poco al proceso de enamoramiento, al encantamiento inicial que hace que una persona “neutra” se transforme en indispensable, sin la cual no podemos imaginar seguir viviendo. El proceso, que no raramente sucede en pocos instantes, depende de elementos no siempre detectables. Claro que la apariencia física de las personas implicadas desempeña un papel muy importante en el fenómeno del enamoramiento. Ese aspecto inicial del encuentro amoroso no debe ser confundido con el amor propiamente dicho. El amor es paz y sensación de amparo al lado de una persona, al paso que el enamoramiento corresponde al proceso mediante el cual esta persona es elegida – y que, por lo regular, corresponde a un período nada sereno; el amor es una emoción ansiada, pero que nos llega acompañada de muchos miedos.

En lo que respecta a la apariencia física, es evidente que el elemento erótico se destaca, especialmente en los hombres, que tienen un deseo visual marcado. Ocurre que, por caminos diversos, muchos son los que han guardado en su memoria registros de figuras que les han impresionado mucho, y que se han transformado en modelos ideales, con los cuales cada nueva persona que conocen se ve confrontada. A veces es algo general, incluyendo la forma de cuerpo; otras, el color de los ojos, de los cabellos, el tipo de seno, las caderas. Algo que puede recordarles, desde a su madre, hasta a alguna estrella del cine que les hubiese impresionado mucho. La verdad es que, por otras vías, las chicas también guardan dentro de sí indicadores de lo que consideran sea el hombre ideal para ellas: pueden ser esbeltos o musculosos, intelectualizados o ejecutivos, dedicados a las artes o poderosos, y así sucesivamente. Todos esos ingredientes incluyen elementos eróticos, pero todos ellos se transforman, en nuestra imaginación, en símbolos de nuestra pareja ideal. De repente, juzgamos haber encontrado un número importante de tales símbolos en aquella persona que ha pasado por nuestra vida. Y nos enamoramos.

Siendo así, el fenómeno del enamoramiento se fundamenta en aspectos relacionados con la apariencia del otro. Claro que suele tener relación con lo que es la persona por dentro. Pero la correlación no es absoluta y tampoco así de completa. Conversamos con la persona que nos ha atraído y, en virtud de la atracción inicial que sentimos y de nuestro enorme deseo de amar, tendemos a ver en su interior las afinidades y peculiaridades que siempre hemos querido que existiesen en aquel que habría de arrebatarnos el corazón.
Por ejemplo: un muchacho algo más endeble, más intelectualizado y dedicado a las artes, es visto, más o menos rápidamente, como emotivo, romántico, delicado y sensible, poco agresivo, que respeta los derechos de la mujer y no es exageradamente celoso. Una chica se encanta con él y espera que sea portador de todas esas peculiaridades. Esa expectativa se transforma, más o menos rápidamente, en certidumbre de que tales peculiaridades existen. La chica proyecta sus sueños de perfección en aquel muchacho que tanto la ha encantado y pasa a estar segura de que las propiedades deseadas están allí. Ese fenómeno es el de la idealización, por el cual consideramos que el otro contiene todas las peculiaridades que de él esperamos.

Hemos soñado con el príncipe encantado – o con una princesa ideal – y, al enamorarnos, proyectamos todos nuestros deseos sobre aquella persona. Pasamos a convivir con ella y a esperar de ella las reacciones propias del ser que hemos idealizado. ¿Qué ocurre? Es la persona real la que actúa, reacciona y se comporta según sus efectivas peculiaridades. No podremos dejar de decepcionarnos, no obligatoriamente debido a las peculiaridades efectivas del amado, sino porque hemos derramado sobre él todos nuestros sueños y exigencias de perfección. El fallo no siempre está en la persona, sino en el hecho de que hemos soñado con ella, más que prestar atención a lo que ella efectivamente es. He ahí un buen ejemplo de los peligros derivados de la sofisticación de nuestra mente, capaz de imaginar de una forma libre y tan grandiosa que la realidad jamás la podrá alcanzar.

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Flávio Gikovate é um eterno amigo e colaborador do STUM.
Foi médico psicoterapeuta, pioneiro da terapia sexual no Brasil.
Conheça o Instituto de Psicoterapia de São Paulo.
Faleceu em 13 de outubro de 2016, aos 73 anos em SP.
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